En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
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Capítulo 16.
Aquella tarde, Leo acudió al salón donde Dorian lo esperaba.
El visitante había escogido una habitación pequeña, con una chimenea encendida y cortinas de terciopelo oscuro. Sobre la mesa descansaban dos tazas de té que nadie parecía interesado en beber.
—Has venido —dijo Dorian.
—Quiero respuestas.
—Eso es algo que tenemos en común.
Leo se sentó frente a él.
—¿Quién dejó la rosa en mi habitación?
Dorian lo miró con absoluta seriedad.
—Yo no.
Leo no respondió.
—No espero que me creas —continuó Dorian—. Pero hay algo que debes comprender: si Julian quiere mantenerte cerca, hará todo lo posible para convencerte de que el resto del mundo representa una amenaza.
—¿Y tú no?
Dorian sonrió con tristeza.
—Yo también tengo mis intereses. No voy a fingir lo contrario.
Al menos era honesto.
—¿Qué quieres de mí?
—Que descubras la verdad sobre tu familia antes de que Balthazar vuelva a utilizarla.
Leo sintió que se le tensaban los hombros.
—¿Qué hizo Balthazar?
Dorian abrió una carpeta.
Dentro había varios documentos antiguos, cartas y una fotografía de una mujer de cabello oscuro que sostenía a un bebé entre sus brazos.
Leo reconoció inmediatamente el medallón de plata que colgaba del cuello de la mujer.
Era el mismo que aparecía en la fotografía de Lucien.
—¿Quién es ella?
—Isabelle Ardent. Una de tus antepasadas.
—¿Y el niño?
Dorian lo miró directamente.
—El primer heredero que nació después de la desaparición de Lucien. Su existencia debía haber sido imposible.
Leo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Por qué?
Dorian cerró la carpeta.
—Porque Lucien no desapareció sin dejar rastro. Dejó algo atrás. Algo que los Vane llevan generaciones intentando encontrar.
Se inclinó hacia delante.
—Y ahora que has llegado a Blackthorn, ese algo ha comenzado a despertar.
Antes de que Leo pudiera hacer otra pregunta, se escucharon pasos en el pasillo.
La puerta se abrió.
Julian apareció en el umbral.
Su mirada fue primero hacia Leo y después hacia los documentos.
—Tenemos que hablar —dijo.
Dorian se levantó lentamente.
—Qué oportuno. Justo estábamos hablando de tu familia.
Julian ignoró la provocación.
Miró a Leo.
—He encontrado algo en la habitación oculta.
Leo se puso de pie.
—¿Qué cosa?
Julian sacó una fotografía de su bolsillo.
Era antigua, amarillenta y estaba rasgada por uno de los bordes.
En ella aparecían dos hombres frente a una puerta azul.
Uno era Lucien.
El otro era Julian.
Pero lo que hizo que Leo sintiera un frío insoportable fue el detalle que aparecía al fondo.
En el cristal de una ventana se reflejaba una tercera figura.
Un hombre idéntico a Leo.
Y, debajo de la imagen, una inscripción que ninguno de los presentes había visto antes.
PARÍS, 1891. TRES DÍAS DESPUÉS DE LA MUERTE DE LUCIEN ARDENT.
Leo levantó la mirada.
—¿Cómo puede existir una fotografía de Lucien después de su muerte?
Julian no respondió.
Dorian, por primera vez desde su llegada, había perdido toda expresión de burla.
Y desde algún lugar profundo de Blackthorn llegó un sonido metálico.
Una puerta acababa de cerrarse.
Los tres se volvieron hacia el corredor.
Porque aquella noche, por primera vez en ciento treinta y cinco años, alguien había entrado en la habitación donde Lucien Ardent había sido visto con vida por última vez.
Y, desde el otro lado de la puerta, una voz pronunció el nombre de Leo.
Con la voz exacta de Julian Vane.