NovelToon NovelToon
Casada con el Prometido de mi Hermana

Casada con el Prometido de mi Hermana

Status: Terminada
Genre:La mimada del jefe / Romance / CEO / Matrimonio contratado / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:877.8k
Nilai: 4.7
nombre de autor: Bella

Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.

Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.

Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.

Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.

Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.

Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.

Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.

Porque Dante no la eligió al principio.

Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 31

Capítulo 31

—Cuando me dio alergia por la pastilla anticonceptiva, tú también me cuidaste —dije, tratando de sonar razonable.

Dante me miró desde la cama del hospital.

Tenía la fiebre más baja, pero la cara todavía le quedaba pálida. Aun así, esa mirada suya seguía siendo difícil de aguantar. Una mirada de hombre enfermo, sí, pero no débil.

—Ahora tú estás con fiebre y yo te cuido —seguí—. Estamos a mano. No tienes que agradecerme tanto.

Su ceño se marcó.

—¿A mano?

Me quedé quieta.

No sonó contento.

—Sí —dije, con menos seguridad—. ¿Está mal?

Dante apretó la boca antes de contestar.

—Yo no te cuidé esperando que después me lo pagaras.

No supe qué decir.

Él bajó la voz, pero no la volvió más suave.

—Te cuidé porque eres mi esposa. Te enfermaste. Era mi responsabilidad.

La palabra esposa me cayó en el pecho con un peso raro.

Todavía me pasaba eso. La escuchaba y una parte de mí se quedaba atorada, como si alguien hubiera cambiado el letrero de mi vida sin avisarme.

Esposa.

Su esposa.

—Tú y yo no tenemos que llevar cuentas —añadió—. Un matrimonio no funciona así.

—Yo no estaba llevando cuentas.

—Sí.

Abrí la boca.

La cerré.

Maldito hombre. Tenía fiebre y aun así discutía mejor que yo.

—Sólo no me gusta ser una molestia —murmuré.

—¿Molestia para quién?

Me quedé sin respuesta.

Para él.

Para cualquiera.

Para mi familia.

Para la gente que siempre tenía algo más importante que hacer.

No dije nada de eso.

Dante me observó un momento. La luz blanca del hospital le caía sobre la cara y le marcaba más la línea de la mandíbula, esa expresión seria que no necesitaba levantar la voz para hacerme sentir chiquita.

—Sea lo que sea —dijo—, dos personas lo resuelven mejor que una.

Me removí en la silla.

—Hoy, por ejemplo —continuó—. Si no hubieras insistido, yo habría seguido trabajando con fiebre. Me habría sentido peor, habría llegado mal a la junta y quizá hasta habría echado a perder algo importante.

—No exageres.

—No exagero.

Su tono no dejó espacio para pelear.

—También hiciste el registro, pagaste, hablaste con la enfermera, estuviste pendiente del suero. Me ahorraste problemas. Me ayudaste.

Se me apretó la garganta.

No por tristeza.

Por otra cosa.

En mi casa, casi nadie decía cosas así.

Yo podía hacer algo bien, resolver algo, salvar una situación, y aun así parecía parte del mueble. Como si mi papel fuera estar ahí, callada, útil sólo cuando alguien necesitaba tapar un hueco.

Dante no lo dijo bonito.

No lo adornó.

Pero lo dijo como si fuera un hecho.

Como si mi presencia hubiera importado.

—Gracias por decir eso —dije, bajando la mirada—. Me da gusto haber servido de algo.

Dante se quedó callado.

Levanté los ojos.

No parecía satisfecho.

Ay, no.

¿Otra vez había dicho algo mal?

—Además, tú hiciste más por mí —me apresuré a agregar—. Cuando me dio la alergia, me cargaste, me trajiste al hospital, te quedaste conmigo... o sea, comparado con eso, lo de hoy no es tanto.

Dante cerró los ojos un segundo.

—Ximena.

—¿Qué?

—Olvídalo.

—¿Qué cosa?

—Quién hizo más.

Me callé.

Él suspiró, cansado.

—Que sea natural.

Natural.

Qué palabra tan fácil para alguien como él.

Yo asentí.

Sí había entendido lo que intentaba decirme. No éramos dos extraños calculando favores. Éramos esposo y esposa.

Pero entenderlo no significaba saber vivirlo.

Después de eso no hablamos mucho.

La enfermera entró a cambiar la bolsa del suero. Revisó la temperatura de Dante, anotó algo en la tablilla y volvió a irse. Él intentó mantenerse despierto unos minutos más, pero la fiebre y el cansancio pudieron más.

Se quedó dormido.

Yo me quedé vigilando el suero.

La habitación estaba tranquila. Afuera se escuchaban pasos, voces bajas, el ruido de una camilla pasando por el pasillo. Dante dormía con la cabeza ligeramente ladeada, la respiración más pareja que antes.

Dormido se veía distinto.

Menos señor Montalvo.

Menos jefe.

Menos hombre capaz de poner nerviosa a una sala entera con sólo entrar.

Tenía las cejas relajadas, la boca sin esa línea dura de siempre. Así, con la fiebre bajándole y la luz del hospital encima, se veía casi amable.

Casi.

Lo miré más de lo prudente.

Su piel era injusta.

No era normal que un hombre que trabajaba como si la empresa dependiera de cada parpadeo tuviera esa cara. Ni poros se le veían. La nariz, la mandíbula, la boca... todo parecía puesto con una paciencia que Dios no tuvo conmigo cuando me dio ojeras por una sola noche de mal sueño.

Entendí a la enfermera que lo había mirado dos veces al ponerle la aguja.

Yo también lo estaba mirando.

Peor.

Con derechos de esposa.

Qué oso.

El suero terminó al rato. Llamé a la enfermera para que retirara la aguja. Dante no despertó ni cuando ella le tomó la mano. Se veía tan cansado que me dio pena moverlo.

—Presione aquí un momento, señora —me indicó la enfermera.

Tomé el algodón y lo apreté sobre la marca de la aguja.

Señora.

Todavía se me hacía raro.

Cuando dejó de salir sangre, tiré el algodón y volví a sentarme. Dante seguía dormido. No quise despertarlo. Sólo apoyé un codo en la orilla de la cama, puse el puño bajo mi barbilla y me prometí cerrar los ojos un minuto.

Un minuto.

Mentira.

Dante despertó un rato después.

La primera sensación fue de alivio: la cabeza ya no le pesaba igual y el cuerpo no le ardía tanto. Después notó la mano. La aguja ya no estaba.

Miró el punto cubierto por una pequeña marca.

¿Cuándo se la habían quitado?

Ximena no lo había despertado.

La buscó con la mirada y la encontró sentada junto a la cama, dormida en una postura imposible. Tenía el codo apoyado, el puño debajo de la barbilla y la cabeza balanceándose de vez en cuando, a punto de caer.

Dante se quedó observándola.

Su cara dormida no tenía defensa. Las pestañas le descansaban sobre la piel, los labios le quedaban un poco fruncidos y el cabello se le había soltado cerca de la mejilla.

No debía mirarla tanto.

Pero la miró.

La cabeza de Ximena se inclinó de pronto. Antes de que golpeara la cama, Dante extendió la mano y le sostuvo la cara.

Su palma le cubrió casi todo el rostro.

Ella no despertó.

Sólo se acomodó contra su mano, como si esa palma fuera una almohada hecha a propósito para ella.

Dante no se movió.

Ni siquiera respiró fuerte.

La piel de Ximena estaba tibia, suave, demasiado confiada para alguien que despierta le discutía hasta lo más simple. Él la sostuvo con cuidado, sintiendo cómo el peso de su cara le descansaba en la mano.

El brazo empezó a cansarse.

Luego a entumirse.

Después a doler.

No la soltó.

No supo si era por miedo a despertarla o porque, por unos minutos, le gustó esa sensación de que ella descansara en él sin pensarlo.

Ximena se movió al fin, buscando otro lado. Su mejilla rozó la palma de Dante y sus ojos se abrieron poco a poco.

Primero vi borroso.

Después vi a Dante.

Y después sentí su mano en mi cara.

Grande.

Cálida.

Pegada a mi mejilla como si yo hubiera decidido dormir encima de él.

Me enderecé de golpe.

—Tú...

Dante apartó la mirada.

O intentó.

Su mano seguía en el aire.

Levantada.

Rígida.

Como prueba del delito.

Nos quedamos viendo esa mano.

Luego nos vimos la cara.

La vergüenza me subió de golpe.

—Yo... ¿por qué estaba durmiendo así?

Claro que tenía una idea.

Pero tampoco era cosa de decir: “¿Me sostuviste la cara porque casi me caigo y luego te quedaste así quién sabe cuánto tiempo?”

Dante tosió bajo.

—No sé. Acabo de despertar.

Lo miré.

Con toda la incredulidad de mi alma.

—Ajá.

Intentó bajar la mano.

No pudo.

Su expresión cambió apenas, pero yo lo noté.

Estaba peleándose con su propio brazo.

Me mordí la sonrisa.

—¿Estás bien?

—Sí.

Qué hombre tan necio.

La mano seguía arriba.

—Dante.

—Estoy bien.

—No pareces bien.

—Es la fiebre.

—La fiebre no te dejó el brazo tieso.

Me acerqué antes de que siguiera inventando excusas.

—Déjame.

Él no dijo que sí.

Pero tampoco se apartó.

Toqué primero su antebrazo con cuidado. Su piel estaba tibia y el músculo duro bajo mis dedos. Muy duro. No sabía si por el entumecimiento o porque Dante era así incluso cuando estaba enfermo.

Empecé a masajearlo despacio.

Del antebrazo a la muñeca.

De la muñeca a la palma.

Sus manos siempre me habían parecido grandes, pero teniéndola así, entre mis dedos, se sintió peor. Peor de consciente. Peor de íntimo.

Ridículo, porque esas manos ya habían estado en lugares mucho más peligrosos de mi cuerpo.

Y aun así, ahí estaba yo, con la cara caliente por estarle masajeando una muñeca en un cuarto de hospital.

—¿Así? —pregunté para no pensar.

Dante bajó la mirada a mis dedos.

—Así.

Su voz salió más baja de lo normal.

Me concentré en el movimiento. Presioné con los pulgares, subí otra vez por el antebrazo, bajé hasta su palma. Dante no hablaba. Sólo miraba.

Eso no ayudaba.

—¿Mejor?

—Masajeas bien.

—No sé masajear.

—Entonces tienes talento.

Me reí bajito.

—A ver, intenta moverla.

Dante flexionó la mano.

Esta vez obedeció.

—Gracias.

Me dio una oportunidad demasiado perfecta.

Le solté la mano y dije, muy seria:

—De nada, señor Montalvo.

Dante me miró.

Vi el momento exacto en que entendió que me estaba vengando de sus burlas anteriores.

—¿Señor Montalvo?

—Sí. Hay que respetar a los pacientes importantes.

—Qué considerada.

—Siempre.

La comisura de su boca se movió apenas.

No era una sonrisa completa, pero a mí me alcanzó para sentir otra cosa rara en el pecho.

Después de terminar el tratamiento, le tomaron otra vez la temperatura. La fiebre había bajado bastante, aunque no del todo. El doctor dijo que podía irse a casa, tomar las medicinas, descansar y volver al día siguiente si seguía con fiebre.

Salimos después de pagar y recoger la receta.

Yo llevaba las llaves del coche.

Dante se sentó atrás.

Antes de arrancar, lo miré por el espejo.

—Te voy a llevar directo a la casa.

—Tengo trabajo.

—El doctor dijo descanso.

—Ximena.

—Lo dijo el doctor —aclaré de inmediato—. Yo sólo estoy cumpliendo indicaciones médicas. No es que me encante mandarte.

Dante guardó silencio.

Luego cerró los ojos.

—Está bien.

Me relajé.

Un poco.

—Entonces a la casa.

Metí la llave, pero al verlo con los ojos cerrados me entró un nervio absurdo.

—Oye, no te duermas tan rápido.

Abrió los ojos.

—¿Por qué?

—Porque me da presión manejar contigo atrás.

—¿Presión?

—Sí.

No quería decirlo, pero ya había empezado.

—Eres Dante Montalvo. Si te pasa algo en mi coche, no me van a dejar ni esconderme.

Él parpadeó.

—No me va a pasar nada.

—Además, soy nueva manejando.

El silencio dentro del coche cambió.

Dante me miró por el espejo.

—¿Nueva?

—Saqué la licencia hace poco.

—Cuando me trajiste al hospital manejaste bien.

—Porque estaba asustada y no pensé.

—Qué tranquilizador.

—No te burles. Llegamos vivos.

—Eso no siempre es suficiente.

Me giré un poco.

—Eres paciente. No puedes manejar.

—Podría.

—No.

—Ximena.

—No.

Me sostuvo la mirada unos segundos.

Luego jaló el cinturón de seguridad y se lo puso con una calma que me hizo sospechar que, en realidad, estaba preocupado por su vida.

—Maneja despacio —dijo.

—Eso iba a hacer.

—Más despacio de lo que crees.

—Ya entendí.

Arranqué.

El coche avanzó suave.

Demasiado suave, tal vez.

—¿Te molesta si pongo música? —pregunté.

—Ponla.

Encendí el estéreo.

La canción que salió era de esas que me gustaban para manejar: guitarra fuerte, batería rápida, una voz rasposa que te hacía sentir que podías salir corriendo aunque estuvieras sentada.

Dante no dijo nada.

Yo lo miré por el espejo.

Su cara estaba igual.

Eso en Dante podía significar cualquier cosa.

—¿No te gusta?

—¿Te gusta a ti?

—Sí. ¿No sientes que te prende? Como que te da energía.

—No.

—Qué triste.

—Me parece ruidosa.

Me dio risa.

Claro.

El señor Montalvo, con sus trajes negros, sus camisas impecables y su cara de junta importante, no iba a ser fan de una canción que parecía hecha para romper algo.

—¿Y tú qué escuchas? —pregunté.

—Música tranquila.

—Obvio.

—¿Obvio?

—Tienes cara de escuchar algo sin batería.

—¿Eso es un insulto?

—Es una observación.

Apagué la música.

Dante levantó la mirada.

—¿Por qué la quitaste?

—Me distraía.

—Ajá.

—¿Qué?

—Nada.

Pero vi la pequeña curva en su boca.

Se había dado cuenta.

No quería hacerlo escuchar algo que no le gustaba mientras estaba enfermo. No era gran cosa. Sólo sentido común.

Él, por alguna razón, parecía divertido con eso.

Manejé más lento que de costumbre. Tan lento que hasta yo me desesperé un poco, pero Dante no se quejó. De vez en cuando me daba una indicación seca: cuidado con ese taxi, cambia de carril después, no te pegues tanto.

Mandón.

Útil, pero mandón.

Llegamos a la casa sin accidentes.

Milagro reconocido por todos los santos del tránsito.

Doña Rosa estaba esperándonos.

En cuanto nos vio entrar, dejó lo que traía en las manos y vino hacia nosotros con la cara llena de culpa.

—Señor Dante, señora Ximena.

—Doña Rosa —dijo Dante.

Ella bajó la cabeza.

—Señor, de verdad discúlpeme. Yo no revisé bien la fecha de la medicina. Por mi culpa se sintió mal toda la mañana y tuvo que ir al hospital. Fue un descuido mío. No tengo excusa.

Me quedé a un lado, con la receta todavía en la mano.

Dante no frunció el ceño.

No levantó la voz.

Ni siquiera hizo esa pausa fría que usaba cuando alguien en la oficina cometía un error.

—No pasa nada, doña Rosa.

Ella levantó la vista, sorprendida.

—Pero, señor...

—Fue un error. A todos nos pasa.

—Yo debí revisar.

—Y la próxima vez lo va a revisar. Ya quedó.

Su tono fue firme.

No duro.

Firme.

Doña Rosa apretó los labios, con los ojos húmedos.

—Gracias, señor Dante.

—Descanse un poco. Ximena trae la receta. Necesito esas medicinas a la hora que indicó el doctor.

—Sí, señor. Claro.

Lo miré sin querer.

Otra vez.

No era sólo que Dante fuera guapo. Eso era evidente y molesto.

Era la manera en que podía tener poder y no usarlo para humillar.

Si otro hombre de su nivel hubiera recibido una pastilla caducada por descuido, tal vez habría gritado, amenazado, despedido a la empleada en el momento. Dante pudo hacerlo. Nadie se lo habría impedido.

Pero eligió dejarle dignidad.

También eligió marcar el límite.

Sin drama.

Sin crueldad.

Sin hacerse el santo.

Me quedé viéndolo mientras él hablaba con doña Rosa sobre los horarios de la medicina. Traía el cabello un poco despeinado por el hospital, la camisa arrugada y la fiebre todavía pegada en los ojos, pero seguía viéndose como alguien que sabía exactamente dónde estaba parado.

Un hombre así...

Era fácil que alguien se enamorara de un hombre así, ¿no?

El pensamiento me atravesó tan rápido que me quedé helada.

¿Qué?

No.

No, no, no.

Me enderecé de golpe y apreté la receta contra mi pecho.

¿Qué clase de idea era esa?

Dante volteó hacia mí.

—¿Qué pasa?

Sacudí la cabeza.

—Nada.

—Te pusiste roja.

—Hace calor.

—Está fresco.

—Tengo hambre.

Su mirada se quedó encima de mí un segundo más.

Yo aparté la cara.

Qué peligro.

No la fiebre.

Él.

1
Maritza
me encantó
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Esa frase se puede interpretar en otro sentido. 😂😂😂😂😂🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Pero ella aceptó sin chistar. Parece una niñita , esperando que le digan qué hacer.🤔🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
Angelica Tamayo
me parecio hermoso por eso quiero una segunda parte por que nos quedamos esperando cuando aparecerian de nuevo los padres de ximena
Ofelia Juarez
Lo que pasa es que sus padres la minimizaron y ella no pudo madurar bien se sientehindegur😭a
Marta Bettucci
le co.praron un auto...y ahora parece que..y eligió otro modelo....repite mucho lo diario...me esta cansando....voy al final y listo
Marta Bettucci
le co.praron un auto...y ahora parece que..y eligió otro modelo....repite mucho lo diario...me esta cansando....voy al final y listo
Raquel Privitera
ya dije q es una pesadilla 80 c de lo mismo es cansador yo no se si es o se hace👿👿👿
Raquel Privitera
esta mujer es una pesadilla 👿👿
Raquel Privitera
me enferma esa mujer no es más tonta x q no se prepara me da rabia parece una nena caprichosa no una mujer 👿👿👿👿👿👿👿👿
Liliana García
Mejor déjalo, que ya cambié esa actitud por favor!!!
Liliana García
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Liliana García
Como que ese comentario ya cae mal
Liliana García
Sólo cuando vas de compras se te olvida 🤣🤣🤣🤣
Liliana García
Ya cae mal, le cuesta acostumbrarse y como no dice eso a los regalos 🤣🤣🤣🤣
Liliana García
Al paso que van creó que pasará 1 año 🤣🤣🤣
Liliana García
🤣🤣🤣🤣🤣 me recordó a mi marido, no a ese extremo pero él es así
Liliana García
Hasta que me topo a un papá que no solapa
Liliana García
Muy bien dicho, hasta ahorita me has ganado 😍
Liliana García
jajajajaja me identifiqué 🤣🤣🤣🤣
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play