Victoria no huyó por falta de amor, sino por instinto de supervivencia. Al descubrir que el hombre que amaba, Dante Moretti, era el heredero de un imperio manchado de sangre, decidió que sus hijos no nacerían en una jaula de oro rodeada de enemigos. Cinco años después, bajo una identidad falsa y en la humildad de un pueblo costero, Victoria cría a León y Cristo. Los gemelos son el vivo retrato de Dante: poseen su mirada gélida y un temperamento indomable que ella lucha por suavizar.
Dante, consumido por la amargura y la creencia de que Victoria lo abandonó por traición, ha pasado media década buscándola. Cuando una filtración de seguridad en su organización revela el paradero de su "única debilidad", Dante llega dispuesto a cobrar venganza. Sin embargo, el impacto de ver a dos pequeños guerreros con sus propios ojos cambia las reglas del juego. Ahora, Victoria debe volver al mundo que odia para proteger a sus hijos, mientras Dante descubre que el mayor peligro para su familia no está
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capitulo 31
El jardín de la mansión Moretti nunca se había visto tan vibrante. Globos de helio en azul y plata flotaban contra el cielo despejado de Westchester, y una mesa larga, cubierta con manteles de lino blanco, rebosaba de dulces y un pastel de cinco pisos. Victoria, vestida con un sencillo vestido de verano amarillo, intentaba sonreír, pero sus ojos no dejaban de recorrer el perímetro.
Dante había accedido a la fiesta con una condición: seguridad invisible. No quería que sus hijos recordaran su sexto cumpleaños entre hombres con ametralladoras. Sin embargo, esa concesión al "normalismo" era exactamente la grieta que Enzo Baratti estaba esperando.
—¡Mira, mamá! —gritó Cristo, señalando un pequeño dron que sobrevolaba los setos—. Es el modelo que quería.
Cristo corría con un control remoto en las manos, su rostro iluminado por una felicidad pura que Victoria no veía desde San Vicente. León, por el contrario, caminaba cerca de su padre. Llevaba un traje pequeño, impecable, y su mirada era la de un guardia más que la de un cumpleañero. Él no miraba los globos; miraba el bosque que rodeaba la propiedad.
Dante se acercó a Victoria y le rodeó la cintura con el brazo. Por un segundo, bajo el sol de la tarde, parecían una familia real.
—Lo estamos logrando, Victoria —susurró él, besando su sien—. Están a salvo. Hoy solo son niños.
—Siento que el aire está demasiado quieto, Dante —respondió ella, apretando su mano—. Es como si la naturaleza estuviera conteniendo el aliento.
A un kilómetro de distancia, ocultos por el follaje denso y protegidos por trajes de camuflaje térmico que burlaban los sensores de la mansión, tres francotiradores de élite ajustaban sus miras telescópicas. No eran hombres de Enzo; eran mercenarios extranjeros, profesionales que no conocían la piedad.
—Objetivo Alfa (Dante) en visual —susurró uno de ellos por el comunicador—. Objetivo Beta (Victoria) a su izquierda. Los cachorros están en el área de juegos. Esperando señal.
El momento del pastel llegó. Los invitados —pocos, solo personal de confianza y Rosa— se reunieron alrededor de la mesa. Las velas fueron encendidas. León y Cristo se colocaron frente a la tarta, listos para soplar.
—Pidan un deseo —dijo Victoria, con la voz quebrada por la emoción.
Cristo cerró los ojos con fuerza. León miró a su madre y luego a su padre, y en ese instante, vio algo que nadie más notó. Un pequeño punto rojo, casi imperceptible, bailó sobre el mantel blanco, subiendo lentamente por el pecho de su hermano.
León no gritó. Su instinto, forjado en las sombras de las últimas semanas, reaccionó antes que su cerebro.
—¡Al suelo! —rugió León, tacleando a Cristo justo cuando un proyectil de alta velocidad atravesaba el aire.
El sonido no fue un estruendo, sino un silbido sordo seguido por el estallido del pastel. Crema y bizcocho volaron por los aires, mezclados con fragmentos de la mesa de madera que saltó en astillas.
—¡Francotiradores! —gritó Dante, desenfundando su arma en un movimiento que Victoria apenas pudo seguir.
Él se lanzó sobre ella, cubriéndola con su cuerpo mientras la arrastraba hacia la cobertura de una fuente de piedra. Los guardias de la mansión, que estaban apostados en los límites, empezaron a caer uno a uno. Eran disparos quirúrgicos, destinados a cegar la seguridad antes del asalto final.
Victoria buscó desesperadamente con la mirada a sus hijos. Los vio tras la mesa volcada. León tenía a Cristo sujeto por el cuello de la camisa, manteniéndolo pegado al suelo. Cristo, lejos de entrar en pánico, había sacado su tableta de debajo de su silla.
—¡Papá! —gritó Cristo desde su escondite—. ¡Están en el sector 4 y 7! ¡He interceptado su frecuencia de radio!
Dante, disparando hacia los árboles para obligar a los tiradores a reubicarse, sintió una mezcla de terror y orgullo salvaje. Su hijo de seis años le estaba dando las coordenadas de los asesinos en medio de una lluvia de plomo.
—¡Marco, fuego de cobertura en el sector 4! —ordenó Dante por su propio radio—. ¡Victoria, corre hacia la entrada de servicio con los niños! ¡Yo los cubro!
Victoria se arrastró por el césped, ignorando el dolor en sus rodillas, hasta llegar a sus hijos. Tomó a uno de cada mano.
—¡Corran! ¡No miren atrás! —les gritó.
Mientras corrían hacia la mansión, un segundo disparo impactó en un jarrón de piedra a pocos centímetros de la cabeza de Victoria. León se detuvo en seco, soltó la mano de su madre y recogió una de las armas que un guardia caído había dejado en el suelo.
—¡León, no! —chilló Victoria.
El niño no disparó, pero activó el seguro y le entregó el arma a su madre.
—Tómala, mamá. Protégenos mientras Cristo llega al servidor —dijo León con una calma que le heló la sangre a Victoria.
Llegaron a la puerta de servicio justo cuando una camioneta blindada de Enzo atravesaba las puertas principales de la propiedad. La fiesta había terminado. Los globos de helio empezaban a desinflarse y el pastel estaba esparcido por el suelo, un símbolo roto de la paz que nunca fue.
Dante se quedó atrás, solo, frente a la camioneta que avanzaba. No iba a dejar que nadie cruzara el umbral de su casa. Sus ojos grises estaban encendidos con una furia que trascendía lo humano. Ya no era el hombre que intentaba ser bueno para Victoria; era el animal herido que protegía su cubil.
—¡Enzo! —rugió Dante al viento—. ¡Has cometido el último error de tu miserable vida! ¡Has arruinado el cumpleaños de mis hijos!
Desde el interior de la mansión, Victoria observaba a través de las cámaras de seguridad mientras Cristo bloqueaba las puertas electrónicas y León vigilaba la entrada con una ballesta táctica que había sacado de su escondite secreto.
la imagen de Dante bajo la lluvia de disparos, recargando su arma mientras los primeros hombres de Enzo saltaban de la camioneta. La tregua de la familia Moretti se había sellado con sangre. Ya no había dudas, ni reproches, ni pasado. Solo quedaba el presente: una mansión sitiada y una madre que, por primera vez, sostenía un arma con la intención de matar para que sus hijos pudieran cumplir siete años.
Marcos.
Rosa
le falta mucho a esta historia.
la escritora debe revisar y complementar está historia
no es Moretti?