Él la dejó.
Ella se reconstruyó
Ahora, él quiere volver.
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Capítulo 4: Donde dejo de ser invisible
Narrado por Celia
Logramos salir de aquella situación en la playa.
O, al menos… eso creía.
Ahora todos vamos de regreso a la casa.
Esta noche vamos a celebrar mi cumpleaños en un restaurante.
Pero antes…
Había que correr.
Bañarnos.
Arreglarnos.
Ordenarnos.
Porque teníamos la reserva a las ocho y media… y ya eran casi las siete.
El tiempo se nos venía encima.
Yo tenía que ocuparme de Ana.
Bañarla, cambiarla, peinarla…
Convertirla, como siempre, en mi pequeña princesita.
No había tiempo de distraerse.
Todo fue rápido.
Demasiado rápido.
Agua, ropa, risas apuradas, manos que no alcanzaban…
Pero lo logramos.
Cuando estuvimos listas, bajamos a la sala.
Ahí ya estaban los que faltaban:Rodrigo y Uriel.
Acababan de llegar, apenas dejaron sus cosas, se acomodaron y bajaron.
El reloj marcaba las ocho en punto cuando el resto empezó a reunirse.
Miré alrededor.
Conté mentalmente.
—¿Estamos todos?
—No… falta mamá —dijo Julián, encogiéndose de hombros.
Sonreí.
Claro.
Mi madre.
Siempre igual.
Elegir qué ponerse, cómo arreglarse, el maquillaje…
Todo un ritual.
Y nosotros… esperando.
Pero no podíamos irnos sin ella.
Los minutos pasaban.
La ansiedad crecía.
No queríamos llegar tarde… podíamos perder la reserva.
Hasta que, finalmente…
Bajó.
Y, como siempre…
Una diosa.
—Bueno, ahora sí —dije, riendo—. Ya podemos irnos.
Tomé a Ana del suelo —porque, como siempre, no quería estar quieta— y salimos todos hacia los autos.
El aire estaba cargado de emoción.
De celebración.
De algo que prometía ser perfecto.
Pero…
Apenas llegamos al restaurante…
Lo que vi.
Era alboroto.
Gente reunida.
Murmullo.
Caos.
Y entre todo eso…
Un cuerpo en el suelo.
Apreté más fuerte a Ana contra mí.
Mi instinto habló antes que mi mente.
Me acerqué.
Me abrí paso entre la gente.
Y cuando llegué…
Lo reconocí.
Era uno de los amigos de Cristian.
Todo se activó en mí.
De inmediato.
—Leandro —dije, sin mirarlo—. Tomá a Ana.
Se la entregué sin dudar.
Me arrodillé junto al hombre.
Pulso débil.
Respiración comprometida.
Algo no estaba bien.
Aflojé su corbata.
Nada.
Observé mejor.
Su cara…
Hinchada.
La garganta…
Comprometida.
Entonces lo entendí.
Alergia Grave.
—¿Me escuchás? —le hablé firme—. Si podés, asentí… o apretame la mano.
Una mínima respuesta.
Suficiente.
—Está teniendo una reacción alérgica —dije en voz alta—. Probablemente por algún alimento.
No había tiempo.
No había margen.
—Leandro, buscá a Ulises. Decile que traiga mi maletín. Epinefrina. Ya.
Siempre lo llevo.
Por Ana.
Mi pequeña es alérgica a las fresas.
Como su padre.
Y nunca me arriesgaría.
Nunca.
Ulises llegó corriendo.
Abrí el maletín.
Mis manos firmes.
Precisas.
Preparé la jeringa.
Ya estaba lista para aplicarla cuando
—¿Estás loca? ¿Qué hacés?— habla Alan.
Por supuesto.
—Sé lo que hago. Soy médica —respondí, sin siquiera mirarlo—. Estoy intentando salvarlo.
Mi voz fue firme.
Fría.
Segura.
—Si seguimos perdiendo tiempo… se muere.
Y no dudé más.
Inyecté la epinefrina.
Segundos.
Silencio.
Tensión.
Y entonces…
El cambio.
El pulso comenzó a fortalecerse.
La respiración… a estabilizarse.
El aire volvió.
Y con él…
La vida.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Vas a estar bien —le dije, más suave—. Ya viene la ambulancia.
Y llegó.
Rápido.
Profesionales.
Eficientes.
Les expliqué la situación con claridad.
Se lo llevaron en camilla.
Su novia subió con él.
Antes de irse, me miró…
—Gracias.
Asentí.
Nada más.
Era mi trabajo.
Pero también…
Era quien soy ahora.
Cuando todo terminó…
Me levanté.
Y caminé hacia la mesa que nos habían asignado.
Sentía las miradas.
Detrás de mí.
Pesadas.
Clavadas.
Los padres de Cristian.
Sus amigos.
Y él.
Cristian.
Pero no me detuve.
No me quebré.
No me escondí.
Yo no era la misma mujer que firmó en silencio.
No.
Yo ahora era otra.
Una que salva vidas.
Una que no agacha la cabeza.
Una que ya no es invisible.
Me senté junto a mi familia.
Respiré.
Y apenas pasaron unos segundos…
Los padres de Cristian se acercaron.