Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.
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Capitulo 12
La lluvia de la mañana había dejado las aceras mojadas y relucientes como espejos negros bajo el cielo nublado de la ciudad. El tránsito avanzaba con lentitud por la avenida principal, una arteria concurrida flanqueada por cafés elegantes, librerías y boutiques de diseño. Aparcado en una esquina estratégica, a escasos metros de una plaza arbolada, permanecía un imponente sedán negro de vidrios polarizados. El motor emitía un ronroneo suave e imperceptible, confundiéndose con el rumor cotidiano de la urbe.
En el asiento trasero, sumergido en la penumbra del vehículo, Alexander permanecía inmóvil. Vestía un abrigo oscuro de corte impecable y mantenía las manos cruzadas sobre las rodillas. Su rostro, esculpido por diez años de disciplina militar y la frialdad implacable de la mafia rusa, no reflejaba emoción alguna. Sin embargo, en el fondo de su pecho, el corazón le golpeaba contra las costillas con una violencia que jamás experimentó en ningún entrenamiento ni en el campo de batalla.
A su lado, en el asiento del copiloto, el oficial de inteligencia observaba la pantalla de una tableta encriptada antes de girarse con respeto hacia su superior.
—Señor Rostova, los informes de la guardia discreta confirman que sale de la librería de la esquina a esta hora exacta todos los martes —informó el subordinado en voz baja—. Mantiene una rutina tranquila, sin sobresaltos ni vinculaciones con ningún grupo sospechoso.
Alexander no respondió. Ni siquiera pestañeó. Su mirada estaba fija en la puerta de madera y cristal del establecimiento comercial situado a unos veinte metros de distancia.
De pronto, el picaporte de bronce de la librería giró. La puerta se abrió despacio y una figura femenina emergió hacia la acera, sosteniendo un pequeño bolso de cuero sobre el hombro y un libro protegido bajo el brazo.
El mundo de Alexander se detuvo de golpe. La respiración se le atoró en la garganta y todo el ruido de la ciudad —el rugido de los motores, las bocinas, el murmullo de los peatones— desapareció por completo, reducido a un silencio ensordecedor.
Era Isabella.
Ahí estaba la mujer por la que había desafiado a la tumba, la única luz que había guiado sus noches más oscuras en los laboratorios y campos de entrenamiento de San Petersburgo.
Isabella avanzó a pasos lentos por la acera mojada, vistiendo un abrigo largo de tono crema que acentuaba su figura elegante y madura. El viento fresco del otoño le despeinaba suavemente el cabello castaño, ondulándolo alrededor de un rostro que conservaba la delicadeza y la belleza pura que Alexander tenía grabada a fuego en la memoria. No había cambiado la gracia de su andar ni la forma en que acomodaba un mechón detrás de su oreja con un gesto instintivo.
Sin embargo, al fijar la vista en sus facciones a través del cristal oscurecido del auto, Alexander sintió un zarpazo de dolor desgarrador en el centro del alma.
La joven risueña, radiante y llena de una ilusión desbordante que caminaba hacia él en el altar diez años atrás había dado paso a una mujer marcada por una nostalgia profunda y silenciosa. Había en su mirada una sombra de melancolía que el tiempo no había logrado borrar del todo; una madurez forjada en la soledad, el luto y la herida de un amor interrumpido trágicamente por la violencia. Sonreía con amabilidad al cruzarse con un vecino, pero la sonrisa no alcanzaba a iluminar por completo la tristeza serena que habitaba en sus ojos avellana.
Alexander apoyó la mano contra la ventanilla del vehículo, sintiendo el frío del cristal bajo sus dedos tiritantes. La coraza de hierro de "Sasha", el implacable heredero del imperio Rostova, se desmoronó en una fracción de segundo ante la abrumadora presencia de la mujer que amaba.
Los ojos de Alexander, antes fríos como el acero de San Petersburgo, se llenaron de lágrimas espesas que comenzaron a resbalar silenciosamente por sus mejillas.
—Isabella... —susurró con un hilo de voz rasposo, ahogado por un nudo de agonía y ternura que amenazaba con asfixiarlo.
Verla allí, tan cerca y a la vez tan inalcanzable, le provocó un dolor físico en el pecho, justo sobre las cicatrices de las balas que una vez le atravesaron el tórax. Durante una década se había repetido a sí mismo que era fuerte, que el entrenamiento de Valentine lo había convertido en un hombre indestructible. Pero al contemplar la curva de los labios de Isabella y la belleza melancólica de su rostro, comprendió que seguía siendo completamente vulnerable a ella. Ella seguía siendo su único dueño, su principio y su fin.
Quiso abrir la puerta del vehículo. Un impulso salvaje, primario y desesperado le gritaba que bajara a la calle, que atravesara la distancia que los separaba, que la tomara entre sus brazos y la apretara contra su corazón para decirle que no estaba muerto, que había regresado del infierno solo para devolverle la sonrisa que la tragedia le arrebató.
Pero la voz de la prudencia y el entrenamiento táctico lo frenaron en el último segundo. Apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Si bajaba en ese momento, si se presentaba ante ella como un fantasma salido del pasado, el impacto emocional podría destrozarla. Además, la sombra del peligro seguía acechando; los responsables de la masacre en la catedral no sabían que él estaba vivo, y exponer a Isabella sin un plan blindado significaba ponerla de nuevo en la línea de fuego.
Isabella se detuvo un instante en la esquina de la plaza, mirando hacia el cielo nublado antes de abrir un paraguas oscuro. Observó por un segundo la dirección donde estaba aparcado el sedán negro, como si por un fugaz instinto hubiera percibido la intensidad de la mirada que la devoraba desde la penumbra. Se quedó inmóvil un par de palpitaciones, frunciendo ligeramente el ceño con una extraña sensación de familiaridad que le erizó la piel.
En el interior del vehículo, Alexander sostuvo el aliento, manteniendo los ojos fijos en ella, rezando en silencio para que ese instante de conexión invisible no se rompiera jamás.
Finalmente, Isabella agitó levemente la cabeza, descartando cualquier pensamiento, y continuó su camino a pasos tranquilos, bordeando el parque hasta desaparecer tras la esquina de la avenida.
El coche quedó sumergido en un silencio denso y pesado. Alexander se echó hacia atrás sobre el respaldo del asiento, cubriéndose el rostro con ambas manos mientras los sollozos contenidos le hacían vibrar los hombros. Se limpió las lágrimas con brusquedad, respirando hondo varias veces para forzar a su mente a recuperar el control estratégico que su rango exigía.
—Señor Rostova... ¿desea que la sigamos a una distancia más corta? —preguntó el chófer con tono cauto desde el frente.
—No —respondió Alexander, y aunque su voz volvió a sonar firme, conservaba un matiz de profunda conmoción—. Mantengan la vigilancia discreta a tres calles de distancia. Nadie interrumpe su trayecto.
Se acomodó el abrigo y miró por última vez hacia la acera vacía donde segundos antes caminaba el amor de su vida. El primer vistazo había sido una tortura hermosa, una confirmación de que el sentimiento entre ellos seguía intacto a través del tiempo y la distancia.
—Estás tan hermosa, mi amor... —murmuró Alexander para sí mismo, mientras el auto se ponía en marcha lentamente hacia la penumbra de la ciudad—. Pronto terminará tu luto. Te prometo que muy pronto estaré a tu lado, y nunca más volverás a caminar sola bajo la lluvia.