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En Todo Mi Esplendor

En Todo Mi Esplendor

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Venganza / Completas
Popularitas:6.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Aurora rescató a Eric de las cenizas de un viejo desamor, transformando la gratitud en un matrimonio cálido y prometedor. Sin embargo, dos años de felicidad se derrumban en cuestión de meses cuando Patricia, la expareja que lo abandonó, reaparece con artimañas y una codicia disfrazada de nostalgia. Atrapado en la red de manipulaciones, Eric traiciona a la mujer que le devolvió la vida.

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Capítulo 23: La invitación que hiela la sangre

La noticia de la absorción del Banco Mercantil Regional por parte del gigante europeo Vanguard Holdings sacudió los cimientos financieros y jurídicos de la ciudad como un terremoto de escala mayor. En los pasillos de los tribunales no se hablaba de otra cosa: un fondo de capitales suizos y españoles había adquirido las carteras de deuda más comprometidas del país, designando a una presidencia con poderes plenarios para reestructurar, sanear o liquidar judicialmente a los deudores sin contemplaciones.

Nadie en el foro local conocía la identidad de la nueva presidencia. Se sabía únicamente que operaba desde Madrid y que su presentación oficial ante la sociedad y la élite empresarial tendría lugar durante la cuadragésima Gala Anual de la Cámara de Comercio, a celebrarse en el gran salón del Hotel Alvear Palace.

En el departamento de Eric, sin embargo, el ambiente no era de expectativa corporativa, sino de asfixia terminal.

Sobre la mesa de la cocina descansaba una nueva notificación judicial: la fijación de fecha para el remate del mobiliario del estudio y una intimación perentoria del consorcio acreedor para cancelar el pagaré principal en un plazo improrrogable de quince días. Eric estaba sentado con la cabeza hundida entre las manos, el pelo sucio y las sienes palpitándole con una migraña atroz.

La puerta de la calle se abrió de golpe. Patricia entró con paso apresurado, arrojando una revista de sociedad sobre la mesa, justo encima de las órdenes de embargo.

—Deja de compadecerte como un perro abandonado, Eric —escupió ella, quitándose los guantes de cuero con un movimiento teatral—. Acabo de hablar con las chicas en el café del club. La gala del viernes no es una fiesta cualquiera: van a estar todos los presidentes de banco, los ministros y, lo más importante, los directores generales de Vanguard, los nuevos dueños del Mercantil.

Eric levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre:

—¿Y qué pretendes que haga yo con eso, Patricia? ¿Ir a pedir limosna de esmoquin? No tenemos dinero para pagar las expensas del edificio y el banco me va a rematar los escritorios la semana que viene.

—¡Qué mente tan miserable tienes! —gritó ella, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¿No te das cuenta de la jugada? Si logras hablar diez minutos con los delegados europeos antes de que los abogados de siempre los monopolicen, puedes ofrecerles tu estudio para gestionar las ejecuciones hipotecarias menores. Eres litigante, conoces los juzgados de memoria. ¡Un solo contrato con esa gente cubriría todas nuestras deudas y nos devolvería a la cima!

Eric tragó saliva, sintiendo una punzada de esperanza desesperada en medio de la niebla. Era un disparate técnico —las multinacionales rara vez contrataban estudios unipersonales al borde de la quiebra—, pero cuando un hombre se está ahogando, se aferra a cualquier madero flotante, incluso si está podrido.

—No tenemos invitación, Patricia. Las mesas de la Cámara de Comercio están reservadas desde hace meses para la élite económica. Un pase para esa gala cuesta una fortuna que no tenemos.

Patricia sonrió con esa astucia fría y calculadora que tanto daño le había causado. Sacó de su cartera de mano un sobre de satén crema con ribetes dorados y lo deslizó sobre la mesa:

—Conseguí dos pases a través de un contacto de Fernando en la comisión directiva del club. Me costó firmar un pagaré personal a sesenta días con intereses abusivos, pero los tenemos. No me importa el costo, Eric. Nos jugamos el todo por el todo. O salimos de esa fiesta con un acuerdo comercial bajo el brazo, o esta farsa se termina para siempre.

Eric miró el sobre dorado con un escalofrío en la nuca. El instinto le gritaba que entrar a ese salón era meter la cabeza en una trampa; una extraña premonición, helada y pesada como el plomo, le oprimía el pecho desde que escuchó el nombre del consorcio extranjero. Pero la presión implacable de Patricia y su propio terror a la bancarrota absoluta anularon el último vestigio de prudencia.

—Está bien —susurró él, con la voz apagada—. Iremos.

Los dos días siguientes fueron una carrera frenética hacia el abismo.

Patricia gastó el último margen de una tarjeta secundaria en un vestido estridente de satén esmeralda con pedrería excesiva, peinado de alta peluquería y joyas alquiladas para aparentar un estatus que hacía meses se había esfumado. Eric desempolvó su esmoquin negro, el mismo que había usado en su segunda boda, sintiendo que la tela le apretaba los hombros y que el nudo de la corbata de moño le cerraba la garganta como una soga floja.

El viernes por la noche, el Hotel Alvear Palace brillaba bajo un despliegue de reflectores que cortaban el cielo oscuro.

Limusinas y automóviles de alta gama desfilaban por la alfombra roja exterior, donde fotógrafos de prensa y camarógrafos de televisión cubrían el arribo de la alta burguesía nacional. El aire olía a perfume costoso, a flores frescas traídas de invernaderos privados y a ese murmullo de vanidades blindadas por el dinero antiguo.

Eric y Patricia cruzaron las puertas giratorias con actitudes opuestas.

Ella caminaba con el mentón levantado, ensayando una sonrisa deslumbrante hacia los fotógrafos que apenas la registraban, empujando a Eric del brazo para hacerse notar entre las parejas de diplomáticos y empresarios. Eric, en cambio, avanzaba con la mirada esquiva, tirando disimuladamente del cuello de su camisa para intentar respirar, con una migraña abrasadora perforándole la frente.

Al entrar al gran salón de baile, bajo las monumentales arañas de cristal bohemio y los arreglos de orquídeas blancas, Eric vio a Marcos y a otros colegas del colegio de abogados departiendo en una esquina con copas de champaña. Intentó acercarse para buscar apoyo, pero cuando Marcos lo vio, su viejo compañero de facultad desvió la mirada con deliberada frialdad, dándole la espalda para hablar con un magistrado.

—No mires a esos mediocres —le susurró Patricia entre dientes, sin perder la pose ante la concurrencia—. Mira a la cabecera. Esos son los directivos del banco. Ahí es donde tenemos que estar.

Eric apretó los labios, sintiendo el sudor frío resbalarle por la espalda. Patricia no dejaba de quejarse en un murmullo venenoso sobre las joyas de las demás mujeres, reclamándole que parecían mendigos a pesar de haber empeñado lo poco que les quedaba para estar allí.

Fue en ese preciso instante, mientras Eric tiraba una vez más del cuello asfixiante de su camisa y Patricia terminaba de dar un sorbo amargo a su copa, cuando un silencio repentino, seco y sepulcral, cayó sobre el salón entero.

El rumor de las quinientas personas presentes se apagó en una milésima de segundo.

Las puertas dobles de caoba del fondo se abrieron de par en par. La ráfaga de flashes iluminó la antesala como una tormenta eléctrica y la multitud se abrió en dos mitades perfectas, reverentes, conteniendo la respiración ante la llegada de la verdadera realeza económica de la noche.

—Llegaron los presidentes del consorcio europeo —susurró un banquero a espaldas de Eric.

Eric levantó la mirada por pura inercia. Y en ese segundo exacto, el universo entero se detuvo.

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Wendy Borges
verdugo no pide clemencia
Wendy Borges
que hombre tan patético
Lilito_lili
Impecable..
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