trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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Capítulo 14: La Erosión del Alma
La habitación, un espacio de doscientos metros cuadrados de mármol, seda y tecnología, se sentía ahora más pequeña que una celda de castigo. Elena había perdido la noción del tiempo. El silencio era su única compañía, roto solo por el zumbido del sistema de ventilación y el sonido de la cerradura electrónica cada vez que Ethan regresaba de sus breves ausencias para gestionar el imperio desde el despacho contiguo.
Ethan había llevado su posesividad a un nivel patológico. Él personalmente se encargaba de todo. Por la mañana, la despertaba con un beso que ella recibía con los ojos cerrados, simulando estar dormida para no ver el triunfo en su mirada. Él la llevaba al baño, la desvestía con una parsimonia aterradora y la sumergía en la tina, lavando su cuerpo con una devoción que rozaba lo religioso.
—No me toques —susurró ella una mañana, mientras él pasaba una esponja de seda por su espalda.
—Soy tu esposo, Elena. Es mi derecho y mi deber cuidarte —respondió él, su voz suave pero cargada de una firmeza inamovible—. Estás perdiendo peso. He ordenado al chef que prepare comidas más calóricas. No permitiré que te marchites en mis manos.
—Ya estoy marchita, Ethan. Solo estás regando un cadáver.
Ethan dejó la esponja y la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre, reflejo de las pocas horas de sueño. La presión externa de Christian Vane y las investigaciones del mercado estaban cobrando su precio, pero dentro de esas cuatro paredes, él seguía siendo el dios absoluto.
—Si eres un cadáver, entonces serás mi posesión más bella —dijo él, antes de besarla con una intensidad que sabía a posesión y locura.
Mientras tanto, fuera de la fortaleza, el nombre de los Steelwood se arrastraba por el fango. Christian Vane había filtrado a la prensa grabaciones de audio —obtenidas mediante espionaje industrial— donde se escuchaba a Ethan dando órdenes para “aislar” a Elena. El hashtag #FreeElena era tendencia mundial, y los accionistas del Grupo Steelwood exigían ver a la esposa del CEO para desmentir los rumores de secuestro.
Ethan leía los informes en su tablet mientras Elena comía mecánicamente bajo su vigilancia.
—Christian cree que puede ganarme con la opinión pública —comentó Ethan con una risa seca—. No entiende que el dinero compra el silencio, y el poder compra el tiempo.
—Él te va a destruir, Ethan —dijo Elena, dejando el tenedor—. Y cuando lo haga, yo seré la primera en testificar en tu contra.
Ethan caminó hacia ella y le acarició el cabello.
—Para eso tendrías que salir de aquí, mi vida. Y he decidido que mañana nos iremos. He preparado el traslado a nuestra propiedad en los Alpes Suizos. Un búnker de cristal donde nadie, ni siquiera los satélites, podrá encontrarte.
La noche antes del traslado, el destino decidió intervenir. Eran las tres de la mañana cuando una explosión sorda sacudió los cimientos de la mansión. Elena saltó de la cama, el corazón galopando contra sus costillas. Las luces de emergencia rojas se encendieron, bañando la habitación en un tono sangriento.
—¡Quédate en el suelo! —rugió Ethan, sacando una pistola del cajón de la mesilla de noche.
Christian Vane no había esperado a la policía ni a los abogados. Había usado sus recursos para contratar a un grupo de exmilitares y asaltar la mansión. El sonido de disparos resonaba en el pasillo, mezclado con los gritos de los guardias de Ethan.
La puerta de la suite voló en pedazos. Christian entró, con el rostro desencajado y un arma en la mano. Se detuvo al ver la escena: Ethan frente a Elena, protegiéndola con su cuerpo pero apuntando directamente al corazón de su rival.
—Suéltala, Steelwood —siseó Christian—. Se acabó. La policía viene en camino, pero yo llegué primero.
—No saldrá de aquí con vida si no es conmigo —respondió Ethan, su dedo tensándose en el gatillo—. Prefiero verla muerta que en tus manos, Christian. Sabes que lo digo en serio.
Elena miraba a los dos hombres. Ambos decían amarla, pero ambos la trataban como el trofeo de una guerra personal. En ese momento, la rabia que había estado acumulando durante meses estalló. Se levantó, ignorando las advertencias de Ethan, y se puso entre ambos.
—¡Basta! —gritó ella—. ¡Ninguno de los dos me posee! ¡Ethan, baja el arma! ¡Christian, vete de aquí!
—Elena, muévete —ordenó Ethan, su voz temblando por primera vez—. No me obligues a hacer algo de lo que me arrepienta.
—¿Más? ¿Qué más puedes hacerme, Ethan? —lo desafió ella, caminando hacia la boca de su pistola—. Ya me robaste mi familia, mi libertad y mi identidad. Dispara. Termina el trabajo.
En el segundo de duda de Ethan, Christian intentó disparar. Ethan fue más rápido. Dos disparos resonaron en la habitación. Christian cayó hacia atrás, su sangre manchando la alfombra persa que Elena había elegido meses atrás. Pero Ethan no se detuvo; se lanzó sobre Christian con una furia ciega, golpeándolo con la culata del arma hasta que Leo —quien había regresado en medio del caos para intentar ayudar— lo separó a la fuerza.
—¡Señor, basta! ¡Está muerto! —gritó Leo.
Ethan se detuvo, jadeando. Miró sus manos manchadas de sangre y luego miró a Elena. Ella estaba de pie, inmóvil, observando el cadáver de su pasado y el rostro del monstruo que era su presente.
Las sirenas de la policía ya se escuchaban en la entrada de la propiedad. Ethan sabía que este era el fin de su libertad legal, pero en su mente distorsionada, todavía había una salida.
—Leo, saca a Elena por el túnel de servicio —ordenó Ethan, recuperando una calma aterradora—. Llévatela al helipuerto secundario. El piloto tiene las coordenadas de Suiza.
—¿Y usted, señor? —preguntó Leo.
—Yo me quedaré a recibir a los invitados. Pero ella no se queda. Ella es mía. Pase lo que pase hoy, Elena Steelwood nunca será libre de mí.
Elena fue arrastrada por Leo mientras miraba hacia atrás por última vez. Ethan estaba de pie en medio de la destrucción de su suite, rodeado de sangre y diamantes, con una sonrisa triste y triunfal en los labios. Había perdido su imperio, su reputación y probablemente su vida, pero había asegurado que Elena llevaría su marca por siempre.