Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.
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Capítulo 17
Capítulo 17
¿Podrías casarte con ella?
Bruno casi se quedó con la boca abierta.
Así que aquella mujer era la esposa que Alejandro había mantenido fuera de la vida pública.
Tenía que admitirlo: era mucho más hermosa que Emilia.
Sin la ventaja de conocer a Alejandro desde niños, a su hermana le habría resultado difícil competir con ella.
—Aunque sea su exesposa, eso no significa que yo tenga que disculparme.
Bruno seguía aferrado a su orgullo.
—Que se disculpe ella y hacemos como si no hubiera pasado nada.
—Si hubiera llegado un minuto después, sus hombres podrían haberle hecho daño.
La voz de Alejandro era helada.
—Que no haya ocurrido no significa que usted no tenga la culpa. Discúlpese.
Bruno temblaba por dentro, pero se negaba a ceder.
Valeria, cada vez más borracha, solo distinguía palabras sueltas: exesposa, disculpa…
¿Ahora Alejandro quería que ella bajara la cabeza?
Bastante hacía con no arrancarle la suya.
—Tantas disculpas me aburren. Prefiero aplicar las reglas de mi local —intervino una voz—. O llamamos a la policía o lo sacamos para darle una buena paliza.
Héctor apareció con dos filas de empleados detrás. Llevaba una sonrisa burlona y el aire de alguien a quien nadie quería enfrentarse.
—¡¿Por qué van a golpearme?! ¡¿Aquí no hay leyes?! —protestó Bruno.
La voz le temblaba.
Héctor hizo una señal con el dedo. La muchacha a la que habían obligado a beber se acercó y se escondió detrás de él.
—Primero: las chicas que trabajan aquí sirven bebidas o bailan. No están para complacer a los clientes. Ya rompieron mis reglas al obligarla a beber entre todos.
Su sonrisa perdió la calidez.
—Segundo: aquí no se permiten drogas ni sustancias para dejar a nadie indefenso. Detesto a los que intentan hacer eso en mi negocio. Romperles una pierna me parece poco.
Miró a Bruno.
—Debería darle las gracias a Clara. Si no lo hubiera detenido, ya lo habríamos sacado de aquí cargado.
Alejandro se quedó sorprendido.
Así que eso había pasado.
Valeria alzó el pulgar, sonriendo.
—¡Bien dicho! ¡Así se habla!
Héctor le guiñó un ojo.
—Gracias por el cumplido, Clara.
Alejandro sintió una presión en el pecho al ver aquel intercambio.
—¿Te parece bien, Alejandro? —preguntó Héctor.
—Sí.
Bruno cedió de inmediato.
—¡Me equivoqué! No sabía que era su exesposa. Lo siento, señorita Blanco. De verdad. Le pido disculpas…
Las palabras le salieron entre los dientes. Por dentro, estaba furioso.
A Alejandro le parecieron insuficientes.
Entonces notó algo.
Clara ya no estaba.
—¿La buscas? Mira allá —dijo Héctor, señalando el escenario.
Alejandro sintió un vuelco en el corazón.
Entre las luces, Clara bailaba moviendo la cintura, con una mezcla de sensualidad y alegría. Sonreía sin reservas. Ni los destellos a su alrededor conseguían opacarla.
Valeria estaba completamente borracha.
Y feliz de dejarse llevar.
No sabía muy bien qué hacía. Sentía que volaba, que era libre, que nadie podía ponerle un nombre a lo que era.
De pronto se inclinó demasiado hacia atrás.
La gente gritó.
Alejandro llegó a tiempo para atraparla.
Cuando Valeria consiguió enfocar su rostro enfadado, sonrió con torpeza.
—Voy a vomitar.
* * *
Alejandro la llevó al baño de hombres.
Valeria se inclinó sobre el inodoro y vomitó hasta quedarse sin fuerzas.
Al principio él la observó desde la puerta, con el ceño fruncido. Pero al verla sufrir, se acercó y empezó a acariciarle la espalda.
Cuando terminó, ella fue hasta el lavabo. Todavía se acordó de limpiarse los labios y enjuagarse la boca.
—Me siento fatal…
—Entonces no hubieras bebido tanto. Tú te lo buscaste.
Alejandro permanecía a su lado.
—Es que… estoy triste. Muy triste…
Valeria apenas podía pensar. Creyó que estaba con uno de sus hermanos.
Empezó a llorar.
—¿Por qué Alejandro no me quiere? ¿Por qué?
A él se le estremeció el pecho.
Apretó los labios y la escuchó.
—Me esforcé mucho. De verdad… Hice todo lo que pude. Pero cuanto más lo intentaba, más parecía odiarme. ¿Por qué? ¡Dímelo!
De pronto se volvió y lo abrazó.
Lloró contra su pecho, dejando lágrimas, mocos y maquillaje sobre la camisa impecable.
Alejandro se quedó rígido.
Cada lágrima caliente parecía atravesarle la ropa y llegarle al corazón.
Después de un rato, preguntó en voz baja:
—¿De verdad quieres tanto a Alejandro?
Valeria levantó el rostro enrojecido por el llanto. Tenía los labios entreabiertos.
Él tragó saliva y se obligó a mantener la distancia.
Hasta se arrepintió de haber preguntado.
¿Qué importaba si lo quería o no?
El divorcio ya estaba decidido. La mujer con la que iba a vivir era Emilia.
La puerta se abrió de una patada.
—¡Alejandro! ¡¿No tienes vergüenza?! ¡¿Quieres a una mujer en casa y a otra aquí?!
Nicolás entró con los ojos encendidos de rabia.
Apartó a Valeria y la rodeó con los brazos para protegerla.
Alejandro frunció el ceño.
Seguía creyendo que era Mateo. Ver al director del grupo, siempre tan sereno, reaccionar así por Clara le dejó claro cuánto le importaba.
Le costó respirar.
—Señor Duarte, bebió demasiado. Acaba de vomitar. Si de verdad le importa, no debería traerla a estos lugares.
Nicolás estuvo a punto de responder con una sarta de insultos.
Entonces entendió la confusión y decidió aprovecharla.
—Mi mujer hace lo que quiere. Si quiere divertirse, la acompaño. Usted ya decidió dejar a Clara, señor Montenegro. Deje de meterse en su vida y vaya a cuidar a Emilia.
Intentó salir con su hermana.
Alejandro les cerró el paso.
—¿Qué quiere ahora?
—¿De verdad la quiere?
—Por supuesto.
—¿Podría casarse con ella?
Nicolás se quedó sin respuesta.
¡Era su hermana! ¿Cómo iba a casarse con ella?
—No es asunto suyo. Apártese.
—Clara no tiene dinero ni una familia poderosa que la proteja. No está preparada para que jueguen con sus sentimientos.
La mirada de Alejandro se volvió más oscura.
—Si no piensa casarse con ella y solo quiere tenerla como amante, déjela vivir en paz.
Nicolás soltó una carcajada incrédula.
—Nunca conocí a alguien tan descarado. Cuando la dejó por Emilia, ¿pensó en lo que le pasaría? Por usted tiene que cargar, siendo tan joven, con un matrimonio fracasado. ¿Eso no le importa?
Alejandro sintió una punzada en el pecho.
—Si sabía que iba a divorciarse, ¿para qué se casó con ella? La usó para ganar tiempo hasta poder estar con la mujer que quería. ¡Qué asco!
Nicolás lo empujó para pasar.
—¡Déjenos en paz, desgraciado!
* * *
Alejandro no supo cómo volvió a la mesa.
Una frase le daba vueltas en la cabeza:
«La usó para ganar tiempo.»
Y aquel insulto.
—¿Se fue? —preguntó Héctor.
Estaba apoyado en la baranda, con una copa en la mano, observando el aspecto ausente de su amigo.
—Sí.
Alejandro tomó un whisky y se lo bebió de golpe. Le ardió la garganta.
—Si no fuera por ti, esta noche Bruno se habría llevado una buena paliza. Primero, por intentar drogar a una chica. Y segundo, por querer tocar a la mujer que me gusta.
—No tienes que hacer nada por mí. Emilia es Emilia. Su hermano es otra persona.
Alejandro tardó un segundo en reaccionar.
—Espera. ¿La mujer que te gusta?
Héctor sonrió con descaro.
—Ya que tú no la quieres, podría quedármela yo. Entre amigos hay que ayudarse.
Alzó una ceja.
—Solo tendrías que acostumbrarte a verla como mi pareja. ¿Te costaría mucho?
Alejandro lo miró con frialdad.
—Todavía no estamos divorciados y ya estás enseñando los dientes.
—Firmaron el acuerdo. Lo demás es cuestión de tiempo.
Alejandro apretó los dedos.
—No sé cuánto falta para el divorcio. Pero sé que te estás buscando una muerte rápida.