ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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EL CHICO DE LA MIRADA PELIGROSA
Hay personas que llegan a tu vida para salvarte. Otras llegan para destruir todo lo que creías saber sobre el amor. Y luego está esa persona que hace ambas cosas al mismo tiempo.
—No pienso mudarme con un desconocido, mamá.
Valentina Ríos cruzó los brazos frente a la puerta de su habitación mientras observaba las maletas abiertas sobre la cama. Llevaba veinte minutos discutiendo con su madre y, por la expresión de su rostro, estaba preparada para continuar otros veinte más.
—No es un desconocido, cariño. Es mi esposo.
—Para ti. Para mí es el hombre con el que llevas ocho meses saliendo y que, de repente, decidió que tenemos que mudarnos a su mansión.
Su madre, Clara, suspiró.
—Creí que estarías feliz por mí.
Aquellas palabras hicieron que Valentina bajara la mirada.
No quería hacerle daño. Sabía cuánto había sufrido su madre durante los últimos años, cuánto había llorado a escondidas y cuánto le había costado volver a enamorarse después de la muerte de su padre.
Pero eso no significaba que estuviera preparada para abandonar su casa, sus amigos y la vida que conocía.
—Estoy feliz por ti, mamá. De verdad. Solo… necesito tiempo para acostumbrarme a todo esto.
Clara se acercó y le acarició el cabello.
—Lo sé, mi niña. Y te prometo que nadie va a ocupar el lugar de tu padre. Nunca.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—Entonces, ¿por qué tenemos que irnos?
—Porque Alejandro nos ha ofrecido un hogar. Y quiero que tengamos la oportunidad de empezar de nuevo.
Valentina miró por la ventana. El cielo estaba gris y una ligera lluvia comenzaba a golpear los cristales.
Empezar de nuevo.
Odiaba esas palabras.
Porque nadie le había preguntado si quería empezar de nuevo.
Y, sin embargo, allí estaba, empacando su vida en tres maletas.
—Está bien —murmuró finalmente—. Pero si el hijo de tu esposo resulta ser un psicópata, te recordaré que te advertí.
Clara soltó una carcajada.
—¡Valentina!
—¿Qué? Es una posibilidad.
—Sebastián no es un psicópata.
—Ah, ¿entonces ya conoces su historial clínico?
—No voy a discutir contigo.
—Perfecto. Porque voy ganando.
Clara negó con la cabeza, sonriendo, y salió de la habitación.
Valentina esperó a escuchar sus pasos en el pasillo antes de dejarse caer sobre la cama.
No tenía idea de que, unas horas después, conocería al hombre que pondría su mundo patas arriba.
Y mucho menos imaginaba que terminaría deseando volver a encontrarse con él, incluso después de jurar que jamás lo haría.
La mansión Montenegro
El trayecto duró casi una hora.
Valentina pasó la mayor parte del tiempo mirando por la ventana, escuchando música y respondiendo con monosílabos cada vez que su madre intentaba conversar.
Cuando el automóvil abandonó la carretera principal y tomó un camino privado rodeado de árboles, se quitó un auricular.
—¿Dónde estamos?
—Ya casi llegamos.
Unos minutos después, unas enormes puertas negras se abrieron frente a ellas.
Valentina se incorporó en el asiento.
Al otro lado apareció una mansión impresionante, rodeada de jardines perfectamente cuidados, fuentes de piedra y ventanales que reflejaban la luz del atardecer.
Y frente al garaje había varios automóviles deportivos.
Negros, rojos, plateados.
Valentina silbó suavemente.
—Bueno… —murmuró—. Al menos el hombre tiene buen gusto para los coches.
Clara rio.
—Te dije que te gustaría.
—No he dicho que me guste la casa. He dicho que me gustan los coches. No confundamos las cosas.
El vehículo se detuvo frente a la entrada principal.
Un hombre elegante, de cabello ligeramente canoso y sonrisa amable, salió a recibirlas. Alejandro Montenegro.
—¡Mis chicas!
Clara bajó primero y lo abrazó con entusiasmo. Valentina salió después, arrastrando su maleta con una expresión que intentaba parecer neutral.
Alejandro la recibió con un beso en la mejilla.
—Bienvenida a casa, Valentina.
Ella le dedicó una sonrisa educada.
—Gracias.
—Espero que te sientas cómoda aquí. Esta también es tu casa.
Valentina estuvo a punto de responder que prefería su antigua casa, pero decidió guardarse el comentario.
Por el bien de su madre.
Alejandro hizo una seña a uno de los empleados para que llevara el equipaje.
—Tu habitación está en el segundo piso. Tiene una terraza preciosa y vista al jardín.
—Suena bien.
—Y hay una persona que lleva toda la mañana quejándose porque no le avisaron que llegarían hoy.
Clara arqueó una ceja.
—¿Sebastián?
Alejandro asintió con resignación.
—¿Quién más?
Valentina sonrió por primera vez en todo el día.
—Creo que ese chico y yo vamos a llevarnos de maravilla.
Alejandro la miró con una expresión extraña.
—Eso espero, hija. De verdad.
Pero había algo en su tono que hizo que Valentina sospechara que aquella convivencia no sería tan sencilla.
El primer encuentro
La casa era todavía más impresionante por dentro.
Un enorme vestíbulo, una escalera de mármol, lámparas de cristal y cuadros que probablemente costaban más que todos los muebles de su antigua casa.
Valentina caminaba detrás de su madre cuando escuchó un ruido procedente del exterior.
Un motor.
Grave. Potente.
Y cada vez más cerca.
Se volvió hacia los ventanales justo cuando un automóvil deportivo negro entró en el garaje a una velocidad que le pareció innecesaria.
—¿Ese es…? —comenzó a preguntar.
—Sebastián —respondió Alejandro, cerrando los ojos un instante—. Por supuesto.
Valentina se acercó a la puerta que daba al jardín.
El conductor salió del vehículo con una tranquilidad insultante. Llevaba unos vaqueros oscuros, una camiseta negra y una chaqueta de cuero. Tenía el cabello despeinado, como si acabara de pasar las manos por él varias veces, y una pequeña herida en el nudillo derecho.
Era alto.
Demasiado atractivo.
Y tenía la clase de expresión que parecía decirle al mundo entero que nada le importaba.
Valentina se descubrió observándolo durante unos segundos.
Entonces él levantó la cabeza.
Sus miradas se encontraron a través del cristal.
Sebastián frunció el ceño, como si verla allí fuera la peor noticia que había recibido en toda la semana.
Valentina levantó una ceja.
Vaya. El príncipe encantador parece encantado de verme.
Él apartó la mirada y se dirigió hacia la entrada.
Un instante después, la puerta se abrió.
—Papá —saludó Sebastián, sin mirar a nadie más—. Tenemos que hablar.
—Buenos días para ti también, hijo.
—No sabía que hoy llegaban.
—Te lo dije ayer.
—Estaba ocupado.
Alejandro lo observó con severidad.
—Pues tendrás que acostumbrarte. Clara y Valentina viven aquí ahora.
Sebastián apretó la mandíbula.
Entonces giró la cabeza.
Y volvió a mirarla.
Esta vez, de cerca.
Valentina sostuvo su mirada sin pestañear.
Los ojos de Sebastián eran oscuros, intensos y difíciles de descifrar. Recorrieron su rostro apenas un segundo antes de detenerse en sus ojos.
—¿Tú eres Valentina? —preguntó.
—Y tú debes de ser el famoso Sebastián.
Él soltó una risa sin humor.
—¿Famoso? Espero que no te hayan contado demasiadas cosas.
—Tranquilo. No me interesa tu biografía.
Una sonrisa lenta apareció en los labios de Sebastián.
—Qué alivio. Porque no pienso hacerte una presentación.
—Perfecto. Yo tampoco te la pedí.
Clara intervino antes de que la situación empeorara.
—Bueno, chicos, estoy segura de que van a llevarse bien.
Sebastián miró a su padre.
Luego a Valentina.
—Sí. Claro. Maravilloso.
Y pasó junto a ella sin decir una palabra más.
Pero justo cuando Valentina creyó que la conversación había terminado, él se detuvo a su lado.
—Un consejo, niña nueva.
Ella giró el rostro hacia él, molesta por el apodo.
—¿Qué?
Sebastián se inclinó ligeramente para hablarle en voz baja.
—No te metas en mis asuntos y no tendremos problemas.
Valentina sonrió con una dulzura completamente falsa.
—Y tú no te metas en los míos. Así no tendré que enseñarte modales.
La sonrisa de Sebastián desapareció durante un segundo.
Después soltó una carcajada breve, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
—Interesante.
—¿Qué cosa?
Él comenzó a alejarse.
—Que todavía no sabes dónde te has metido.
Valentina lo vio subir las escaleras y desaparecer en el segundo piso.
—Qué hombre tan insoportable —murmuró.
Alejandro se aclaró la garganta.
—Sebastián tiene sus problemas.
—Todos tenemos problemas. No todos somos groseros por deporte.
Clara le lanzó una mirada de advertencia.
Valentina levantó las manos.
—Está bien. Me callo.
Pero mientras subía a su nueva habitación, no pudo evitar recordar aquellos ojos oscuros y aquella sonrisa arrogante.
Y eso la irritó todavía más.
Porque el chico era insoportable.
Absolutamente insoportable.
Entonces, ¿por qué seguía pensando en él?
Una noche inesperada
A las once y media, Valentina seguía despierta.
Había deshecho la mitad de sus maletas, colocado algunos libros en las estanterías y pasado veinte minutos intentando conectarse al wifi.
Finalmente, se puso una chaqueta ligera y salió a la terraza.
Necesitaba aire.
Desde allí podía ver buena parte del jardín y la entrada al garaje. La noche era cálida y el cielo estaba despejado.
Entonces escuchó voces.
Venían de la parte trasera de la propiedad.
Valentina se asomó por la barandilla.
A lo lejos, junto a uno de los coches, Sebastián hablaba con otro joven. Este último tenía el cabello oscuro, una camisa azul y una sonrisa encantadora incluso desde aquella distancia.
—Te digo que no puedes seguir haciendo esto —escuchó que decía el desconocido.
—No empieces, Alejandro.
—No soy tu padre. No tienes que fingir conmigo.
Sebastián abrió la puerta del automóvil.
—Precisamente por eso no tengo que darte explicaciones.
El otro chico suspiró y se apoyó contra el coche.
—¿Y qué vas a hacer cuando alguien salga herido?
Sebastián no respondió.
Se limitó a subir al vehículo y encender el motor.
Valentina se quedó inmóvil cuando las luces iluminaron el jardín.
El coche pasó cerca de la terraza.
Por un instante, Sebastián levantó la mirada.
La vio.
Y, en lugar de apartar los ojos, sonrió.
Una sonrisa desafiante.
Como si supiera que ella lo estaba observando.
Valentina retrocedió de inmediato.
—Idiota —susurró, sintiendo un calor inexplicable en las mejillas.
El rugido del motor se alejó hasta desaparecer en la noche.
Ella regresó a su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella.
No sabía adónde iba Sebastián.
No sabía por qué parecía vivir al límite.
Y tampoco sabía quién era el muchacho que había intentado hacerlo entrar en razón.
Pero algo le decía que aquel no sería su último encuentro con ninguno de los dos.
Lo que Valentina aún no podía imaginar era que, muy pronto, aquel segundo joven volvería a cruzarse en su camino.
Y cuando lo hiciera, le ofrecería algo que Sebastián Montenegro jamás había sabido darle.
Una oportunidad de enamorarse sin miedo.
Y entonces comenzaría el verdadero peligro.