Sinopsis Corta
Tras años de separación, dolor y una condena a muerte dictada por engaños en el oscuro mundo de la mafia, Valerio De Santis y Lysandra Varesi vuelven a cruzar sus caminos. En medio de traiciones familiares y la amenaza inminente de sus enemigos, Valerio renunciará al poder terrenal y arriesgará su vida para proteger a Lysandra y a sus hijos mellizos, Eren y Lyra. Una apasionante historia de amor, sacrificio y redención donde las cicatrices del pasado se transforman en el cimiento de una vida en paz.
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Capítulo 1: Cenizas sobre la seda
La lluvia golpeaba con furia los ventanales de la mansión De Santis en Sicilia. En el despacho principal, el olor a tabaco caro, cuero y whisky añejo creaba una atmósfera pesada, casi sofocante.
Valerio Giancarlo De Santis estaba de pie frente al gran ventanal, observando cómo la tormenta ahogaba los jardines. Llevaba un traje a la medida color azul noche; su espalda ancha permanecía en tensión y sus nudillos lucían blancos al apretar el vaso de cristal. Con solo treinta años, el peso del imperio criminal que su padre le había cedido descansaba sobre sus hombros, pero esta noche el peligro no venía de una familia rival: venía de la mujer que dormía en su cama.
La puerta del despacho se abrió sin anunciar. Orestes Malatesta entró con paso firme y la cabeza erguida, sosteniendo una carpeta de cuero negro entre las manos. Su rostro afilado no reflejaba emoción alguna, pero sus ojos avellana brillaban con una fría determinación.
—Valerio —dijo Orestes con una voz rasposa y pausada—. Lo tenemos. Confirmado.
Valerio no se giró de inmediato. Dio un sorbo largo al whisky, sintiendo cómo el alcohol le quemaba la garganta.
—Dime que te equivocaste, Orestes —murmuró Valerio, y su tono de voz hizo temblar la calma del lugar—. Dime que la persona que filtró la ruta del cargamento en el puerto de Palermo no fue ella.
Orestes caminó hasta el escritorio de caoba y arrojó la carpeta sobre la madera pulida. Las hojas se desparramaron ligeramente, dejando al descubierto fotografías, transcripciones de llamadas y registros bancarios.
—Quisiera decirte que me equivoqué, hermano —respondió Orestes, acercándose un paso más y bajando la voz con una falsa muestra de compasión—. Sabes cuánto valoro la paz de esta familia. Pero los hechos son implacables. Lysandra ha estado manteniendo contacto con el inspector de la Policía Federal desde hace seis meses.
Valerio se giró bruscamente. Sus ojos azul grisáceo, habitualmente indomables, estaban inyectados en sangre. Avanzó hacia la mesa y tomó una de las fotografías: en ella, una mujer de largo cabello castaño cobrizo aparecía de espaldas en una cafetería discreta, entregando un sobre a un hombre con placa.
—Es una toma lejana, Orestes —gruñó Valerio, apretando la fotografía hasta arrugarla—. Podría ser cualquiera. Lysandra no sabe nada de nuestras operaciones. La mantengo al margen. La protejo de todo esto.
—La mantienes en un altar, que es diferente —interrumpió Orestes, ajustándose los puños de la camisa—. Ella sabe lo suficiente. Las fechas de las entregas, las reuniones con los carteles de Nápoles... Mira los audios transcritos, Valerio. Escucha la grabación que mis hombres interceptaron ayer.
Orestes presionó el botón de una grabadora digital sobre la mesa. La voz de Lysandra, suave, fina y distorsionada por la estática, resonó en la habitación:
“...el embarque sale a medianoche desde el muelle cuatro. No habrá escoltas pesados. Cumplan su parte y asegúrense de que esto termine de una vez...”
El silencio cayó como un mazo tras el pitido final de la grabación. Valerio estampó el vaso contra el suelo de mármol, haciéndolo añicos. La ira y una punzada brutal en el pecho amenazaron con derribarlo.
—¡Es imposible! —rugió Valerio, apoyando las manos sobre el escritorio, respirando agitadamente—. ¡Ella me ama! ¡Anoche estuvo en mis brazos! ¡Me juró que no había nada más importante para ella que nuestro futuro!
—Las mujeres como Lysandra Fiorella Varesi saben mentir con el alma, Valerio —dijo Orestes, tocándole el hombro con firmeza simulada—. Te está destruyendo desde adentro. Si el consejo se entera de que la esposa del Capo es una rata de la policía, tu padre no podrá protegerte. Perderás la cabeza del sindicato... y luego tu vida. Deja que yo me encargue. Yo la haré desaparecer esta misma noche sin hacer ruido.
Valerio cerró los ojos. Por su mente pasaron los rizos cobrizos de Lysandra, la piel de alabastro que tantas veces había recorrido con los labios y la calidez de su risa. Pero el orgullo, la traición y la doctrina de la sangre pesaban más que cualquier sentimiento.
—No —dijo Valerio con la voz rota, la mirada completamente muerta—. Tú no. Haz que los sicarios la lleven al acantilado de la bahía norte. Que parezca un accidente... o un ajuste de cuentas. No quiero volver a ver su rostro jamás.
Orestes esbozó una sonrisa imperceptible antes de inclinarse con respeto.
—Será como lo ordenes, Capo.
En el ala este de la mansión, el ambiente era cálido y perfumado. Lysandra caminaba descalza por la habitación, acariciando suavemente su vientre aún plano. Frente al espejo del tocador, una sonrisa llena de luz se dibujaba en sus labios. Tenía una prueba de embarazo oculta bajo el colchón y dos análisis de sangre guardados en su bolso: estaba embarazada de mellizos.
Escuchó pasos pesados en el pasillo y la puerta se abrió. No era Valerio.
Orestes entró, seguido de dos hombres armados vestidos de negro. La sonrisa de Lysandra se congeló de inmediato.
—Orestes... ¿qué significa esto? ¿Dónde está Valerio? —preguntó Lysandra, dando un paso atrás por instinto y cruzando los brazos sobre su pecho.
—Buenas noches, Lysandra —dijo Orestes con una frialdad matemática—. Lamentablemente, tu esposo no vendrá a darte el beso de buenas noches.
—¿De qué estás hablando? Déjame pasar, quiero ver a Valerio —exigió ella, intentando avanzar, pero uno de los sicarios la sujetó con fuerza del brazo.
—¡Suéltame! —gritó Lysandra, luchando contra el agarre—. ¡Valerio! ¡Valerio!
—No te molestes en gritar, querida —se burló Orestes, acercándose a ella y mirándola con desprecio—. Valerio descubrió tus secretos. Sabe que has estado filtrando información a la policía.
Lysandra abrió los ojos de par en par, helada por la confusión.
—¿Qué? ¡Eso es mentira! ¡Yo nunca he hablado con la policía! ¡Amo a Valerio con toda mi vida! ¡Orestes, estás loco, déjame hablar con él!
—El problema es que Valerio ya no quiere escucharte —respondió Orestes, sacando un arma con silenciador de la chaqueta—. Él mismo vio las pruebas. Él escuchó tu voz. Y la orden vino directamente de su boca, Lysandra: “Llévense a la rata y que no vuelva a ver el amanecer”.
—¡No! ¡Él no me haría esto! —sollozó Lysandra, sintiendo que el mundo se le venía abajo. El dolor en su pecho era infinitamente más desgarrador que el agarre en sus brazos—. ¡Está equivocado! ¡Tiene que escucharme! ¡Estoy esperando a sus hijos! ¡Orestes, por favor, dile que estoy embarazada!
Orestes se detuvo un segundo, mirando el vientre de la mujer. Una sombra cruenta pasó por sus ojos.
—Con más razón —murmuró Orestes—. Ningún bastardo tuyo mancillará la sangre De Santis. Cubran su cabeza y llévensela al acantilado.
—¡Valerio! —gritó Lysandra antes de que una bolsa de tela negra ahogara sus súplicas—. ¡Valerio, por favor!
A tres kilómetros de allí, la tormenta arreciaba sobre el acantilado de la bahía norte. Las olas chocaban violentamente contra las rocas metros abajo.
Los dos sicarios arrastraron a Lysandra fuera del vehículo. La lluvia la empapó al instante, pegando su vestido de seda a su cuerpo tembloroso. Cuando le quitaron la capucha, la luz de los relámpagos iluminó su rostro cubierto de lágrimas y barro.
—Por favor —suplicó Lysandra, cayendo de rodillas sobre la tierra mojada y rodeando su vientre con ambos brazos—. Les ruego... no por mí, por los bebés que llevo dentro... no me maten...
El sicario principal la miró sin piedad y levantó la pistola.
—Órdenes son órdenes, señora De Santis. El jefe manda decir que las traidoras mueren solas.
¡BANG!
El disparo resonó en medio del trueno. El impacto de la bala dio en el hombro derecho de Lysandra; la fuerza del impacto la empujó hacia atrás y perdió el equilibrio. Su cuerpo rodó por la pendiente del acantilado antes de caer al vacío, hacia el embravecido mar.
Los hombres miraron hacia el abismo. Las olas oscuras se tragaron el cuerpo de la mujer sin dejar rastro.
—Está muerta —dijo uno de ellos.
—Vámonos. Avisa a Orestes que el trabajo está hecho.
En el mar, entre el agua helada y el dolor insoportable de la herida, Lysandra luchaba instintivamente por salir a la superficie. La corriente la arrastraba, pero con la última gota de fuerza que le quedaba en el alma, abrazó su vientre con el brazo izquierdo.
“Tengo que sobrevivir... por mis hijos... Valerio, me mandaste a matar... pero juro por la vida de mis bebés que jamás vas a encontrarnos”, pensó antes de que la oscuridad la secara por completo.