Alan Eduardo Porto es ciego, pero ve más lejos que cualquiera. Cuando entra como becario al departamento jurídico de una de las corporaciones más poderosas del país, sabe que tendrá que soportar las burlas, el sabotaje y los prejuicios. Lo que no imagina es que un choque en un ascensor lo pondrá frente al hombre que puede destruirlo… o poseerlo.
Rodolpho es el presidente de la empresa: implacable, arrogante, acostumbrado a que el mundo se doblegue ante él. Nunca nadie le había plantado cara. Hasta que apareció ese muchacho que no baja la cabeza, que no teme y que, sin siquiera proponérselo, despierta en él una obsesión que no logra controlar.
Entre ellos se enciende un juego peligroso de poder y deseo, donde cada acercamiento tiene un precio. Pero Alan carga un secreto y una promesa: sacar a su hermano menor de donde está, cueste lo que cueste. Y hay sombras del pasado dispuestas a todo con tal de arrebatárselo todo.
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Capítulo 08
Rodolpho esperó a que el clic suave de la cerradura confirmara que Alan había salido. Al segundo siguiente, la presión acumulada en su pantalón se volvió insoportable, una urgencia dolorosa que no sentía desde hacía una semana entera. Caminó a pasos rápidos hacia la puerta lateral de la dirección, que daba acceso a su baño privado de mármol oscuro.
Cerró la puerta con llave por dentro y encaró su propio reflejo en el espejo por un instante. Tenía el rostro tenso, los párpados cargados por la falta de sueño, pero el letargo físico había desaparecido por completo. Se abrió el cinturón y el cierre con prisa, las manos casi temblando por la desesperación de probar aquella reacción hasta el final.
Cuando sus dedos se cerraron alrededor del miembro totalmente erecto, un jadeo pesado resonó en el techo alto del baño.
Cerró los ojos. Dejó de lado cualquier pensamiento sobre las mujeres y los hombres del club, sobre los reservados caros o sobre el control que solía exhibir.
Su mente fue invadida de inmediato por la imagen de Alan de minutos atrás, y por el recuerdo del calor que emanaba de aquel cuerpo a menos de un palmo de distancia y el sonido de aquella voz baja.
Rodolpho empezó el movimiento rítmico y firme. Cada subida y bajada de la mano le traía de vuelta el perfume sutil que el becario había dejado en el aire del despacho. Se apoyó con la mano izquierda en la fría encimera de granito, echando la cabeza hacia atrás mientras aceleraba el ritmo.
No era solo deseo, era el alivio violento de sentirse hombre de nuevo, mezclado con la percepción perturbadora de que aquel chico ciego, sin mover un solo músculo para seducirlo, era el dueño absoluto de sus instintos.
El placer subió rápido e incontrolable, de una manera que no experimentaba desde hacía años. Rodolpho apretó la mandíbula, sofocando un gemido ronco en el silencio del baño mientras se corría con fuerza dentro del inodoro. Hasta las piernas le flaquearon por el impacto de la liberación física.
Su respiración siguió corta, ruidosa y entrecortada durante un largo rato, resonando en las paredes de piedra oscura. Se limpió en piloto automático con movimientos lentos, sintiendo los latidos del corazón desacelerar poco a poco.
Abrió la canilla, se llenó las manos y se echó agua helada en la cara varias veces, observando las gotas resbalar por la piel que todavía le ardía de calor.
El hormigueo febril del cuerpo empezó a menguar, dejando apenas una lucidez afilada y peligrosa. Su mente seguía fija, clavada en el cubículo del piso de abajo, dibujando cada detalle de la silueta de Alan.
Rodolpho se acomodó el pantalón de vestir, se abrochó el cinturón con precisión y encaró su propio reflejo en el espejo una última vez, sosteniéndose el mentón mientras una sonrisa fría, lenta y calculada le asomaba a los labios.
El hijo de puta de Pablo tenía razón, pensó sin lograr borrarse del rostro la sonrisa de satisfacción y maquiavelismo.
La frustración de la impotencia de la semana anterior había desaparecido por completo, dando lugar a una certeza sombría y peligrosa: usaría toda su autoridad, todo su dinero y todo su poder corporativo para acorralar a aquel becario y atarlo a él de forma definitiva. Alan no tendría adónde huir, salvo a su cama. Solo tenía que encontrar la manera.