Isabella sabe convertir cualquier viaje en una experiencia inolvidable.
Alessandro Moretti sabe conseguir todo lo que desea.
Entre destinos de lujo, miradas que dicen demasiado y una atracción imposible de ignorar, ambos descubrirán que hay encuentros que no estaban en ningún itinerario.
Porque algunas tentaciones llegan para cambiarte el destino.
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Somos Adultos
A las seis y treinta de la mañana, Alessandro Moretti ya estaba despierto. No porque fuera especialmente madrugador.
Simplemente tenía la costumbre de levantarse temprano cuando algo importante ocupaba su mente Y aquella mañana había algo que lo hacía.
Una inspección, Una propiedad, Un nuevo producto para Moretti Privé. Eso era lo que se repetía.
Sin embargo, mientras terminaba de abotonarse la camisa frente al espejo, una imagen completamente diferente apareció en su cabeza.
Cabello rojo, Ojos atentos, Una sonrisa apenas perceptible Y aquella maldita costumbre de Isabella Laurent de responderle como si él no fuera el hombre que dirigía una de las compañías de turismo más exclusivas del mundo.
Alessandro sonrió frente al espejo.
—Solo trabajo.
Se puso el reloj.
—Solo trabajo.
Tomó su chaqueta.
Y salió.
El aeropuerto privado estaba tranquilo cuando llegó. Un Gulfstream esperaba en la pista.
El vuelo no sería largo, pero Alessandro había decidido que aquella inspección merecía hacerlo personalmente.
No solía acompañar a los inspectores. No era necesario. Tenía un equipo excelente.
Pero esta vez quería comprobar de primera mano las modificaciones que Isabella había propuesto.
Eso era todo O eso continuaba diciéndose. Mateo ya estaba allí.
—Llegas temprano.
Alessandro miró su reloj.
—Llegas tarde.
—Son las seis cuarenta y cinco.
—Exactamente.
Mateo negó con la cabeza.
—Algún día vas a descubrir que el mundo no funciona con tu reloj.
—Mi empresa sí.
Mateo soltó una carcajada.
—¿Y ella?
Alessandro lo miró.
—¿Quién?
—La inspectora.
—No sé.
Mateo señaló discretamente hacia la entrada.
Alessandro giró la cabeza. Isabella estaba acercándose.
Llevaba pantalón negro de corte impecable, una blusa blanca y un abrigo color camel. Su cabello pelirrojo estaba recogido en una cola baja y llevaba una pequeña maleta de mano.
Mateo lo miró.
—¿Sigues diciendo que no te interesa?
—Sí.
—Perfecto.
Isabella llegó hasta ellos.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Mateo.
Alessandro la miró.
—¿Siempre viaja con tan poco equipaje?
Isabella observó su pequeña maleta.
—Para una inspección de dos días, sí.
—Yo esperaba más.
—No vine de vacaciones.
—Eso explica muchas cosas.
Ella levantó una ceja.
—¿Qué cosas?
—Nada.
Mateo intervino antes de que la conversación pudiera convertirse en una discusión.
—El avión está listo.
Los tres caminaron hacia la aeronave.
El interior era exactamente lo que podía esperarse de un vuelo privado de Moretti Privé.
Asientos amplios, Madera oscura, Cuero.Una pequeña zona de descanso.
Champagne perfectamente dispuesto. Y una mesa preparada con desayuno.
Isabella miró alrededor.
—¿Todo esto para un vuelo de una hora?
—Una hora y veinte minutos —corrigió Alessandro.
—Sigue siendo demasiado.
—No para nuestros clientes.
Ella se sentó.
—Ese es precisamente el problema.
Alessandro se acomodó frente a ella.
—¿Cuál?
—A veces ustedes creen que más significa mejor.
—¿Y no es así?
—No necesariamente.
Él sonrió.
—Me está diciendo que una empresa de lujo no debería ofrecer lujo.
—Le estoy diciendo que el lujo debe tener sentido.
Alessandro se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Explíqueme.
Isabella tomó una taza de café.
—Si alguien paga una fortuna por un viaje privado y recibe exactamente lo que esperaba, probablemente quedará satisfecho.
—Ese es el objetivo.
—Pero si recibe algo que jamás imaginó que podía experimentar, lo recordará.
Alessandro la observó.
—¿Siempre piensa así?
—Siempre.
—Debe ser agotador.
—Lo es.
Ella bebió un sorbo de café.
—Pero también es lo que hace que mi trabajo sea interesante.
Alessandro sonrió.
—Empiezo a entender por qué Matteo la recomendó.
Isabella lo miró.
—¿Matteo me recomendó?
—Sí.
—Pensé que había sido el departamento de producto.
—Fue una combinación de ambas cosas.
Ella asintió.
—Entonces tendré que agradecerle.
—Ya lo hizo.
—¿Cuándo?
—Ayer.
Isabella frunció ligeramente el ceño.
—No recuerdo haber hablado con él.
—No necesitaba hacerlo.
—¿Entonces?
Alessandro sonrió.
—Su trabajo habló por usted.
Por primera vez, Isabella pareció quedarse sin una respuesta inmediata.
Solo durante un segundo. Pero Alessandro lo notó y le gustó.
La propiedad estaba ubicada en una zona costera exclusiva, no aparecía en las plataformas habituales, sin publicidad, ni siquiera un letrero en la entrada.
Solo una enorme puerta de madera y un camino rodeado de vegetación.
La villa se encontraba frente al mar. Arquitectura contemporánea, Piscina infinita, Jardines privados, Acceso directo a una pequeña playa, Una cocina diseñada para recibir chefs privados Y una terraza desde la que el océano parecía no tener fin.
El director de la propiedad los recibió personalmente.
—Señor Moretti. Es un honor.
Alessandro estrechó su mano.
—Espero que siga siendo un honor después de que terminemos.
El hombre sonrió con cierta tensión.
Isabella intervino.
—No se preocupe. Solo estamos aquí para comprobar que todo esté en condiciones.
El director pareció relajarse, No debía hacerlo. Isabella comenzó inmediatamente, Revisó la habitación principal, El baño, Las áreas de servicio, la cocina, Las habitaciones secundarias, los accesos, la piscina, la playa e incluso abrió algunos armarios.
Alessandro la observaba.
—¿Qué busca?
—Problemas.
—No parece muy romántico.
—No estoy aquí para ser romántica.
—Eso ya lo había notado.
Isabella lo ignoró, abrió una puerta y Se quedó quieta.
—Aquí.
El director se acercó.
—¿Qué ocurre?
—El minibar.
—¿Qué tiene?
—Nada.
—¿Nada?
—Exactamente.
Alessandro miró dentro.
—Hay bebidas.
—Pero no hay opciones personalizadas.
Ella señaló una pequeña tarjeta.
—Un cliente que paga esta cantidad no debería encontrar una lista genérica.
El director tomó notas.
—Podemos solucionarlo.
—No quiero que lo solucionen para nosotros.
Isabella lo miró.
—Quiero que piensen en el cliente.
Alessandro cruzó los brazos, sonriendo.
—¿Qué pondría usted?
Ella respondió sin dudar.
—Depende del cliente.
—¿Y si fuera usted?
Isabella lo miró. Un mirada cargada de picardía.
—Agua.
Alessandro sonrió.
—¿Solo agua?
—Agua fría.
—Exigente.
—Y fruta.
—¿Eso es todo?
—No bebo alcohol.
Alessandro la observó un instante.
—Interesante.
Isabella cerró el minibar.
—¿Por qué?
—No sé. Supongo que esperaba otra cosa.
—No soy responsable de sus expectativas.
Aquella respuesta consiguió una sonrisa.
—Definitivamente no.
Al mediodía, revisaron el restaurante.
El chef había preparado un menú especial.
Platos pequeños, ingredientes exóticos, presentación impecable.
Alessandro estaba satisfecho.
Isabella no, probó un plato, después otro, tomó notas y finalmente levantó la mirada.
—Está muy bien.
El chef sonrió.
—Gracias.
—Pero no es memorable.
El hombre dejó de sonreír.
Alessandro miró a Isabella.
—¿Qué le falta?
—Una historia.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
Isabella miró al chef.
—¿Por qué eligió este menú?
El hombre explicó que había seleccionado los mejores ingredientes disponibles.
Ella escuchó.
Después preguntó:
—¿Cuál de estos platos representa realmente el lugar?
El chef señaló uno.
—Ese.
—Entonces debería ser el centro del menú.
—Pero no es el más costoso.
—No importa.
Isabella sonrió.
—El cliente no necesita saber cuánto costó. Necesita saber por qué está comiendo eso.
Alessandro la observó en silencio. Ella era extremadamente meticulosa con el trabajo, incluso podría decir que más que él.
Había algo en su forma de trabajar que empezaba a fascinarlo. No buscaba impresionar, buscaba conectar Y eso era raro.
Por la tarde, después de varias horas de inspección, Isabella salió a caminar por la playa.
Alessandro la encontró allí. Se había quitado los zapatos y caminaba descalza por la arena.
Él se acercó.
—¿Descansando?
—Cinco minutos.
—Eso es un récord.
Ella sonrió.
—¿Siempre trabaja tanto?
—Soy el dueño.
—Eso no responde.
—Sí.
Isabella miró hacia el mar.
—Debe ser difícil.
—¿Qué?
—Tener que controlar todo.
Alessandro metió las manos en los bolsillos.
—No controlo todo.
—Parece que sí.
—Solo las cosas importantes.
—¿Y qué considera importante?
Él la miró.
—Mi empresa.
Isabella volvió los ojos al mar.
—¿Solo eso?
Alessandro no respondió inmediatamente.
No estaba acostumbrado a que alguien le hiciera preguntas de ese tipo.
—Mi familia también.
—Eso está bien.
—¿Y usted?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Mi trabajo.
—¿Nada más?
Isabella sonrió.
—Es usted muy curioso.
—Me lo han dicho.
—Debería dejar de hacer preguntas.
—¿No tiene familia?
—Mi hermano y su hija.
Alessandro dio un paso más cerca.
- ¿Le han dicho lo hermosa que es?
- Creo que es hora de dejar de hacer preguntas.
- Tal vez - Alessandro quitó un mechón de cabello que golpeaba el rostro hermoso de Isabella y lo coloco detrás de la oreja.
Isabella sonrió nerviosa, pero no se apartó - ¿Porque tanto interés?.
—Eres una mujer interesante y todavía no he conseguido la respuesta que quiero.
Ella lo miró.
Por primera vez, ninguno de los dos sonrió.
El viento desordenó más mechones del cabello de Isabella.
Alessandro tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no apartarlos de su rostro.
No lo hizo.
Isabella tampoco retrocedió. El momento duró apenas unos segundos.
Hasta que ella rompió el silencio.
—Mañana debemos revisar el acceso privado a la playa.
Alessandro sonrió.
—Claro.
Ella se puso nuevamente los zapatos.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Isabella.
Ella se alejó.
Alessandro permaneció allí.
Mirándola.
Y por primera vez tuvo que reconocer algo que no quería admitir.
Aquella mujer empezaba a gustarle, no solo físicamente, le gustaba su cabeza, su manera de pensar, su carácter, su forma de no buscar su aprobación Y eso era mucho peor.
Esa noche cenaron en la villa. Solo ellos dos. Mateo había regresado a la ciudad porque tenía asuntos personales que atender.
Antes de marcharse, había mirado a Alessandro con una expresión demasiado divertida.
—Compórtate.
Alessandro había puesto los ojos en blanco.
—Tengo treinta y cinco años.
—Precisamente.
Ahora estaban frente a frente, una mesa pequeña, velas, el mar al fondo y un ambiente demasiado íntimo para ser una cena de trabajo.
Isabella parecía darse cuenta.
—Esto no estaba en el itinerario.
Alessandro sonrió.
—Podemos añadirlo.
—No.
—¿No?
—No debemos mezclar trabajo con otra cosa.
Él se quedó observándola.
—¿Quién dijo que estaba mezclando algo?
—Su sonrisa, no me tome por tonta Alessandro.
Alessandro soltó una carcajada.
—¿Mi sonrisa?
—Sí.
—¿Y qué dice?
—Que está pensando algo que no debería.
Él apoyó el tenedor.
—¿Y si fuera así qué? Somos adultos, sabremos manejarlo.
Isabella lo miró directamente.
- Deje de hacer eso.
Alessandro sostuvo su mirada.
—¿Y si no quiero?
Isabella respiró lentamente.
Durante un instante, el silencio entre ellos pareció cambiar.
Ella fue la primera en apartar la mirada.
—Mañana tenemos mucho trabajo.
—Sí - Dijo Alessandro sin apartar la mirada, ella era jodidamente hermosa.
—Deberíamos descansar - Dijo Isabella con el corazón latiendo a mil.
—Sí.
Pero ninguno de los dos se levantó.
Más tarde, en su habitación, Alessandro abrió el teléfono.
Tenía varios mensajes.
Uno de su madre, Otro de Leonardo, Otro de Mateo y uno de una mujer con la que había salido semanas atrás.
Los ignoró.
Abrió el contacto de Mateo.
¿Que haces?
La respuesta tardó unos segundos.
- Voy a dormir.
- ¿Solo?
Alessandro sonrió - Solo.
-Bien dormiré también, Sofí me espera.
Mateo era feliz, de verdad, miró nuevamente la pantalla, pensó en llamar a alguien.
No sabía a quién. Hasta que su mente volvió a Isabella.
Abrió el contacto profesional que tenía de ella. Se quedó mirándolo.
No escribió, bloqueó el teléfono.
—No.
Se acostó, Pero el sueño tardó en llegar.
Isabella tampoco dormía, estaba sentada frente a la ventana de su habitación, el mar estaba oscuro.
Las luces de la villa se reflejaban sobre el agua, pensaba en la conversación de la cena.
En la manera en que Alessandro la había mirado, en aquella sonrisa.
En lo fácil que era para él hacer que una conversación profesional pareciera algo diferente.
Isabella cerró los ojos, no podía permitírselo. Sabía exactamente qué clase de hombre era Alessandro Moretti.
Había leído sobre él antes de aceptar el proyecto, sabía de su reputación.
Mujeres, fiestas, viajes, relaciones breves, Ningún compromiso, nada serio.
Aunque eso sonaba bien, ella tampoco queria compromisos serios, una persona que no se enamorase es perfecto.
Tomó el teléfono, había un mensaje.
¿Todo bien?
Isabella respondió:
Todo perfecto. El trabajo salió muy bien.
Después apagó la pantalla.
No mencionó a Alessandro, No había necesidad, al menos eso se dijo.
Mientras tanto, en otra habitación de la misma villa, Alessandro seguía despierto.
Y tampoco había mencionado a Isabella a nadie.
El problema era que ambos comenzaban a sospechar que aquella inspección no iba a terminar cuando terminara el viaje.
Y ninguno de los dos estaba preparado para lo que vendría después.
Porque algunas historias comienzan con un beso, otras, con una mirada.
La de ellos había comenzado con una discusión sobre un minibar.
Y, sin que ninguno pudiera saberlo todavía, estaba a punto de convertirse en la experiencia más peligrosa de sus vidas.