NOVELA +18 ⚠️
Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.
Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.
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Capítulo 3
...JULIETA ÁLVAREZ...
Llegué a mi casa pasadas las once y media.
Metí la llave en la cerradura con las manos aún temblándome y la puerta se abrió en silencio.
En la mesa del comedor, iluminada por la luz cálida de la lámpara central, estaba mi madre.
A su alrededor había decenas de sobres de papel, listones de seda dorada y tarjetas con caligrafía elegante. Se veía radiante, tarareando una melodía suave mientras doblaba con delicadeza cada invitación.
—¿Julieta? —preguntó levantando la vista, con una sonrisa enorme—. ¡Mi amor, qué tarde! Estaba a punto de volver a llamarte.
—Hola, mamá —murmuré, dejando mi bolso en la entrada e intentando ocultar mi rostro en la penumbra del pasillo.
—Mira qué bellezas llegaron hoy —dijo entusiasmada, tomando una de las tarjetas para mostrármela—. Son las invitaciones oficiales de la boda de Sabrina. El grabado en relieve quedó perfecto. Tu hermana y Esteban se ven tan hermosos en la foto del encabezado... Parece una boda de la realeza.
Apreté las manos dentro de los bolsillos de mi abrigo.
La boda perfecta de la hija perfecta.
Sabrina no solo tenía el programa estelar de la televisión; también tenía a Esteban, un hombre atento, de buena familia, orgulloso de presumirla ante el mundo entero y que jamás le pediría verse a escondidas en la habitación de un motel barato.
—Tuve que trabajar hasta tarde —dije con la voz un poco rasposa—. Hubo un problema con la imprenta.
Mi madre me miró por fin con atención. Su sonrisa disminuyó un poco al notar mi cansancio, pero sus ojos rápidamente volvieron a las invitaciones sobre la mesa.
—Ay, mi vida, te ves agotada. Tienes que hablar en esa editorial, te exigen demasiado. Ah, por cierto, Roberto llamó hace unas horas preguntando por ti. Me dijo que estaba preocupado porque no le contestabas. Es tan atento ese hombre, siempre al pendiente de ti como cuando estaban en el colegio.
El nombre de Roberto me incomodó de inmediato.
Sentí un nudo amargo atascándome la garganta.
Mi madre, en su ingenuidad, seguía creyendo que Roberto era el amigo noble de la infancia que de vez en cuando pasaba a saludar, sin sospechar que horas antes ese mismo "hombre atento" me tenía acorralada en la calle exigiéndome que siguiera siendo su amante.
—Sí... ya hablé con él —mentí, tragándome las lágrimas.
—Qué bueno. Bueno, ve a lavarte las manos y cena algo. Tu hermana viene mañana temprano para probarse el segundo vestido y quiero que todas las invitaciones estén listas para enviar.
—Estoy cansada, mamá. Creo que me iré directo a dormir.
—Está bien, descansa —dijo ella, acariciando la textura del papel de la tarjeta sin levantar la vista—Mañana será un día largo.
Subí las escaleras despacio, sintiendo el peso de cada paso. Entré a mi habitación, cerré la puerta y me apoyé contra ella en la oscuridad.
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A la mañana siguiente, el olor a café recién pasado y pan tostado inundaba la casa, pero el ambiente en la cocina estaba sofocante.
Sabrina ya estaba sentada a la barra, vistiendo un conjunto deportivo Impecable y revisando una marea de bocetos de vestidos en su tablet. Mi madre le servía un plato de frutas con una sonrisa que no le cabía en el rostro.
—¡Buenos días, dormilona! —saludó Sabrina en cuanto entré, mirándome de arriba abajo con rapidez—. Estábamos esperándote. Mira, ya elegí la paleta de colores para los vestidos de las damas de honor.
Me acerqué a servirme un poco de café, sintiendo los ojos pesados por la mala noche.
—Se ven muy bonitos, Sabri.
—¿Verdad que sí? —continuó ella, ampliando una foto en la pantalla—. Pero Juli, por favor, necesitas cuidarte mucho de aquí a la fecha. El diseñador me dijo que para tu vestido tuvo que mandar a pedir bastantes metros extra de tela para ajustar bien el talle con tus curvas. Necesito que no vayas a subir ni un solo gramo más, porque si subes de peso el corte no te va a armar y se va a ver terrible en las fotos.
Se me oprimió el pecho. Apreté la taza de café entre mis manos sin decir nada.
—Mira —siguió Sabrina, deslizando la pantalla para mostrarme un archivo—, te dejé en el correo una dieta desintoxicante y una rutina de té verde que mi nutrióloga me mandó. Empiézala hoy mismo para que te desinflames un poco de la cintura. Es por tu bien, no quiero que te sientas incómoda el día de mi boda.
—Sabrina, estoy bien así... —murmuré, bajando la mirada hacia mi taza.
—Solo digo que hay que prevenir, Juli. El vestido no perdona.
En ese momento, mi padre entró a la cocina acomodándose la corbata, con el periódico bajo el brazo y una gran sonrisa.
—¡Buenos días a las mujeres más hermosas de esta casa! —exclamó, dándome un beso en la mejilla y luego a Sabrina—. ¿Cómo van los preparativos de la boda del año?
—Avanzando, papá. Todo perfecto —respondió Sabrina con suficiencia.
Mi padre se giró hacia mí con los ojos llenos de ilusión y me dio una palmadita cariñosa en el hombro.
—¡Ay, mi niña! Ya veo a tu hermana vestida de blanco y no lo creo. ¿Y para cuándo la tuya, Julieta? Ya quiero verte a ti también dando ese paso.
Sabrina soltó una risita burlona desde la barra.
—Ay, papá, por favor. Para que haya boda primero tendría que conseguirse un novio, ¿no? Ni siquiera sabemos si sale con alguien.
Mi padre frunció levemente el ceño y miró a Sabrina con reproche.
—No empieces con eso, Sabrina. Tu hermana tiene sus tiempos y sus méritos, no la presiones.
—Solo decía, papá —repuso ella, alzando las manos en tono inocente—. Por cierto, mamá te estaba buscando en el patio para que le ayudes con algunos arreglos.
—Ya voy para allá —suspiró mi padre, dándome un último apretón en el brazo antes de salir de la cocina—. No le hagas caso a tu hermana, hija.
Me quedé en silencio frente a la barra, sintiendo cómo los comentarios de Sabrina y la inocente pregunta de mi padre se me clavaban como espinas.