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Firmé el Divorcio y el Dueño del Morro Enloqueció

Firmé el Divorcio y el Dueño del Morro Enloqueció

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Raven

Durante ocho años, Manuela lo dio todo por Caio, el hombre que manda en el Morro del Faro. Cuando él le pone el divorcio enfrente, ella no ruega. Firma.

Lo que Caio no sabe es lo que ella se lleva consigo, ni lo que deja atrás.

Cinco años después, Manuela regresa. Ya no es la mujer callada de la casa del morro, sino la gestora de Golondrina, una empresa que viene a construir donde otros solo supieron remover. Trae un nombre respetado, un equipo que confía en ella y una sola razón para volver al lugar donde más le dolió quedarse.

Del otro lado de la calle, una niña de cinco años tararea una melodía que Manuela conoce demasiado bien.

Caio descubre, tarde, todo lo que no quiso ver. Ahora quiere repararlo, y ella ya no está obligada a perdonarlo. Entre la lealtad de un morro entero, los enemigos que se mueven en silencio y un pasado que no termina de cerrarse, los dos tendrán que decidir qué se puede reconstruir y qué es mejor dejar donde está.

NovelToon tiene autorización de Raven para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18 — Doña Manuela

...MANU...

Una semana después, estoy al pie del morro, en la frontera con el asfalto, midiendo con el equipo el terreno donde va a empezar la obra de vivienda del proyecto.

Este es mi lugar ahora. No la fila del centro de salud, humillada. El terreno, el tablero, los ingenieros que me llaman "doctora Manuela" y esperan que yo decida.

Del otro lado de la calle está la guardería del morro. Y, más allá, se ve el portón del colegio bilingüe del asfalto, adonde los carros importados llevan a los niños que nacieron del lado correcto de la línea.

Dos guarderías, una calle de distancia, dos mundos.

Jaque vino conmigo. Insistió. Dice que quiere ver "a la señora trabajando", pero sé que vino para sostenerme por si tropiezo con algún fantasma.

—Doctora Manuela, ¿prefiere que empecemos la demarcación por arriba o por abajo? —pregunta el ingeniero jefe, esperando que yo decida.

—Por abajo —respondo, señalando en el plano—. Empieza por las familias que están en zona de riesgo. Nadie sale de aquí para ninguna obra; construimos alrededor y reubicamos dentro del mismo morro.

Que quede claro con todos.

Los obreros, casi todos del Faro, intercambian miradas. Así no suele empezar un proyecto de morro. Suele empezar removiendo.

Jaque me codea, orgullosa.

—¿Ves eso, amiga? La hija de don Jorge mandando ingenieros. Si doña Vera te viera.

Iba a responder cuando oigo un ruidito de paso apresurado y una vocecita fina:

—¡Señorita! ¡Señorita del hada!

Me volteo.

Y el mundo se detiene.

Es ella.

Duda. Con el uniforme de la guardería, unos tenis con lucecitas, el pelo con un moño torcido que alguien —Caio, apuesto— intentó hacer y no logró del todo.

Soltó la mano de la niñera y cruzó corriendo el pedazo de acera hasta mí, con esa prisa de niña que no le teme a nada.

—Hola —dice, jadeante, sonriendo con el hueco en el diente—. ¡Te encontré! Eres la señorita de la fiesta.

La que parece hada.

La niñera viene corriendo detrás, angustiada.

—¡Duda, niña, no salgas corriendo así! Perdone, señorita, es muy traviesa.

—No pasa nada —digo, y mi voz sale rara, apretada—. No pasa nada.

Me agacho. Quedo de su tamaño.

De cerca es peor. De cerca veo sus pestañas, iguales a las mías cuando era chica. El hoyuelo, igual al de mi papá.

La terquedad en los ojos, que es mía y de Caio al mismo tiempo.

Cinco años de fotos no me prepararon para sentir su olor. Olor de niña, de jabón, de sol.

Quisiera cargarla y no soltarla nunca más.

—¿Trabajas aquí? —pregunta Duda, mirando mi casco, curiosa—. ¿De obra?

—Más o menos. Ayudo a construir casas para la gente del morro.

—¡Qué bien!

Abre los ojos, impresionada, como si yo hubiera dicho que sé volar.

—Mi papá también cuida el morro. Él es el Dueño. ¿Conoces a mi papá?

Lo conozco, hija. Lo conozco demasiado.

—Lo conozco un poquito —respondo.

Se balancea de un pie al otro, de esa manera de niña que no quiere irse. La niñera insiste, "Duda, vámonos, es la hora", y ella niega con la cabeza.

—Me caes bien —anuncia, seria, de la nada, como solo habla una niña cuando dice algo así—. Tienes cara de buena.

Y es entonces cuando lo hace.

Sin darse cuenta, esperando a la niñera, empieza a tararear bajito una cancioncita. Distraída, para sí misma.

Conozco esa melodía.

La conozco de una manera que me eriza el cuerpo entero, y por un segundo no sé de dónde. Entonces llega, de lo hondo, de cinco años atrás: es la música de una cajita.

Una caja de música que compré, barata, a un vendedor ambulante, cuando todavía estaba embarazada, soñando con una hija a la que iba a arrullar.

Dejé esa cajita con la bebé, en la maternidad, el día que me fui. Junto con el farito tejido.

Mi hija está tarareando la música de la caja que le dejé. Y no lo sabe. Y yo no puedo decírselo.

—¡Duda! —la niñera, ya medio enojada—. Ahora sí nos vamos.

Duda suspira, con ese dramatismo de quien tiene cinco años, y me dice adiós con la manita.

—¡Adiós, doña Manuela! —Alguien debe de haberle dicho mi nombre—. ¿Vuelves mañana?

Doña Manuela.

No "mamá". Doña Manuela.

—Voy a intentar —miento, con una sonrisa que me cuesta el alma entera.

Se va, jalada por la niñera, mirándome hacia atrás todo el camino, tarareando mi música sin saber que es mía.

Jaque llega a mi lado, viendo a la niña perderse.

—Amiga.

Habla bajito, seria.

—Esa niña se pegó a ti. De la nada. Corrió entre toda la gente para venir a hablar contigo.

—Los niños son así.

—Los niños no son así para nada.

Jaque me mira hondo, y por un instante temo que vea lo que escondo.

—¿Viste su cara? ¿Los ojos?

Niega con la cabeza, despacio.

—Manu… hay cosas que la sangre jala.

—Para, Jaque —la corto, más seca de lo que quería.

Para. Pero se queda mirándome con lástima, como quien sabe y no habla.

Me quedo parada en el terreno, con el casco puesto, en medio de los ingenieros que esperan que decida algo, y tardo muchísimo en lograr respirar bien.

Me lo racionalizo como puedo. Es solo lástima, me digo. Lástima por una niña sin madre cerca.

Cualquier mujer la sentiría.

Mentira. Sé que es mentira.

Pero si deja de ser mentira, si dejo entrar el tamaño real de lo que siento por esa niña, ya no puedo seguir fingiendo que soy solo una gestora fría haciendo su trabajo.

Y necesito ser fría un poco más. Solo un poco más. Hasta tener poder de verdad para ir por ella sin que nadie pueda quitármela.

Entonces me trago todo, me acomodo el casco y vuelvo al tablero.

Pero la musiquita de la caja de música se me queda en la cabeza todo el día.

Y, por la noche, por primera vez en mucho tiempo, me pregunto si la distancia que elegí para proteger a mi hija no las está lastimando a las dos.

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