Camila y Luciano son grandes amigos desde pequeños, ambos se quieren como hermanos, pero las trampas y envidia de una mujer perversa hacen que dos amigos, unan sus vidas por el bienestar de una inocente.
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El Anhelo de Lidia y Miguel
LIDIA CARMONA
Hola soy Lidia, tengo 39 años y soy la heredera del Consorcio Hotelero Carmona, el más grande y prestigioso de la región, mi amado esposo Miguel y yo somos dos almas independientes, dueños de nuestros propios imperios, pero unidos por un amor inquebrantable y por la herida más profunda que alguien puede cargar.
Hace diecinueve años, nos robaron a nuestras hijas. No era una sola niña… eran dos. Mellizas. Dos vidas que llegaron al mundo juntas, compartieron el mismo latido, la misma calidez, el mismo instante en que nos las arrebataron, también nos arrebataron lo más sagrado que nos dió la vida.
Nos separaron de ellas antes de poder abrazarlas, sentir su aroma y decirles cuanto las amamos, antes de darles nombre, antes de grabar sus rostros en nuestra memoria.
Solo supimos que nacieron sanas y luego desaparecieron, Miguel y yo no hemos dejado de buscarlas, cada día, cada decisión, cada paso que damos es por ellas, no descansaremos hasta recuperar a nuestras dos pequeñas, no tuve más hijos, no quería que nadie ocupe su lugar, ambas dieron luz a nuestras vidas y solo ellas serán nuestras herederas.
(Sin nombres puestos aún; el vacío y la ausencia pesan aún más)
****** MIGUEL RUSSELL
Me llamo Miguel RUSSELL, amo a Lidia desde que éramos adolescentes, cuando el mundo nos decía que no podíamos estar juntos, ella, heredera de un imperio hotelero; yo, empezando desde cero, con nada más que trabajo y sueños.
Nos casamos por amor, sin importar apellidos ni fortunas, construimos todo de a dos, y durante años, lo único que nos faltaba era eso, ser padres.
Cuando el médico nos dijo que Lidia estaba embarazada de mellizas, el mundo se detuvo, no teníamos palabras para tanta felicidad, pasamos meses soñando con ellas, tocando su vientre, imaginando sus caras, pero nunca nos pusimos de acuerdo con los nombres.
Decidimos esperar a verlas, a tenerlas en brazos, mirarlas a los ojos y saber cuál era el suyo, las nombraremos cuando las tengamos, dijimos. Ese fue nuestro error, ese instante se nos escapó para siempre.
Nació una tarde de lluvia, hace diecinueve años, dos niñas, una rubia y una pelinegra, como su abuelo, pequeñas y frágiles, como el sol, las vi apenas unos minutos, las acaricié con el dedo, temblando de emoción, Lidia lloraba de felicidad, extendiendo los brazos para tomarlas y entonces me pidieron salir, solo unos momentos, para revisarlas mejor, salgo de la habitacion y cuando vuelvo ya no estaban.
Confusión, gritos, pasos corriendo, una enfermera que no era de la planta, credenciales falsas, un plan frío, calculado, que nos dejó con las manos vacías y el corazón hecho pedazos no pidieron rescate, se llevaron a nuestra hijas sin dejar rastro alguno.
Simplemente, se las llevaron, antes de que pudiéramos abrazarlas de verdad, antes de que pudiéramos susurrarle un nombre, antes de que pudieran escuchar cuánto las amábamos.
Pasaron diecinueve años, diecinueve cumpleaños sin verlas, sin regalos, sin nombres que celebrar, diecinueve años en que cada noche, Lidia y yo nos quedamos en silencio, preguntándonos dónde estarán, si estarán bien, si saben que existimos, nunca les pusimos nombres — Y ese vacío duele más que todo lo demás, porque son nuestras hijas, pero para nosotros siguen siendo las niñas que no llegamos a conocer, dos pedazos de nuestra alma que alguien arrancó de golpe.
*** NARRADOR
Lidia y Miguel, no sabían que el destino las separaría, una creciendo humilde, sin saber de dónde viene; la otra, entre lujos y cadenas, luchando por vivir con un corazón que la traiciona, no sabían que llevan los mismos genes, la misma sangre, el mismo amor que sus padres biológicos lo profesan sin poder decírselo.
Pero lo sabran algún día, cuando las encuentre, las abrazaran entre sus brazos, las miraran a los ojos y por fin, gritan a todo pulmón sus nombres, y le darán todo el amor que guardaron por veintidós años.
Nos quitaron el momento de nombrarlas. Pero nadie nos quitará el momento de recuperarlas.
Eso pensaban Lidia y Miguel, sin saber lo que en realidad estaban pasando ambas hermanas.