Valentina Mendoza, una joven humilde, de corazón noble, que lucha por salir adelante y ayudar a su familia. No tiene dinero ni contactos, pero sí una dignidad que nadie podrá comprar, y por otro lado Alejandro Montenegro, un empresario multimillonario, atractivo, serio y dominante. Está acostumbrado a conseguir todo lo que desea, hasta que aparece una mujer que no se deja impresionar por su dinero.
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Capitulo 9. Un viaje demasiado silencioso
El automóvil avanzaba por las calles iluminadas de la ciudad.
Valentina observaba las luces a través de la ventana, intentando no pensar en la discusión que había escuchado entre Alejandro e Isabella.
No era asunto suyo. Se lo había repetido tantas veces que comenzaba a parecer una mentira.
Sin embargo, aquellas palabras seguían dando vueltas en su cabeza.
«Si tu familia supiera lo que hiciste aquella noche…»
¿Qué había hecho Alejandro?
¿Por qué Isabella parecía tener tanto poder sobre él si, cada vez que estaban juntos, se trataban como enemigos?
Valentina suspiró.
—¿Siempre suspira tanto? —preguntó Alejandro sin apartar la vista del camino.
Ella se sobresaltó ligeramente.
—¿Perdón?
—Lleva diez minutos suspirando.—No sabía que también llevaba la cuenta de mis respiraciones, señor.
Alejandro giró brevemente la cabeza hacia ella.
—Tiene una respuesta para todo, ¿verdad?
—Solo para las preguntas innecesarias.
Él soltó una pequeña risa.
Valentina lo miró de reojo, sorprendida. Era la segunda vez que lo escuchaba reír en menos de veinticuatro horas.
Y comenzaba a sospechar que el hombre que todos conocían no era exactamente el mismo que aparecía cuando nadie más estaba mirando.
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo ella.
—Depende.
—¿Siempre es tan difícil?
Alejandro arqueó una ceja.
—¿Difícil?
—Sí. Parece que le molesta que alguien le hable, que alguien se ría o que alguien exista demasiado cerca de usted. Él guardó silencio.
Valentina se arrepintió inmediatamente.
—Disculpe. No debí decir eso.
—No. Tiene razón.
Ella volvió la cabeza.
No esperaba aquella respuesta.
Alejandro apretó ligeramente el volante.
—La gente se acerca a mí porque quiere algo.
Dinero, contactos, poder… Al final, uno aprende a no confiar demasiado.
Por primera vez, su voz no sonó arrogante.
Sonó cansada.
Valentina lo observó con discreción.
—No todas las personas son así.
—¿Y usted cómo lo sabe?
—Porque yo no tengo nada que ofrecerle, señor Montenegro. Alejandro la miró.
—¿Está segura?
Valentina frunció el ceño.
—Tengo un trabajo que hacer y una familia a la que ayudar. No sé qué más podría ofrecerle a un hombre que tiene absolutamente todo.
La respuesta lo dejó sin palabras.
Porque, de pronto, Alejandro comprendió que aquella mujer no estaba intentando impresionarlo.
No quería su dinero.
No buscaba una oportunidad para entrar en su círculo social.
Ni siquiera parecía interesada en agradarle.
Y aquello, por alguna razón, lo inquietaba mucho más que cualquier intento de seducción.
El automóvil se detuvo frente a la pequeña casa de Valentina.
Ella miró por la ventana y después se volvió hacia él.—Gracias por traerme.
—¿Esta es su casa?
Valentina notó el cambio en su tono.
—Sí.
Alejandro observó la fachada sencilla, las paredes desgastadas y las pequeñas luces que iluminaban la entrada.
No hizo ningún comentario.
Y ella agradeció aquel silencio.
—Buenas noches, señor Montenegro.
Abrió la puerta, pero antes de bajar escuchó su voz.
—Valentina.
Ella volvió la cabeza.
Otra vez había pronunciado su nombre sin utilizar su apellido.
—¿Sí?—Mañana quiero que llegue a las ocho. Tenemos una reunión importante.
Valentina sonrió ligeramente.
—Como siempre, señor. A las ocho estaré allí.
Bajó del automóvil y cerró la puerta.
Alejandro esperó hasta verla entrar en su casa antes de ordenar al conductor que continuara.
No sabía por qué se había quedado mirando aquella puerta.
No sabía por qué le había molestado imaginarla regresando sola en un autobús.
Y mucho menos sabía por qué, cuando llegó a su mansión, lo primero que hizo fue preguntarse si ella habría cenado.
Aquello era absurdo.
Valentina era su secretaria.
Nada más.
Al menos, eso era lo que seguía intentando convencerse.