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Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:8.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El regreso a la colmena

La niebla densa sobre la pista privada del aeródromo de Milán cortaba las luces de aterrizaje con un resplandor lechoso y frío.

Cuando el reactor ejecutivo detuvo sus turbinas y la compuerta hidráulica comenzó a descender, Martina no se apresuró. Cerró la tapa de su ordenador portátil con un chasquido seco, deslizó el pasaporte diplomático en el bolsillo interior de su gabardina de paño gris plomo y se levantó.

Seis años. Dos mil ciento noventa días desde la última vez que había respirado el aire viciado de las conspiraciones del Viejo Continente.

No bajó la escalerilla como la heredera sumisa que la alta sociedad del bajo mundo esperaba ver regresar. Llevaba el cabello castaño oscuro recogido en una coleta tirante que dejaba al descubierto los ángulos afilados de su mandíbula; vestía pantalones rectos de lana, botines de tacón ancho que permitían correr o pivotar en una fracción de segundo, y los nudillos de su mano derecha, apenas disimulados bajo la piel tersa, conservaban la dureza discreta de incontables horas castigando sacos de cuero y derribando oponentes de noventa kilos en el sótano de un gimnasio clandestino de Boston.

En la pista, recortada contra la silueta de los hangares privados, esperaba la comitiva familiar: dos camionetas blindadas de cristales negros y un contingente de hombres armados con gabanes oscuros que cuadraron los hombros al verla aparecer.

Uno de los hombres mayores dio un paso al frente con la mano en la solapa, inclinando la cabeza.

—Bienvenida a casa, señorita Martina. Don Lorenzo y la señora la esperan en la villa. Sus hermanos siguen supervisando los muelles de Génova, pero mandan sus respetos.

—Gracias, Bruno —respondió ella con una voz templada, desprovista de vacilación—. Sube mi equipaje al maletero. La maleta rígida negra va conmigo en el asiento trasero.

El escolta parpadeó, sorprendido por el tono de mando en una muchacha que se había marchado siendo poco más que una adolescente de dieciocho años.

—Por supuesto.

En el trayecto hacia las colinas de Brianza, Martina contempló el paisaje desdibujado por la llovizna a través del cristal blindado.

En la maleta rígida que descansaba a su lado no había vestidos de alta costura ni joyas de catálogo. Había dos diplomas con honores de la Universidad de Harvard: Finanzas Corporativas y Derecho Mercantil Internacional. Y, debajo del doble fondo de kevlar, dos licencias federativas de artes marciales mixtas, un juego de ganzúas de precisión y un cinturón negro de jiu-jitsu brasileño.

Había pasado seis años construyendo un blindaje invisible.

En el mundo de los sindicatos que gobernaban Europa en las sombras, las hijas de los capos servían para dos cosas: cerrar tratados nupciales en catedrales barrocas o posar con vestidos caros en las galas benéficas mientras los hombres decidían el precio de la sangre. Sus amigas de la infancia se habían quedado en el continente, dóciles, aprendiendo historia del arte y esperando el llamado del patriarca de turno para ser entregadas al mejor postor entre las familias aliadas de Suiza, Alemania o Italia.

Martina había elegido otro camino. Se había arrancado la piel de muñeca a base de cálculo multivariable, contratos fiduciarios en inglés y hematomas en las costillas. Si su destino estaba ligado a ese imperio clandestino, no sería como la moneda de cambio de nadie; sería el cerebro que protegiera los activos limpios de la familia contra los embargos estatales y el martillo que quebrara a quien intentara tratarla como a una presa fácil.

Incluso cuando el único hombre que alguna vez logró acelerarle el pulso —aquel estudiante brillante de leyes con el que compartió cafés a deshoras en Cambridge— le confesó en su último semestre que había sido seleccionado para la academia federal de Quantico, Martina no dudó ni un milímetro. La sola mención del FBI trazó una línea de fuego insalvable: no hubo lágrimas, ni promesas rotas, ni confesiones desgarradoras. Cortó la cuerda de raíz, empacó sus libros y enterró la ilusión en el mismo cajón donde guardaba sus viejos diarios de niña. Las relaciones imposibles solo servían para distraer a los débiles.

El convoy cruzó los portones monumentales de Villa Moretti, una fortaleza del siglo XVIII rodeada de muros de piedra de cuatro metros de altura, cámaras térmicas y torres de vigilancia disimuladas entre cipreses centenarios.

Al detenerse en el patio circular de grava, la puerta principal ya estaba abierta.

Lorenzo Moretti, el capo supremo de la red del norte, esperaba al pie de la escalinata de mármol. Vestía un traje impecable de tres piezas, el cabello canoso peinado hacia atrás y una mirada calculadora que había enviado a decenas de enemigos a descansar en el fondo del mar Tirreno. A su lado, su esposa Elena mantenía la elegancia fría de una matriarca que conocía el peso de los secretos familiares.

—Papá —saludó Martina, bajando del auto con paso seguro.

Lorenzo la examinó de la cabeza a los pies durante dos segundos interminables. Sus ojos oscuros buscaron algún rastro de debilidad, de fatiga o de la arrogancia hueca de los jóvenes que regresaban de América creyendo haber conquistado el mundo. No encontró nada de eso; solo una calma gélida que casi igualaba a la suya propia.

El rostro del capo se distendió en una sonrisa contenida. Se acercó y la abrazó con firmeza, besándole ambas mejillas.

—Has crecido, Martina. Y tus calificaciones llegaron a mi escritorio antes de que tu avión despegara de Logan. Cumpliste con creces.

—Vine a trabajar, padre —respondió ella, aceptando el beso tibio de su madre—. Los balances de las empresas holding tienen fugas fiscales que el departamento legal no ha sabido frenar. Mañana a primera hora quiero el control de las auditorías de Milán y Luxemburgo.

Lorenzo soltó una risa seca, pasándole un brazo sobre los hombros mientras la guiaba hacia el interior de la mansión.

—Siempre tan directa. Tus hermanos están ocupados limpiando los puertos del este tras el intento de sabotaje de los rusos. La mesa está servida; hay mucho de qué hablar.

La cena en el gran comedor transcurrió con la precisión de un consejo de guerra. Martina desplegó su tableta sobre el mantel de hilo y, entre platos de ternera y copas de vino tinto de la reserva familiar, desmanteló en veinte minutos tres errores estructurales en la estructura societaria con la que la familia lavaba el dinero de los astilleros.

Don Lorenzo escuchaba con una copa entre los dedos, asintiendo con una satisfacción evidente. Su hija no solo no había perdido el tiempo; tenía la mente de un ministro de finanzas y el instinto territorial de un lobo.

Al retirar el servicio, Lorenzo apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, cambiando el tono de su voz a una gravedad que Martina reconoció de inmediato.

—Todo lo que has presentado es brillante, hija. El lunes tomarás posesión de la vicepresidencia ejecutiva del consorcio visible en la torre de Porta Nuova. Pero hay un problema que no puedes resolver con libros de leyes.

Martina arqueó una ceja, dejando la servilleta sobre la mesa.

—¿Qué problema?

—Las tensiones entre los clanes del norte y las facciones de los Balcanes han escalado esta semana —explicó Lorenzo con voz sombría—. Hubo dos atentados en Marsella y Zúrich contra hijos de familias aliadas. Tu regreso ya no es un secreto; los informantes saben que la heredera Moretti está en suelo italiano. No eres un blanco secundario, Martina.

—Sé cuidarme sola, papá —cortó ella con una tranquilidad cortante—. Pasé seis años moviéndome por Boston y Nueva York sin escoltas. No voy a tolerar que un convoy de gorilas armados me persiga a cada reunión corporativa espantando a los accionistas legítimos.

Elena Moretti intervino con una suavidad de acero desde el otro extremo de la mesa:

—Esto no es América, Martina. Aquí la sangre se cobra en las esquinas, a plena luz del día. Tu padre y yo ya tomamos una decisión.

Lorenzo asintió, clavando sus ojos oscuros en ella sin admitir réplicas.

—No tendrás un convoy. Tendrás un solo hombre. Pero no es un guardia común; es un profesional de élite entrenado en el norte de Europa, de absoluta confianza para esta casa. Vivirá en la villa, te acompañará a cada reunión, se sentará en la antesala de tu oficina y dormirá en la suite contigua a la tuya.

El orgullo de Martina ardió como una llamarada en su pecho. Se puso de pie despacio, apoyando ambas palmas sobre la caoba de la mesa, mirando a su padre sin pestañear.

—No necesito una niñera, padre. Y mucho menos a un extraño respirándome en la nuca.

—No está sujeto a discusión, Martina —decretó el patriarca, y el tono del capo aplastó el comedor como una losa de plomo—. Se presenta mañana a las siete en punto en este mismo vestíbulo. Se llama Dereck. Y mientras las calles no estén limpias, ese hombre es tu sombra.

Martina apretó los labios con una furia helada. No gritó ni hizo un desplante infantil; se limitó a inclinar la cabeza con una cortesía formal que goteaba veneno.

—Entendido, señor Moretti. Mañana a las siete.

Dio media vuelta y subió la escalinata hacia su ala privada con el pulso latiéndole con fuerza en las sienes.

Si su padre creía que podía atarla de manos con un matón a sueldo, estaba profundamente equivocado. No importaba quién fuera ese tal Dereck ni qué medallas de guerra cargara en el pecho: se encargaría de quebrarle la paciencia en cuarenta y ocho horas hasta obligarlo a renunciar.

Lo que Martina ignoraba, mientras cerraba la puerta de su suite con llave, era que a escasos kilómetros de allí, en un ático oscuro con vista al lago de Como, el futuro líder de la mafia más sanguinaria de Europa se abrochaba una funda de pistola al cinto, sonriendo con desprecio ante una fotografía de ella que ardía sobre la mesa.

El juego acababa de comenzar.

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Leticia Contreras
una alianza letal el tio salio sin nada
Leticia Contreras
y no hubo luna de miel que pareja tan seca
Leticia Contreras
ya se van a casar 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
al fin se entendieron este par de tortolitos 🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
es historia que biene de la imaginacion de la autora
Leticia Contreras
se le va a armar la bronca con Martina
Leticia Contreras
Martina no quiere dar su brazo a torcer pero no es solo ella tambien esta el bebe
Leticia Contreras
ya Martina no tiene escapatoria el ya descubrio que esta en la dulce espera de un bebe
Leticia Contreras
Dereck tiene muy buena intuicion nada se le pasa por alto haci es que Martina tiene que decirle que esta embarasada
Leticia Contreras
que creia Martina que acostarce con Dereck no tendria consecuencias ahora esta embarasada y creo que no piensa decirle nada a Dereck
Leticia Contreras
ya cae mal Dereck rogandole a Martina que la deje tal ves haci entienda ella
Leticia Contreras
ya la hubiera dejado sola Dereck Martina es una soberbia
Leticia Contreras
Martina despues de todo lo que Dereck a hecho lo desprecio
Leticia Contreras
ya cae mal Martina con su actitud
Leticia Contreras
Dereck aun no se decide a hablar de su pocision
Leticia Contreras
ya Dereck confieza quien eres en realidad
Leticia Contreras
Dereck deve de decirle la verdad a Martina antes de que lo sepa por otro lado
Leticia Contreras
creo que tiene miedo de decirle la verdad a Martina
Leticia Contreras
bueno ya se entregaron los dos ahora aver que pasa cuando ella sepa la verdad de quien es
Leticia Contreras
ya que Dereck le diga quien es
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