Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.
Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.
Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.
Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?
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Muros que no se ven
Los días siguientes fueron extraños, como caminar sobre un terreno que ha empezado a cambiar de forma pero que todavía no se decide hacia dónde inclinarse. Gino no se volvió más amable exactamente. Seguía siendo cortante, exigente, rápido para señalar cualquier fallo. Pero de vez en cuando aparecían esos pequeños huecos entre sus palabras: una toalla extra que aparecía en el baño sin que yo se la pidiera, una taza de té caliente sobre la mesa cuando llegaba tarde por la noche, un silencio que no era hostil cuando nos sentábamos uno al lado del otro en la sala sin hablar. Y cada vez que yo intentaba agradecerle esos gestos, se ponía a la defensiva al instante, como si me acercara demasiado a algo que él mantenía estrictamente fuera de mi alcance.
Esa tarde estaba en la biblioteca, hojeando un libro de geografía que había encontrado olvidado en un rincón, cuando entró. No dijo nada al principio. Se quedó de pie en la puerta, observando cómo recorría con el dedo los contornos de países que probablemente nunca vería.
—Te vas a lastimar los ojos mirando mapas —dijo de pronto, con voz más suave de lo habitual—. No sirve de nada saber dónde están si no puedes ir. Es como soñar con comida cuando tienes hambre: solo te hace más difícil tragar lo que tienes enfrente.
—No solo miro destinos —respondí sin levantar la vista—. Miro el mundo que existe más allá de estas montañas. De estas rejas. De estas paredes. Me recuerda que es grande. Que hay lugares donde nadie te dice qué hacer, dónde estar, quién ser. Y saber que existen… me hace sentir menos pequeña. Menos atrapada.
Se acercó despacio, hasta quedar a mi lado, mirando la página abierta pero sin ver el mapa realmente.
—¿Y si ese mundo no es tan bonito como crees? ¿Y si allá afuera nadie te cuida? ¿Y si terminas exactamente donde empezaste, pero sin el refugio que tienes aquí? A veces lo desconocido parece mejor porque no lo conoces. Pero la oscuridad no es más grande que la luz solo porque no puedes ver qué hay en ella. Es solo oscuridad. Punto.
—Pero es mi oscuridad —dije, cerrando el libro despacio—. Tengo derecho a equivocarme. A elegir mal. A caerme y levantarme sola. No a que decidas por mí qué es seguro y qué no lo es. Eso no es cuidarme. Es decidir que no soy capaz de cuidarme a mí misma. Y me duele que pienses que soy tan inútil que no puedo ni elegir mi propio camino, aunque esté lleno de baches.
Se quedó callado un momento, y cuando habló, su voz sonó tensa, como si estuviera forzando las palabras a salir.
—No creo que seas inútil. Creo que eres peligrosamente ingenua. Crees que el mundo trata a todos con justicia. Y no es así. Si te suelto ahí fuera, te romperán. No porque seas débil, sino porque eres diferente. Tienes algo que la gente quiere aprovecharse de ello. Y yo… no puedo permitir que eso te pase. No porque seas mía, sino porque sería mi culpa. Y no puedo cargar con eso. Es más fácil mantenerte aquí, donde te veo, donde sé que estás a salvo, aunque me odies por ello. Es egoísta, lo sé. Pero te protejo a mi manera. Y mi manera es la única que conozco.
—¿Protegerme o tenerme controlada? —pregunté, con el corazón latiendo rápido pero sin apartar la vista de él—. Porque se siente igual. Y mientras no sepas distinguir entre ambas, no importa qué intenciones tengas. El resultado es el mismo: estoy aquí. Sin voz. Sin camino. Sin futuro que no sea el que tú dibujas para mí. Y eso… eso no es vida, Gino. Es una existencia vigilada. Y no sé cuánto tiempo más podré fingir que es suficiente para mí.
Dio un paso atrás, como si mis palabras le hubieran dado un golpe real. Sus ojos se oscurecieron, esa sombra que siempre aparecía cuando se sentía acorralado regresó de golpe.
—Entonces ¿qué quieres? —dijo, con voz quebrada pero firme—. ¿Que abra la puerta y te deje ir? ¿Que te eche a la calle sin saber si mañana estarás bien? No puedo hacerlo. No soy tan fuerte como crees. No puedo ver algo que me importa y dejar que se rompa solo porque quiere correr el riesgo. Si me odias por eso, adelante. Ódiame. Pero te mantengo aquí. Y cuanto más insistas en irte, más cerradas mantendré las puertas. No como castigo. Como seguridad. Si no puedes entender eso… entonces no podemos hablar de esto. Porque no voy a cambiar de opinión. No puedo.
—No pido que me eches —dije, poniéndome de pie despacio—. Pido que me des espacio. Que confíes en que no me voy a desmoronar si salgo sola al jardín. Que si hablo con Elena no voy a contarle secretos tuyos. Que si leo un libro sobre otros países no significa que vaya a escapar mañana. Pido que me trates como una persona, no como algo frágil que se rompe si lo dejas respirar un poco más hondo. ¿Es tanto pedir? ¿Confiar un poco en mí aunque sea difícil para ti?
Me miró a los ojos, y por primera vez no vi en ellos control ni miedo. Vi conflicto real. Una lucha interna que lo estaba desgarrando por dentro. Sus manos se cerraron en puños a los costados, como si necesitara contenerse para no tocarme, para no abrazarme y decir que lo intentaría, pero que no sabía cómo.
—No sé cómo —susurró, casi para sí mismo—. Nunca he tenido que cuidar de algo que tiene voluntad propia. Todo lo demás que tengo… se puede arreglar con dinero o con fuerza. Tú no. Y eso me aterra. Porque si te dejo ser tú, podrías decidir que no quieres estar conmigo. Y no sé qué haría si un día te despiertas y decides que no valgo la pena. Así que te encierro antes de que puedas elegir irte. Y sé que es cruel. Sé que es injusto. Pero es lo único que sé hacer para asegurarme de que no me dejes solo. No es por ti. Es por mí. Y lo siento. De verdad lo siento. Pero no puedo prometer que cambiaré mañana. Solo puedo intentar… intentar no hacerte sentir tan pequeña mientras decido qué hacer con los dos. ¿Es suficiente por ahora?
—Es un comienzo —dije, suavizando mi tono—. Y un comienzo es mejor que nada. Gracias por decirme la verdad, aunque duela. Al menos ahora sé contra qué luchamos. No contra nosotros mismos. Contra tus miedos. Y los miedos… se pueden enfrentar si los dos estamos del mismo lado. ¿No es cierto?
No respondió. Solo asintió despacio, como si no estuviera seguro de creérselo, y salió de la biblioteca dejándome sola con mi mapa y una nueva certeza en el pecho: el mayor enemigo no era él, sino lo que le pasaba por la cabeza. Que su amor estaba tan lleno de miedo que se confundía con prisión. Y que mientras no aprendiera a soltarme para que pudiera volver por mi propia voluntad… nunca seríamos libres ninguno de los dos. Pero esa tarde, por primera vez, sentí que tal vez algún día podría enseñárselo. No con gritos. No con huidas. Con paciencia. Con tiempo. Con demostrarle que mi libertad no significaba su pérdida, sino que juntos seríamos más fuertes que cualquier puerta abierta. Y aunque no sabía si tendría tiempo suficiente para lograrlo, al menos tenía una brújula ahora. Y eso era más de lo que tenía ayer.