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VALLA DON PANCRACIO

VALLA DON PANCRACIO

Status: Terminada
Genre:Comedia / Completas
Popularitas:127
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

Divierte

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Los primos que llegaron de sorpresa por la feria

El pueblo se vestía de fiesta. Se acercaba la Gran Feria Patronal, y las calles ya lucían banderas de colores, guirnaldas de flores y puestos de comida por todas partes. Todos andaban muy ocupados, pero aquella mañana una noticia corrió de boca en boca: ¡llegaban visitas sorpresa desde muy lejos!

—¡Primo Pancracio! ¡Por aquí estamos! —gritaron dos voces alborotadas desde la entrada del patio.

Don Pancracio se quedó de una pieza, y hasta Doña Cleotilde, que caminaba a su lado, dio un salto de susto. Aparecieron nada menos que sus dos primos lejanos: Don Toribio, un hombre bajito, regordete y muy hablador, que traía sombrero tan grande que apenas se le veía la cara; y Don Eustaquio, alto, flaco y serio como una estatua, que no soltaba de la mano un bastón con cabeza de plata. Venía también con ellos Doña Chonita, hermana de ambos, una señora muy risueña y vestida de colores brillantes, que no dejaba de abanicarse y saludar a todo el mundo.

—¡Ay, qué alegría! —exclamó Doña Candelaria, saliendo a recibirlos con los brazos abiertos—. ¡Hace años que no los veíamos! ¡Pasen, pasen!

Y así, la casa se llenó de voces, risas y movimiento. Pronto se sumaron los demás: Doña Loli y Don Basilio, que llegaron muy elegantes tomados del brazo; Don Filemón y Doña Filomena, que venían cargando canastas con cosas para la feria; los recién casados Doña Carmen y Don Marcelo, siempre cariñosos; y más tarde llegó también el Padre Juan, curioso por conocer a los parientes que tanto hablaban.

—¡Vaya familia tiene usted, Pancracio! —dijo el Padre Juan sonriendo ante tanto bullicio—. ¡Se siente la alegría hasta aquí!

Don Toribio no callaba ni un segundo, contando historias increíbles de su pueblo, mientras Doña Chonita miraba todo con ojos grandes y decía:

—¡Qué lindo es este lugar! ¡Y qué gente tan amable! ¡Dicen que hay un concurso de baile en la feria, verdad? ¡Nos inscribimos todos!

Al oír eso, Don Pancracio puso cara de preocupación.

—¿Bailar? ¡Pero si yo apenas sé dar un paso sin tropezarme! —se quejó.

—¡No te preocupes, primo! —le dijo Don Toribio dándole una palmada en la espalda que casi lo tira—. ¡Nosotros te enseñamos! ¡Y le ganamos a cualquiera!

Doña Loli y Don Basilio aceptaron encantados, pues él decía saber bailar valses como nadie. Doña Filomena aseguraba que nadie la superaba en los pasos rápidos, mientras que Doña Chonita ya andaba enseñando pasos nuevos a Doña Carmen y a Doña Candelaria. Hasta Don Eustaquio, que parecía tan serio, confesó que de joven había sido todo un bailarín.

Y así comenzó el lío. En el patio de la casa, todos intentaban aprender los pasos bajo las indicaciones de Don Toribio y Doña Chonita. Unos tropezaban con los pies de otros, otros se pisaban los vestidos, y Don Pancracio, muy serio y concentrado, tropezó consigo mismo y cayó sentado justo junto a Doña Cleotilde, que salió corriendo asustada cacareando por todos lados. ¡Todos soltaron la carcajada! Hasta Don Basilio se rió sin poder contenerse.

—Veo que aquí no falta alegría —dijo el Padre Juan, limpiándose una lagrimita de tanto reír—. Eso es lo más hermoso: reunirse, convivir y reírse unos de otros sin ofenderse.

Don Basilio, que solía ser algo arrogante, se acercó a Don Pancracio y le dijo con sinceridad:

—Sabes, Pancracio, creí que sabía bailar de todo, pero estos pasos tan alegres y camperos... ¡me están ganando! ¿Me enseñas tú un poco?

Don Pancracio, sorprendido por esa amabilidad de su antiguo enemigo, asintió y respondió:

—Con gusto, Basilio. Eso sí... ¡aguántate si te piso los pies!

Y entre risas, bromas y pisotones sin querer, aquella tarde se convirtió en la más divertida de todas. Los nuevos personajes trajeron aire fresco, alegría y mucho movimiento, demostrando que cuando se abren las puertas de la casa, también se abren las del corazón. Al caer la tarde, todos estaban cansados pero felices, esperando con ilusión el día de la feria, donde prometí divertirse como nunca, sin importar quién ganara o quién perdiera.

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