Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 18: El reloj de arena
El café de la estación queda atrás mientras Leo cruza la calle y vuelve al coche. Elena lo espera con el motor en ralentí, los dedos tamborileando sobre el volante. Cuando él se sienta, ella arranca sin decir palabra, alejándose del lugar con la cautela de quien sabe que cada segundo cuenta.
—¿Qué pasó? —pregunta Elena, cuando han doblado tres esquinas y se han asegurado de que nadie los sigue.
—Me dio dos días —responde Leo, con la voz plana—. Dos días para hacer lo que tengo que hacer. Después, me encontrará.
—¿Y confías en ella?
—No. Pero por ahora, es mejor tenerla de nuestro lado que en nuestra contra. Si hubiera querido detenernos, lo habría hecho allí mismo.
Elena guarda silencio, procesando. Luego, con un tono más grave, añade:
—Valeria necesita más de dos días. Con el archivo en sus manos, tiene que preparar el caso, contactar a los jueces, coordinar los allanamientos. Tardará al menos una semana.
—Entonces tenemos que ganar tiempo —dice Leo—. O conseguir que Irene cambie de bando.
—¿Cómo?
—No sé —admite—. Pero tengo una idea. La base de Vergara. Si sabemos dónde está, podemos darle a Valeria esa información. Acelerar el proceso.
—¿Y cómo vamos a encontrar la base? El archivo contiene los nombres y las ubicaciones de los agentes, pero no el cuartel general. Eso solo Vergara lo sabe.
Leo piensa. Su mente repasa los fragmentos de memoria, los documentos, las conversaciones. Algo en el fondo de su conciencia se agita, como un pez en aguas profundas.
—El viaje —dice de repente—. En la misión, antes de la explosión, Vergara mencionó un lugar. No dio el nombre, pero habló de una antigua mina de sal en las montañas.
—¿Una mina de sal? —pregunta Elena.
—Sí. Dijo que era el lugar perfecto para un cuartel general. Aislado, subterráneo, con varias salidas. Si su base está allí, podemos encontrar las coordenadas en los registros geológicos de la zona.
—¿Tienes acceso a esos registros?
—No —dice Leo—. Pero Sofía sí. Ella era la experta en geografía de la misión. Siempre llevaba mapas y planos. Seguro que guardó una copia en algún lugar.
—¿Y dónde está ese lugar?
Leo cierra los ojos. Intenta recordar. Sofía, su risa, sus mapas. Siempre llevaba uno doblado en el bolsillo interior de su chaqueta. Pero la chaqueta... la chaqueta desapareció después de su muerte.
—Espera —dice Leo, abriendo los ojos—. Cuando Sofía murió, sus pertenencias fueron recogidas. ¿Dónde fueron a parar?
—A un depósito de la agencia —responde Elena—. Todo lo que no era clasificado se guardó en una caja de seguridad.
—¿Y dónde está esa caja?
Elena titubea. Sus dedos se tensan sobre el volante.
—En el almacén de la antigua sede de la agencia. El edificio fue desmantelado hace tres años, pero las cajas siguen allí. O al menos, eso creo.
—Tenemos que ir allí —dice Leo.
—Es peligroso. El edificio está en una zona controlada. Y Vergara podría tener vigilancia.
—Lo sé —responde Leo—. Pero es la única pista que tenemos.
Elena suspira. Sabe que él tiene razón.
—Bien —dice—. Mañana al amanecer. La antigua sede de la agencia. Pero esta vez, vamos armados.
Leo asiente.
El coche se adentra en la noche, y el reloj de arena sigue cayendo.
Dos días.
O quizás menos.