el dolor del alma
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La conversación en la mesa principal fluyó con una naturalidad que contrastaba con la pomposidad de la fiesta de gala. Mientras los hombres de la Bratva seguían celebrando entre risas y brindis al otro lado del salón, el rincón ocupado por Nadenka, Azul y el padre Iván se transformó en un oasis de calidez y propósito. Azul, con esa gracia natural que la caracterizaba, desvió la mirada de su esposo para concentrarse en el anciano sacerdote, cuyos ojos cansados pero bondadosos siempre transmitían una profunda paz.
—Padre, ¿cómo va lo de la casa hogar? —preguntó Azul con genuino interés, acomodándose el vestido y recargando las manos sobre la mesa. Para ella, los proyectos comunitarios y el bienestar de los niños desamparados se habían convertido en una misión de vida, un cable a tierra en medio del opulento y peligroso mundo de la mafia rusa.
El padre Iván sonrió de inmediato, y las arrugas alrededor de sus ojos se marcaron con afecto. Su voz, pausada y sabia, arrastró un tono de absoluto orgullo.
—Perfecto, hija. Tu nuera ha hecho un trabajo excelente allí Nadenka —respondió el sacerdote, asintiendo con solemnidad—. Es un verdadero amor con esos pequeños. Se desvive por ellos cada día, y se nota que lo hace desde el fondo de su corazón.
—Es que son un amor, padre —coincidió Azul de inmediato, con una sonrisa radiante que iluminó su rostro—. Tienen una luz tan especial... Cierto, suegra, ¿verdad que trabajar por ellos vale totalmente la pena? —añadió, buscando el respaldo de la matriarca de la familia.
Nadenka, que hasta ese momento había mantenido una postura imponente y observadora, suavizó la rigidez de su semblante. Miró a Azul con un destello de profundo orgullo maternal y luego clavó su mirada en el sacerdote. Para Nadenka, la protección de los desvalidos no era solo un acto de caridad, sino un deber de poder y una forma de limpiar los pecados familiares.
—Sí —afirmó Nadenka con voz firme y categórica—. Y si nosotras podemos darles todas las armas necesarias para el futuro, lo haremos sin dudarlo. Tenga muy en cuenta eso, padre Iván. La fundación de la familia no escatimará en recursos. Esos niños tendrán educación, salud y oportunidades reales. Queremos que crezcan fuertes y con la capacidad de elegir su propio destino .
El padre Iván juntó las manos en un gesto de profundo agradecimiento, conmovido por la determinación de las dos mujeres. Supo, en ese instante, que el futuro del orfanato estaba completamente asegurado bajo el ala protectora de la matriarca.
Azul asintió, satisfecha con el compromiso inquebrantable de su suegra. Sin embargo, su mente inquieta ya estaba saltando al siguiente asunto de la parroquia que le causaba una mezcla de curiosidad y ternura. Volvió a inclinarse ligeramente hacia el sacerdote, bajando un poco la voz para mantener la intimidad del momento.
—Padre, también quisiera saber un detalle sobre la comunidad... ¿Cuántas novicias recibirán sus hábitos en la próxima ceremonia?
El sacerdote exhaló un suspiro largo, un aire que llevaba una mezcla de profunda satisfacción pastoral y una evidente fatiga administrativa. Miró hacia el techo del salón por un breve segundo antes de responder.
—Ocho, hija. Serán ocho las jóvenes que darán ese paso tan importante —explicó el padre Iván, esbozando una sonrisa mansa—. Todas ellas son mujeres muy entregadas, almas puras que han encontrado su vocación. Pero... hay una en particular. Maliha. Ella es la más pequeña del grupo, una jovencita con un espíritu inquebrantable.
Al escuchar el nombre de la muchacha, Azul no pudo evitar soltar un suspiro de resignación, recordando los intensos debates que había tenido con ella semanas atrás.
—Sí, padre, lo sé perfectamente... Yo misma traté de hablar con ella hace poco —confesó Azul, cruzándose de brazos mientras recordaba la terquedad de la joven—. Intenté convencerla, hacerle ver que antes de entregarse por completo a Dios y encerrarse en el convento, sería bueno que estudiara una carrera universitaria. Quería que conociera el mundo exterior, que tuviera herramientas profesionales por si acaso. Pero no hubo forma... Su amor por los hábitos es muchísimo más grande que cualquier ambición terrenal. Tiene una determinación que asusta.
El padre Iván soltó una pequeña risa, una carcajada vieja y sabia que denotaba que conocía perfectamente el temperamento de la novicia.
—Sí, hija, tienes toda la razón. Ella es, sin duda alguna, la más entregada de todas las jóvenes que han pasado por la parroquia en años —admitió el clérigo, ensanchando su sonrisa, aunque de inmediato adoptó una expresión de fingido drama—. Pero también tengo que confesarte que es la que más canas me saca de toda la congregación. No se queda quieta ni un solo segundo.
Nadenka, que escuchaba con atención divina la descripción de la joven Maliha, soltó una risa seca, sintiéndose extrañamente identificada con el carácter indomable de la muchacha.
—Es dinamita esa niña —comentó la matriarca, con un brillo de franca diversión en sus ojos oscuros—. Tiene fuego en la sangre. Se le nota en la forma en que camina y en cómo defiende sus ideas ante cualquiera. No le teme a nada.
—Se nota la juventud, jajaja —añadió Azul, soltando una carcajada alegre que contagió a los demás en la mesa—. Esa energía desbordante es propia de los pocos años, pero estoy segura de que bajo su guía, padre, esa dinamita se convertirá en una fuerza increíble para hacer el bien.
El padre Iván asintió, bendiciendo el momento en silencio. Mientras la fiesta continuaba a su alrededor con su habitual derroche de poder, en esa pequeña mesa se tejían los hilos de un futuro más luminoso, donde el nacimiento de un nuevo bebé y el servicio a los más necesitados daban un verdadero sentido .