Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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Capítulo 4
Dilan me ignoró durante toda la cena. A nuestro alrededor, otras parejas hablaban o sonreían, pero nosotros estábamos sumidos en un silencio sepulcral, unidos solo por la obligación de un papel firmado.
Mi celular vibró con insistencia.
—Disculpa, debo contestar —dije, levantándome de la mesa.
—Dime —respondí al descolgar.
📱 Vengan al hotel. El fotógrafo los está esperando —la voz de mi madre sonaba cortante, cargada de una ira mal contenida.
Suspiré, mirando el suelo. Mi madre nunca había sido tan agresiva respecto a Dilan; la única vez que la vi así fue el día de nuestra boda, cuando amenazó con desheredarme si no cumplía mi rol de "esposa". Gracias a la frialdad de Dilan, nunca tuve que consumar nada, lo que me salvó de presiones mayores. Pero ahora, algo había cambiado.
—Dilan planea pasar la noche aquí, estamos cenando —mentí, intentando ganar tiempo.
📱 Tráelo. Hay invitados importantes esperando, esto no es una sugerencia —reclamó antes de cortar.
Guardé el teléfono, quedándome frente a un cuadro en la pared. Representaba a un hombre atado a una enorme roca; sus manos estaban libres, su ropa era elegante, pero sus pies, encadenados, le impedían alcanzar a la persona que le daba la espalda.
—Tenemos que aprender a vivir por nuestra cuenta —escuché la voz de Dilan a mis espaldas.
Me giré, sorprendida.
—¿Qué dices?
—La imagen —explicó él, con un brillo inusual en los ojos—. Ese hombre tiene la soga al alcance, pero no intenta soltarse. Se queda ahí, viendo cómo pierde su propia felicidad.
Al volver a mirar la pintura, la perspectiva cambió. La sonrisa del hombre ya no parecía de alegría, sino una mueca de dolor. La mujer frente a él lloraba. La obra, antes neutra, ahora irradiaba una tristeza profunda.
—Nuestros padres nos esperan —dije, apartando la vista del cuadro para ocultar mi confusión.
—¿Quieres ir? —preguntó, clavando sus ojos en los míos.
—No creo que negarnos sea una opción —respondí, recordando las cláusulas de nuestro acuerdo.
—Estoy cansado de fingir —sentenció él, con una firmeza que me hizo temblar—. Ya no quiero ir.
—No fingimos frente a ellos; ambos sabemos que esto es solo una asociación de negocios —le recordé, intentando mantener la compostura.
Su expresión cambió. Su mirada, siempre fría, se volvió glacial. Se quitó el anillo de matrimonio y lo sostuvo entre sus dedos.
—¿Una asociación? —soltó con amargura—. Casarme contigo no fue una obligación, fue una decisión. Elegí a la mujer más inteligente que conozco, así que deja de decepcionarme. Si no quieres ir, no vayas. Si no quieres hacer algo, no lo hagas. Me harta verte actuar como una subordinada.
¿Me estaba regañando? ¿A mí, por seguir el contrato que él mismo redactó?
—¡Fuiste tú quien impuso estas reglas! —exclamé, sintiendo que la rabia superaba mi miedo.
Él me miró, furioso. No sabía si el enojo era conmigo o con la situación, pero me estaba usando de blanco.
—No quiero que te fuerces. Pero ver cómo te sometes a cada palabra de tu madre me enfurece. De ahora en adelante, ni una vez más.
Se alejó, dejándome sola con mis pensamientos.
Al llegar al hotel, mi madre me interceptó, fingiendo un cariño que no sentía. Me apretó el brazo con tal fuerza que sentí sus uñas clavándose en mi piel.
—Te demoraste demasiado —susurró, con un veneno apenas disimulado.
—Necesitábamos espacio —respondí, forzando una sonrisa. Tomé la mano de Dilan y, para mi sorpresa, él no se apartó.
Durante la recepción, la tensión era un cuchillo en el aire.
—¿Cuándo piensan tener hijos? —preguntó mi madre, con un tono falsamente dulce.
—Aún no lo hemos hablado —respondí, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba.
—Deberían. Ya llevan años de casados —dijo ella, apretándome el brazo nuevamente, esta vez con una exigencia dolorosa.
—No es necesario —la voz de Dilan cortó el aire. Mi madre me soltó al instante—. Tendremos hijos cuando sea el momento. Estoy agotado, nos retiramos.
Sin esperar respuesta, me arrastró hacia la habitación. Al entrar, noté la marca roja en mi brazo. Dilan se quitó el traje, visiblemente molesto.
—De ahora en adelante, los aniversarios se pasan en casa. Se acabaron los viajes en familia —anunció con el rostro desencajado.
Observó la marca en mi brazo. Su respiración se volvió pesada, como si intentara contener un volcán. No dijo nada, pero sus ojos oscuros delataban que, por primera vez, nuestro pacto de indiferencia se había roto.
Tras ducharnos en silencio, nos acostamos. La tensión entre nosotros en la habitación era asfixiante.
—Hay que rehacer el contrato —dijo él de repente.
—¿Por qué? —pregunté, con la voz apenas audible.
—¿Quieres que te sea infiel? —preguntó, mirándome fijamente.
La pregunta me dejó paralizada. ¿Me estaba proponiendo aquello?
—¿Antes no lo hacías? —atiné a decir.
—No. Mi familia es conservadora; si fallo, perderé mi lugar.
Sentí un escalofrío. ¿Ahora quería cumplir con su deber marital?
—¿Quieres que esto sea como una pareja normal o como parte de un trato? —le pregunté, retándolo.
—¿Hay diferencia?
—Claro que la hay. Como pareja, el placer es mutuo, sin condiciones, sin fechas estipuladas. Como contrato, es solo una transacción.
Él me observó, analizando cada palabra.
—Entonces, ¿aceptas el nuevo trato?
—¿Podemos hacerlo ahora? —preguntó, y su voz no sonaba como una orden, sino como una necesidad contenida.
—¿Estás seguro?
Él asintió.
Me levanté y, buscando en el armario, encontré una de las piezas de lencería que mi madre había enviado como "regalo de bodas". Al salir del baño, lo encontré observándome con una chispa de sorpresa y deseo que nunca antes le había visto.
Subí a la cama y me acomodé sobre su regazo. Al ver que no se movía, lo miré a los ojos.
—¿Puedo? —susurré.
Él asintió y la besé. Fue un beso rápido, pero lleno de una urgencia eléctrica. Me aparté solo un momento para advertirle:
—Soy virgen... usa protección.
Sus manos se cerraron sobre mis muslos, apretando, mientras su respiración se volvía errática. Esta vez, cuando lo besé, no hubo rastro del contrato, ni de los negocios, ni de nuestros padres. Solo estábamos él y yo, y la piel de Dilan, finalmente, estaba al alcance de mis manos.