Muchos hombres en un Harén. Un trono y un corazón que no sabe a quién elegir. En el Reino del Sol Naciente, las mujeres gobiernan y los hombres sirven. Aiko es una princesa destinada a convertirse en emperatriz (Jotei) y, como manda la tradición, recibirá a tres consortes para empezar a formar su futuro harén.
Cada uno es diferente. Cada uno tiene sus propios secretos. Y cada uno podría ocupar un lugar distinto en el corazón de la futura emperatriz.
Pero Aiko pronto descubrirá que elegir a quién amar puede ser mucho más difícil que elegir a un compañero con quién gobernar.
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Preparación para la primera noche
Mei entró a la habitación sin golpear, como si ya tuviera derecho ganado a hacerlo, y se detuvo en seco al ver a Aiko sentada en el borde del futón, abrazada a sus propias rodillas.
—Mi señora, Aiko-hime, ¿está bien? Tiene la cara del color de un pescado, de Río sucio.
—No... —Aiko se abrazó un poco más fuerte a sí misma—. Mei-san, yo nunca... nunca he visto a un hombre así como lo veré hoy. Ni siquiera sé qué esperar. Me da miedo. Está tarde, antes de que se ponga el sol vi a Itsuki en paños menores y me quedé petrificada, me dio curiosidad si, pero también pudor.
Mei parpadeó, y por un segundo Aiko temió haber dicho algo demasiado ridículo, típico de una princesa criada entre libros donde los hombres son caballeros y no simples amantes. Pero entonces Mei soltó una risa suave, cómplice, la misma risa traviesa de esa tarde.
—Eso tiene arreglo, mi princesa. Deme un momento.
—¿Arreglo? ¿Qué arreglo puede tener esto? Yo no tengo ninguna experiencia.
Mei ya había salido por la puerta, sin responder, dejando a Aiko sola con el corazón latiéndole como un tambor de festival medieval.
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Mei volvió minutos después con dos jóvenes sirvientes que Aiko no reconoció, de mirada baja y gestos marcados, que se quedaron esperando junto a la puerta como si aquello fuera lo más normal del mundo. Eran muy altos y de rostros bellos.
—¿Para qué...? —empezó Aiko, poniéndose de pie de un salto, casi tropezando nerviosa con el borde de su propio kimono.
—Para que pierda el miedo antes de esta noche, Aiko-hime. Nada mejor que ver de cerca lo que tanto la asusta, sin la presión de que sea uno de sus consortes mirándola con ojos de enamorado. Estos dos eran esclavos antes, así que son sumisos y discretos.
—¿No hubiese sido más fácil llamar a algún eunuco, para que me explique...?
Mei soltó una carcajada, ahora si estruendosa, que no pudo contener. Incluso se le cayeron algunas lágrimas.
—¿Eunucos, mi princesa? —dijo, limpiándose una lágrima de risa con la manga de su kimono—. Esos no nos sirven para esto. Justamente por eso son eunucos.
—¡Ah! —Aiko se tapó la cara con las manos—. No había pensado en eso. En el palacio de mí madre había eunucos sí, pero siempre la rodeaban a ella. A mí nunca me cayeron bien.
Mei se acercó a los dos jóvenes sin más ceremonia y, con la misma naturalidad con la que hubiese servido una taza de té, les bajó los pantalones a ambos. Aiko dio un paso atrás, tapándose la boca con las manos, sin saber si mirar o salir corriendo del cuarto. Se puso completamente roja y sentía una vergüenza ajena indescriptible.
—Esto seguro ya lo vio en algún dibujo, mi señora —dijo Mei, divertida, señalando sin ningún pudor—. Pero todos los hombres lo tienen así, más o menos. Como verá, tiene la torre y las piedras redondas...
Aiko se quedó mirando, colorada hasta las orejas, incapaz de apartar la vista del todo. Uno de los jóvenes, incómodo.
—¿Wow... tanto se... hinchan? —preguntó, con una mezcla de pudor y fascinación que hizo que Mei soltara una carcajada.
—Ay, mi señora... —dijo Mei, secándose una nueva lágrima de risa—. Espere a ver lo que pasa cuando de verdad les gusta lo que ven.
—Mei, yo no... —Aiko dudó un segundo..
— ¿Su madre, o alguien, le explicó alguna vez cómo se hacen las princesas? Digo, cómo funciona todo esto de verdad. En la cama... Algo así como una lección. A todas las nobles nos la dan tarde o temprano.
—Si yo se lo que hay que hacer, me lo han dicho muchas veces, demasiadas—admitió Aiko, todavía sin poder despegar los ojos del todo—. Pero es distinto verlo en dibujos o practicarlo con otra doncella, que... esto, tan real.
—Eso es lo que le digo siempre a las nuevas —dijo Mei, con aire de maestra orgullosa—. El papel no suda, no se mueve, y no se pone así de nervioso cuando lo mira una princesa o noble.
—¿No puede... bajar solo? —Aiko no sabía ni de dónde estaba sacando el valor para preguntar eso.
—Con el tiempo aprenderá que lo mejor es que no baje en seguida, mi señora. Ahora no los vamos a tocar. No tenemos tiempo ja, ja. Además, sería impropio de damas de la corte.
Aiko se tapó la cara entera con las manos, tenía mucha vergüenza ajena, mientras Mei le hacía una seña a los dos jóvenes para que se retiraran, cubriéndose otra vez con calma, como si nada de esto fuera realmente extraño para ellos.
— Ustedes dos ni una palabra de esto a nadie, ya lo saben. O le informaré al eunuco Hiroshi sobre sus escapadas con la cocinera.
— Ya no sé si tengo más o menos miedo —admitió Aiko, todavía con la cara ardiendo — y me siento un poco mal por ellos Mei. No debimos usarlos así.
—Menos miedo, mi señora. Créame. Ahora al menos sabe qué tienen esos que eligió entre las piernas. Que bellos son sus consortes ¿no? Y no sienta culpa, son sirvientes y usted es la hime.
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Esa misma noche, mientras Mei la vestía con capas de seda color marfil, ajustadas con un obi* bordado en hilo dorado, Aiko se animó a preguntar lo que llevaba todo el día dándole vueltas, ahora con más confianza que antes.
—Mei-san... ¿tú tienes a alguien? Un hombre, digo. Después de lo de hoy, ya nada me sorprendería.
Mei rió, trenzándole el cabello con manos firmes.
—Las nobles de la corte no tenemos hombres propios, mi señora. Los hombres son para la Jotei y para usted, futura Jotei del reino, Dios la bendiga. Y si se le antojan 20, 40, los tendrá y entre esos a sus favoritos obvio. Porque no se va a meter en la cama con todos. Osea, podría, pero es demasiado.
—Es decir, hombres no tuvieron ¿Ninguna? ¿Nunca jamás?—.
Mei se inclinó un poco más cerca, bajando la voz hasta casi un susurro, con esa sonrisa traviesa que a esta altura, en un solo día, Aiko ya reconocía de memoria.
— Formalmente no, igual probamos algunos de vez en cuando —dijo, casi conteniendo la risa—. Pero no de su harén, ni del de su madre. De los de servicio nomás. Y no le vaya a decir a la Jotei, ¿eh? O nos manda a cortar la cabeza a las pecadoras, que somos casi la mitad de las damas de la corte.
Aiko rió con ganas, la risa más genuina que había soltado en todo el día.
Mei-san retomó su tarea, con cuidado—. Usted no sienta culpa por el trato a los hombres, alteza. Ellos sirven, nosotras gobernamos. Es el orden natural de las cosas. Y eso ha preservado la paz. Hemos demostrado ser más pacíficas que ellos —.
Aiko bajó la vista, mientras Mei terminaba de acomodarle el *obi.
—Hiroshi ya avisó a los aposentos y eligió al consorte que le dará su primera noche—dijo, suave—. Todo está listo para usted, mi princesa. Y, Aiko-hime... —agregó, con un último guiño—. Ya no tiene nada que temer.
Aiko sintió, mientras se le escapaba una mueca nerviosa mientras caminaba hacia la puerta de salida, de allí la conducirán al sitio donde se encontraba su harén, con los tres hombres que ella misma había elegido.
Glosario
*Obi — faja ancha de tela que se ata alrededor de la cintura sobre el kimono.
*Jotei (女帝) — título de la soberana, "emperatriz".
*Mei (芽) — "brote, capullo"; dama de la corte de Aiko.