Laura murió después de descubrir la verdad.
Durante diez años, su esposo Manuel y su supuesta mejor amiga, Ariana, la engañaron, destruyeron sus sueños y estuvieron detrás de la tragedia que acabó con su familia. Protegidos por el poder de los Betancourt, nunca pagaron por sus crímenes.
Pero Laura despertó diez años atrás.
Esta vez conoce sus secretos. Sabe quiénes son. Sabe lo que harán.
Y no piensa volver a ser su víctima.
Para derrotarlos necesitará el mismo poder que una vez los protegió. Por eso pondrá sus ojos en Don Álvaro Betancourt, el padre de Ariana.
Se convertirá en su amante.
No por amor.
Por venganza.
Laura no vino a negociar. Regresó para destruirlo todo, aunque tenga que quemar su propio corazón en el camino.
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El día que regresé
El sabor metálico de la sangre no se me iba de la boca.
Yo estaba allí, acostada en esa cama fría y vacía, consumida hasta los huesos, mirándolos a los dos: Manuel, el hombre al que le entregué mi corazón, mi nombre, mi vida entera… y Ariana, la que juró ser mi mejor amiga. Diez años. Diez años de sonrisas, de abrazos, de palabras dulces que escondían cuchillos.
—¿Por qué? —había susurrado yo, con la voz hecha pedazos—. Si no me amabas… ¿por qué no pediste el divorcio?
Manuel soltó una risa seca, cruel, que me heló la sangre:
—¿Divorciarme? Eso solo me daría la mitad de los bienes. Y yo quiero todo, Laura. Todo.
Y entonces vinieron las palabras que me mataron por dentro antes de que mi cuerpo dejara de latir:
—La muerte de tus padres… el incendio en tu casa… que perdieras la beca… que no pudieras hacer la maestría… todo fuimos nosotros.
Ariana sonrió también, sin rastro de culpa:
—La policía investigó, sí. Pero la ley solo te alcanza cuando no tienes quien te proteja. Si tienes un apellido poderoso, la verdad se queda callada. Así fue, y así será.
Cerré los ojos. Mi último pensamiento no fue de dolor. Fue una promesa. Si me daban una segunda oportunidad… ninguno de los tres quedaría en pie.
Abrí los ojos.
El techo era distinto. Blanco, alto, con unas manchas que conocía de memoria. El sonido de risas, de pasos corriendo por el pasillo, el olor a tiza y perfume…
Me senté de golpe, temblando. Me miré las manos: jóvenes, sin venas marcadas, sin la delgadez que me consumió. Me toqué la cara. Mis mejillas estaban llenas, mis ojos no tenían esas ojeras profundas de la enfermedad. Corrí hacia el espejo del lavabo.
Yo era yo. Diez años más joven.
Había vuelto.
—¿Laurita? ¿Estás bien? —la voz llegó desde el otro lado de la puerta—. Llevas mucho ahí dentro.
El corazón me dio un vuelco. Conocía esa voz. La había escuchado durante años, la había creído la voz de mi refugio. Era Ariana.
Respiré hondo. Me miré al espejo una vez más. La chica que me devolvía el reflejo ya no era la misma que había entrado ahí. Algo se había roto dentro de mí, y en su lugar había nacido algo frío, duro, imparable.
Abrí la puerta. Ella estaba allí, con su cabello suelto, su sonrisa brillante, esa cara de inocente que yo conocía tan bien. Pero cuando me miró a los ojos, su sonrisa se apagó un instante. Dio un paso atrás.
—Tienes una mirada tan extraña… ¿te sientes mal?
—Solo me duele la cabeza —dije. Mi voz no tembló. Ni un poco—. Ya me voy.
Sin esperar su respuesta, salí caminando rápido, y luego empecé a correr.
Crucé los pasillos de la universidad sin mirar atrás. Escuché que me llamaba, pero no me detuve. Bajé las escaleras, salí a la calle, y el aire fresco me golpeó la cara. Corrí. No sabía si era un sueño, si me despertaría de nuevo en esa habitación oscura… pero tenía que verlo. Tenía que comprobarlo.
Corrí por las calles que conocía de memoria, las mismas que recorría con mi hermano cuando éramos pequeños, las que mis padres me llevaban a pasear. Cada paso me acercaba más, y más me temblaban las piernas.
Y entonces la vi.
Allí estaba. Mi casa. De pie, entera, con sus paredes blancas, las cortinas que mi madre cosió ella misma, el rosal que mi padre plantó cuando nací. Sin rastro de fuego.
Me detuve en la acera, sin poder dar un paso más. Las lágrimas empezaron a brotarme sin que pudiera detenerlas. Subí los escalones uno por uno, despacio, como si temiera que todo desapareciera si me movía rápido. Y toqué la puerta.
La puerta se abrió. Y allí estaba él. Mi padre. Con su camisa a cuadros, con esa sonrisa tranquila que tanto extrañé.
—¿Laurita? ¿Ya saliste antes? —dijo, sorprendido—. ¿Qué haces aquí tan temprano?
No pude hablar. Me lancé a sus brazos. Él me rodeó con los suyos, confundido, pero me apretó fuerte.
—Oye… ¿qué pasa, hija? —susurró, acariciándome la espalda.
Entonces escuché su voz.
—¿Laura? ¿Llegaste? —mi madre salió de la cocina, con el delantal puesto, con esa sonrisa cálida que creí no volver a ver—. ¿Estás bien?
La abracé también, con todas mis fuerzas, hasta que me dolió el pecho. Y entonces escuché esa risa, la que me hacía reír a mí también.
—¡Oye, no me dejes fuera! —mi hermano Leo se acercó y me abrazó por la espalda, riendo—. Qué cariñosa estás hoy, hermana.
Los tenía a todos. Vivos. Completos. Nadie les había puesto fuego. Nadie les había arrebatado nada. Todavía no.
Me separé un poco, limpiándome las lágrimas con la mano, y los miré a todos.
—Solo… tenía muchas ganas de verlos —conseguí decir.
Mi madre me acarició la mejilla.
—Qué rara eres hoy… pero me gusta. Ven, vamos a desayunar.
Entré en la cocina. El olor a café, a pan recién horneado… todo era real. Me senté a la mesa, entre ellos, escuchando sus voces, sus risas, y sentí cómo algo duro y frío se formaba en mi pecho.
Ariana. Manuel. Y quien quiera que los proteja.
Todavía no han hecho nada. Todavía. Pero yo sé lo que viene. Y esta vez… esta vez no voy a esperar a que me destruyan.
Los miré a mis padres, a mi hermano, y prometí en silencio, con toda mi alma:
Nadie les va a tocar. Nadie. Y cada uno de los que planeó hacerles daño… va a pagar.
Terminé mi café. Mi madre me miró con ternura.
—¿Segura que estás bien?
—Sí, mamá —sonreí, y fue la primera sonrisa que no sentí—. Ahora sí estoy bien.
Pero por dentro, Laura la dulce, la que confiaba, la que creía en las amistades eternas… esa Laura había muerto. Y en su lugar había nacido otra. Una que sabía jugar. Una que sabía esperar.
Y yo iba a cobrarlo todo.
es increíble como puede manipular así
espero con ansias los siguientes capítulos
con esa familia , y no termines vos perdiendo tu vida en una trampa de ellos 🤔😕