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Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.1k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4: De Rodillas En La Oscuridad

Al día siguiente, Valentina fue devuelta a la habitación lateral.

Nadie lo llamó castigo. En Hacienda Reyes las crueldades importantes siempre venían envueltas en palabras limpias. Nana Elena dijo que el dormitorio principal debía "prepararse de nuevo". Una sirvienta bajó la mirada al cargar las mantas. Otra retiró los restos de las cintas rojas sin atreverse a mirar a Valentina.

Ella no preguntó nada.

La habitación lateral era más fría, más pequeña y estaba lejos del ala donde dormía Sebastián. También era, en cierto modo, más honesta. Nunca había fingido ser un hogar.

Valentina se acostó temprano. La comida de la noche anterior todavía le pesaba en el estómago, y las muñecas vacías le dolían como si la plata siguiera ahí. Sofía dejó una taza de infusión junto a la cama y se quedó sentada en el suelo, contra la puerta.

—Duerme tú también —murmuró Valentina.

—Cuando usted duerma.

Valentina quiso responder, pero el cansancio la hundió primero.

No supo cuánto tiempo pasó.

Despertó con manos ajenas sobre los brazos.

—Arriba.

La manta le fue arrancada de encima. El aire de invierno le mordió la piel a través del camisón. Valentina abrió los ojos y vio sombras, lámparas, faldas oscuras, el rostro seco de Nana Elena y dos mujeres más sujetándola por los hombros.

Sofía gritó.

—¡Suéltenla!

Una de las mujeres la empujó contra la pared.

Valentina intentó incorporarse, pero no le dieron tiempo. La sacaron de la cama descalza. El suelo de piedra le heló las plantas de los pies.

Doña Milagros esperaba en el patio delantero de la habitación lateral.

No llevaba abrigo grueso. No lo necesitaba. Tenía a media docena de mujeres alrededor, lámparas de aceite, un chal negro sobre los hombros y la expresión satisfecha de quien cree que la noche le pertenece.

—De rodillas —ordenó.

Valentina respiró una vez. El frío le entró por la garganta.

—Doña Milagros.

—No te pedí que hablaras.

Sofía forcejeó detrás de ella.

—¡Luna Madre, esto es una locura! ¡Mi señora está enferma!

—Tu señora —dijo Doña Milagros sin mirar a Sofía— está a punto de aprender que las palabras tienen consecuencias.

Valentina estaba en camisón. El cabello suelto le caía sobre los hombros. Sentía los pies entumidos y la piel de los brazos erizada. Pero lo peor no era el frío.

Lo peor era que todas aquellas mujeres la miraban como si el dolor fuera una lección doméstica.

—Dije que te arrodilles.

Valentina levantó la barbilla.

—No.

El patio quedó inmóvil.

Nana Elena fue la primera en reaccionar.

—¿Qué dijiste?

—Dije que no.

Doña Milagros caminó hacia ella despacio. La luz de las lámparas le marcaba las arrugas alrededor de la boca.

—Una muchacha de familia Beta, con una loba casi muerta, se atreve a pedir ruptura del enlace en mi casa. ¿Y ahora también se niega a arrodillarse?

Valentina sintió a su loba al fondo del pecho. No fuerte. No despierta. Pero presente.

—Si según usted no soy digna de pedir ruptura, entonces menos digna soy de quedarme como concubina de manada.

La mirada de Doña Milagros se afiló.

—Mide tus palabras.

—La estoy cuidando. Por eso le advierto antes de que cometa un error más grande.

Una de las mujeres soltó una exclamación ahogada.

Valentina no apartó los ojos de Doña Milagros.

—Si me obligan a quedarme como concubina, el escándalo no será mío. Será de Hacienda Reyes. Una Luna Madre obligando a la esposa enlazada de su hijo a bajar la cabeza para hacer espacio a la amante de ese hijo. Una amante que hoy lleva los Brazaletes de la Luna de La Matriarca en las muñecas.

El nombre de Doña Aurora cayó como una piedra.

Doña Milagros se quedó quieta.

Por un instante, solo un instante, Valentina vio miedo.

No miedo de ella. Miedo de que La Matriarca escuchara.

Valentina lo guardó.

—¿Quiere que todas las manadas sepan eso? —continuó—. ¿Quiere que el Consejo pregunte por qué una mujer que salvó al Alfa Reyes terminó encerrada en una casa del norte mientras Catalina del Valle ocupa el altar?

—¡Basta!

La voz de Doña Milagros rompió la noche.

Sofía dio un paso hacia Valentina, pero Nana Elena la sujetó del cabello y la obligó a detenerse.

—Usted no puede tapar esto con gritos —dijo Valentina.

Doña Milagros alzó la mano.

—Arrodíllenla.

Las mujeres se lanzaron sobre Valentina.

Ella resistió. No porque creyera que podía ganar con fuerza, sino porque necesitaba que todas vieran que no bajaba sola. Una la tomó por el brazo. Otra le presionó el hombro. Nana Elena le golpeó la parte posterior de las rodillas con el borde de su bastón.

Valentina cayó.

Las rodillas chocaron contra la piedra.

El dolor subió blanco, instantáneo. Le vació el aire de los pulmones. La loba dentro de ella aulló, pero el sonido se ahogó en un temblor que le recorrió las piernas.

Sofía gritó su nombre.

Valentina apoyó las manos en el suelo helado. Tenía los dedos rígidos.

Doña Milagros se inclinó sobre ella.

—No eres la primera muchacha bonita que cree que puede amenazar a una casa grande.

Valentina levantó la cabeza. La piedra le había raspado la piel de las rodillas; no necesitó mirar para saber que se estaban hinchando.

—Pero quizá sea la primera que no piensa quedarse.

La mano de Doña Milagros bajó tan rápido que Valentina no alcanzó a prepararse.

La bofetada le giró el rostro.

No hubo sangre. Solo ardor. Solo el zumbido en un oído.

—Otra palabra —susurró Doña Milagros— y haré que traigan un látigo de plata.

Los ojos de Sofía se abrieron de horror.

Valentina pensó en la plata sobre sus muñecas. En Catalina girando las manos. En Sebastián diciendo que Catalina no lo aceptaría.

Sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, torcida por el golpe.

Doña Milagros retrocedió como si esa sonrisa la hubiera tocado.

—Está perdiendo tiempo —dijo Valentina—. Mientras más ruido haga, más cerca estará La Matriarca de despertar.

Los pasos llegaron entonces.

No fueron rápidos.

Sebastián apareció al otro lado del patio con una bata oscura sobre la ropa de dormir. Detrás de él venía un asistente con una lámpara.

—Madre.

Sofía dejó de forcejear.

Valentina no se movió.

Sebastián miró la escena: su esposa de rodillas sobre la piedra, en camisón, con la mejilla roja; su madre de pie frente a ella; las mujeres de servicio alrededor; el patio encendido como un juicio clandestino.

Por un segundo, Valentina esperó.

No sabía qué esperaba. Tal vez nada. Tal vez que, por una vez, el hombre al que había salvado recordara que ella también podía sentir frío.

Sebastián frunció el ceño.

—El ruido puede llegar al ala de mi abuela.

Eso fue todo.

Sofía soltó un sonido roto.

Valentina bajó la mirada a la piedra.

Ahí murió algo más.

Doña Milagros respiró hondo, recuperando la compostura.

—Tu esposa necesita disciplina.

—Entonces cierren las puertas antes de impartirla —dijo Sebastián—. No quiero que La Matriarca pregunte por qué hay lámparas en el patio a esta hora.

Valentina sintió el frío volverse claro.

No vino a salvarla.

Vino a salvar el nombre Reyes.

Sebastián por fin la miró.

—Levántate, Valentina.

Ella lo hizo sin aceptar ninguna mano. Las rodillas casi le fallaron, pero no permitió que se notara más de lo inevitable.

—Madre, vuelva a sus habitaciones —dijo él—. Mañana hablaremos.

—Esta muchacha no va a obedecer con palabras suaves.

—Y usted no va a resolverlo despertando a toda la hacienda.

Doña Milagros apretó los labios.

La orden no era defensa. Era logística. Aun así, ella obedeció porque Sebastián era el Alfa de la Manada Reyes, y hasta su madre debía recordar eso de vez en cuando.

Cuando las mujeres se dispersaron, Sofía corrió hacia Valentina.

—No la toques —dijo Sebastián.

Sofía se congeló.

Valentina levantó la vista.

—Está bien.

—No está bien —susurró Sofía.

Sebastián miró a Valentina como si esperara gratitud por haber terminado la escena.

—Vuelve a tu cuarto.

—Sí, Alfa Reyes.

El título salió frío. Formal. Distante.

Sebastián endureció la mandíbula, pero no respondió.

Valentina caminó de regreso a la habitación lateral con Sofía detrás. Cada paso le subía desde las rodillas hasta la cadera como una chispa amarga. No se apoyó en nadie hasta que la puerta se cerró.

Entonces el cuerpo cedió.

Sofía la sostuvo antes de que cayera.

—Por la Diosa Luna, sus rodillas...

—No llores.

—¿Cómo quiere que no llore?

Valentina se sentó en la cama. Sofía trajo agua tibia y un ungüento de árnica que Lucía había dejado días atrás. Al subir el borde del camisón, ambas vieron las marcas: dos círculos inflamados, rojos, con el inicio de un moretón oscuro en el centro.

Sofía aplicó el ungüento con manos temblorosas.

—Usted no debió entrar a esta casa.

Valentina miró la ventana. La luna estaba cubierta por nubes.

—Ya lo sé.

—No. Quiero decir... desde el principio. Cuando La Matriarca propuso el enlace de curación, había otros caminos. Si la familia Solano hubiera elegido protección de otra manada... si hubiera aceptado la propuesta de Hacienda Montero...

Valentina giró la cabeza.

—¿Hacienda Montero?

Sofía se mordió el labio, como si hubiera dicho más de lo que debía.

—Lo escuché hace años. Antes de que usted despertara de la fiebre. Algunas mujeres hablaban en la cocina. Decían que el Rey Alfa Montero había preguntado por una loba bendecida. Damián Montero. Que era frío, sí, peligroso también, pero que jamás dejaba que tocaran a los suyos.

El nombre quedó en la habitación.

Damián Montero.

Valentina lo conocía de rumores. Todos lo conocían de rumores. El Rey Alfa que volvía de las fronteras con victorias, el hijo que el Gran Alfa observaba con recelo, el hombre cuyo lobo, decían, podía hacer callar a una sala entera sin alzar la voz.

—Los rumores no salvan a nadie —dijo.

Sofía bajó la mirada.

—Quizá no. Pero a veces señalan una puerta.

Valentina no respondió.

La puerta.

Esa palabra sí se quedó.

Antes del amanecer, cuando Sofía por fin se quedó dormida sentada junto a la cama, Valentina pidió que llamaran a la asistente personal de Sebastián.

La joven llegó pálida, con el cabello mal recogido y las manos entrelazadas.

—Mi señora, ¿me mandó llamar?

Valentina estaba sentada junto a una mesa baja. Tenía frente a ella una bandeja con frascos, paños calientes, una libreta de notas y tres sobres de hierbas etiquetados.

—Sí. Acércate.

La muchacha obedeció con miedo.

—A partir de hoy, tú prepararás la infusión nocturna del Alfa Reyes. Esta bolsa es para los días de luna creciente. Esta, para después de los entrenamientos. La tercera solo si su pulso se vuelve irregular. No mezcles la segunda con chocolate ni con mezcal. Le dará fiebre.

La asistente abrió mucho los ojos.

—Yo... no sé si debo...

—También aprenderás los masajes de recuperación.

Valentina tomó el brazo de Sofía, que despertó sobresaltada, y señaló puntos exactos con los dedos.

—Aquí, presión suave. Aquí, círculos hacia afuera. Si el músculo se endurece, calor primero. Nunca plata cerca de la piel cuando su lobo esté inestable.

La asistente cayó de rodillas.

—Mi señora, esto no corresponde. Usted siempre ha cuidado al Alfa.

Valentina la miró.

La lámpara de la mesa iluminaba sus rodillas vendadas. Dolían. Cada latido se lo recordaba.

—Precisamente por eso.

—Pero si el Alfa pregunta...

—Dile la verdad.

La joven tragó saliva.

—¿Cuál verdad?

Valentina cerró la libreta y se la entregó.

—Que de ahora en adelante su cuerpo ya no estará a mi cargo.

Sofía dejó de respirar por un segundo.

Valentina sonrió con calma.

—Estoy aprendiendo a devolver lo que nunca debió ser mío.

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Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
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