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90 Minutos Para Volver A Tí

90 Minutos Para Volver A Tí

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.

NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El rosario que no aparece

CAPÍTULO 4 —

Madrid a las tres de la madrugada tiene un silencio particular, distinto al de cualquier otra ciudad que haya conocido en mi carrera. Es un silencio que se mete en la habitación después de un entrenamiento exigente, cuando el cuerpo está agotado pero la cabeza, por alguna razón que nunca terminé de entender del todo, se niega a apagarse.

Me desperté otra vez con el corazón acelerado, empapado en sudor, con esa misma sensación de siempre: una imagen borrosa, el contorno de un rostro que nunca termino de distinguir del todo, y una voz de mujer, joven, temblorosa, susurrándome al oído las mismas palabras de siempre.

—Por favor, despacio. Nunca hice esto.

Llevo casi cuatro años teniendo ese mismo sueño, con distintas variaciones, pero siempre con esa frase intacta, clavada en algún rincón de mi memoria como una astilla que nunca terminó de salir. Al principio pensé que era simplemente un recuerdo distorsionado de la noche en que Delfina, mi mujer, se quedó embarazada de nuestra hija. Fue una noche parecida, en apariencia: alcohol, una discoteca, la discusión que tuvimos porque ella no quería que yo siguiera bebiendo, la manera en que se fue sola a casa dejándome ahí con mis compañeros de equipo, todavía en la universidad, festejando un campeonato que hoy ya ni recuerdo bien cuál fue.

Mi carrera cambió por completo después de esa etapa universitaria en Sevilla. Un ojeador del Real Madrid me vio jugar en un torneo interuniversitario y, antes de cumplir los veinte años, ya estaba firmando mi primer contrato profesional. De ahí en más todo fue vertiginoso: los títulos con el club, la convocatoria a la Selección, los goles que empezaron a hacerme conocido en todo el país, y después en el mundo. Hoy juego en la posición que siempre soñé, con la camiseta que de niño miraba por televisión en casa de mis abuelos, en el mismo barrio sevillano donde todo empezó y que ya casi no reconozco cuando vuelvo de visita, entre los flashes y la gente que me para por la calle.

Delfina y yo nos casamos hace tres años, en una boda que salió en todas las revistas del corazón de medio continente. Ella es una figura pública por derecho propio: empezó como influencer de moda cuando todavía estábamos en la facultad, y hoy tiene millones de seguidores que siguen cada detalle de nuestra vida, desde las vacaciones en Ibiza hasta el primer diente de nuestra hija, Emilia, que ya tiene dos años y es, sin ninguna duda, lo más importante que tengo en este mundo.

Somos, según dicen las revistas, "la pareja perfecta". Y en muchos sentidos lo somos. Delfina es una gran madre, una compañera incondicional, alguien que entendió desde el primer día lo que significaba estar casada con un futbolista de selección, con los viajes, los rumores, la exposición constante. Nunca tuve motivos para dudar de nuestra historia.

Excepto por ese sueño. Y por el rosario que no aparece.

Era de mi abuela, Rosa, la que me crió muchos fines de semana en Sevilla mientras mis padres trabajaban turnos dobles para costear mis primeros años en las categorías inferiores de un club local. Ella murió cuando yo tenía dieciséis años, y ese rosario de oro fue lo único que me dejó, con una nota que decía que me iba a proteger en todos los campos del mundo. Desde entonces, jamás jugué un partido importante sin tenerlo en el bolsillo de la bolsa, guardado, como amuleto silencioso que nadie conocía salvo Bruno, mi amigo desde la infancia y hoy también mi compañero en la Selección.

Lo perdí esa misma noche de la discoteca, en la universidad, la noche que discutí con Delfina. Lo busqué durante semanas, meses, sin encontrarlo jamás. Y ahora, con el Mundial a la vuelta de la esquina, esa ausencia se había convertido en una obsesión que no podía explicarle del todo ni a mi mujer ni a mi psicólogo deportivo, uno de esos detalles que uno guarda para sí mismo por miedo a sonar supersticioso frente a la prensa.

Esa madrugada, después de despertarme otra vez con la misma imagen borrosa clavada en la cabeza, llamé a Bruno. Sabía que estaría despierto; nunca duerme bien las noches antes de un partido importante, y en dos días teníamos amistoso con la Selección antes de viajar a la concentración previa al Mundial.

—¿Otra vez el mismo sueño? —me preguntó apenas contestó, sin necesidad de que yo le explicara nada. Después de tantos años, Bruno conocía cada uno de mis fantasmas mejor que yo mismo.

—Necesito preguntarte algo, Bruno. En serio. La noche de la discoteca, cuando nos separamos, cuando tú me sacaste de esa sala... ¿la viste? ¿Viste a la chica con la que estuve?

Hubo un silencio al otro lado, uno de esos silencios que dicen más que cualquier palabra. Bruno tardó en responder, y cuando lo hizo, su voz sonó distinta, más grave, como si llevara cuatro años cargando algo que ya no podía seguir sosteniendo solo.

—Hugo... nunca fue Delfina esa noche.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies, ahí, de pie en medio de mi habitación de Madrid, con Delfina durmiendo tranquila a pocos metros y nuestra hija en el cuarto de al lado.

—¿Qué estás diciendo?

—La vi salir de esa sala al día siguiente, antes de despertarte a ti. Era otra chica, Hugo. No sé quién era. Nunca la había visto antes ni la volví a ver después. Le hice una foto esa mañana, con discreción, con el móvil, por si acaso, por si en algún momento aparecía pidiendo algo, ya sabes cómo se pone la gente cuando se entera de quién eres. Pero pasaron los años y nunca apareció. Nunca pidió nada. Ni siquiera creo que supiera quién eras tú en ese momento.

Me quedé en silencio, con el teléfono pegado a la oreja, sintiendo que algo se resquebrajaba dentro de mí, algo que llevaba cuatro años construido sobre una base que, ahora lo entendía, nunca había sido real.

—¿Todavía tienes esa foto? —pregunté, con la voz quebrada de una manera que no me reconocía ni a mí mismo.

—Sí —dijo Bruno, después de otro silencio largo—. La tengo guardada.

Colgamos con la promesa de hablar en persona, cara a cara, no por teléfono, no la noche antes de un partido importante. Pero yo ya no pude volver a dormir esa madrugada. Me quedé sentado al borde de la cama, mirando a Delfina dormir, preguntándome quién era esa mujer que durante cuatro años había vivido escondida en mis sueños sin nombre, sin rostro claro, con solo una frase que se negaba a desaparecer.

Por favor, despacio. Nunca hice esto.

Y en algún lugar de España, sin que yo lo supiera todavía, esa misma frase pertenecía a una mujer real, de carne y hueso, que en ese preciso instante dormía agotada después de doce horas de trabajo, sin sospechar que la pieza que le faltaba a su pasado estaba a punto de empezar a moverse.

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