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No Estoy Adaptado A Ser Padre

No Estoy Adaptado A Ser Padre

Status: En proceso
Genre:Comedia / Padre soltero
Popularitas:238
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4: "La habitación beige"

—Hay que preparar la habitación —dijo Ana una semana después.

Estábamos en su apartamento, sentados en el sofá de su salón, con dos tazas de té que ella no tocaba porque el olor le daba náuseas y yo no tocaba porque el té me parece agua con color. Llevábamos veinte minutos hablando de cosas sin importancia —el trabajo, el tiempo, su gato que seguía muerto pero que ella mencionaba como si aún viviera— cuando soltó esa frase como quien suelta una bomba de humo.

—¿La habitación? —repetí.

—Para el bebé. Necesita un espacio. Un lugar donde dormir, donde cambiarle los pañales, donde tener su ropa y sus cosas.

Yo no había pensado en eso. Había pensado en el test, en la ecografía, en los libros, en el latido. Pero no en la habitación. No en el espacio físico. No en el hecho de que aquel ser humano, del tamaño de una judía, iba a necesitar un cuarto entero con sus propias paredes, su propia puerta, su propio olor a nuevo.

—¿No puede dormir en tu cuarto? —pregunté.

—Sí, los primeros meses. Pero luego necesitará su propio espacio. Y hay que pintarlo, y poner los muebles, y decorarlo, y hacerlo bonito.

La palabra "bonito" me sonó a chino. Yo no hacía cosas bonitas. Hacía cosas funcionales. Mi departamento era funcional. Mi coche era funcional. Mi vida era funcional. Nada era bonito.

—¿Tienes algún color en mente? —pregunté.

Ana sonrió. Era una sonrisa que yo conocía bien. La sonrisa de "ya he tomado una decisión y solo necesito que tú la refrendes".

—Beige.

—¿Beige?

—Sí. Es neutro. Tranquilo. Da paz.

—Da sueño.

—Eso es bueno. Los bebés necesitan dormir.

—Los bebés no necesitan que les den sueño los colores. Los bebés duermen porque están exhaustos de gritar.

Ana me miró con esa mezcla de exasperación y cariño que había perfeccionado durante nuestra relación. Era la misma mirada que ponía cuando yo decía que el cine era una pérdida de tiempo o que las cenas románticas eran innecesarias.

—Vamos a pintarla —dijo, sin dejarme espacio para réplica—. Este sábado. Compro la pintura y los rodillos. Tú vienes y ayudas.

—¿Y si tengo trabajo?

—No tienes trabajo. Siempre dices que tienes trabajo y luego pasas tres horas viendo documentales de naturaleza en el sofá.

Era verdad. Había visto más documentales de osos polares que de relaciones humanas.

El sábado llegó con una claridad ofensiva. Yo había madrugado por inercia, pero Ana me llamó a las ocho con una voz que parecía haber ingerido tres cafés y un kilo de azúcar.

—La pintura está en el coche. Los rodillos también. He comprado cinta de carrocero para los bordes, pero no sé cómo se usa. ¿Tú sabes?

—No.

—Pues aprenderemos.

Llegué a su apartamento con la sensación de quien va a una ejecución pero con la esperanza de que al menos haya café. Ana ya había vaciado la habitación: la cama de invitados, la mesilla, los cuadros —unos paisajes horribles que su madre le había regalado—, todo amontonado en el pasillo. La habitación estaba desnuda. Cuatro paredes blancas, un suelo de parqué, una ventana que daba a un patio interior. Un espacio vacío esperando a ser llenado.

—¿Qué te parece? —preguntó Ana, con los brazos abiertos como si presentara un escaparate.

—Pequeña.

—Es una habitación de bebé. Los bebés son pequeños.

—Los bebés crecen.

—Entonces nos mudaremos.

No dije nada. La palabra "mudanza" era otra de las que no existían en mi diccionario. Mi vida estaba en un departamento de 65 metros cuadrados con una hipoteca a 25 años. No cabían mudanzas. No cabían cambios.

Ana abrió los botes de pintura. El beige era exactamente lo que esperaba: un color que no era blanco ni marrón, que no era nada, que se escurría entre las categorías como un animal camaleónico. Lo miré y sentí que me miraba de vuelta. Era el color de la mediocridad. El color de los edificios de oficinas. El color de los uniformes escolares. El color de las paredes de las residencias de ancianos.

—¿Seguro que beige? —pregunté.

—Seguro.

—No hay otro color que te guste? ¿Azul? ¿Amarillo? ¿Verde? ¿Algo que no parezca papel de periódico viejo?

—El beige es elegante.

—El beige es aburrido.

—Los bebés necesitan tranquilidad, no emociones fuertes.

—Los bebés necesitan estimulación. ¿Sabías que los colores vivos ayudan a su desarrollo visual?

Ana me miró con la boca entreabierta. No porque estuviera impresionada, sino porque había dicho algo que sonaba a información real, a algo que había leído en uno de los malditos libros.

—¿Eso lo has sacado de uno de tus manuales?

—Sí.

—Pues no me importa. La habitación será beige.

—¿Y si el beige le deprime?

—Los bebés no se deprimen.

—¿Cómo sabes? No pueden hablar.

Ana se rió. Era una risa que yo no esperaba, una risa genuina, libre, como si todo lo que acababa de decir fuera un chiste en lugar de una crítica.

—Eres imposible —dijo—. Pero me encanta que estés aquí discutiendo sobre colores. Es más de lo que esperaba.

No supe cómo responder a eso. Así que agarré un rodillo, lo mojé en la pintura y lo pasé por la pared. La primera pasada fue un desastre: goterones por todas partes, una línea irregular, un charco beige que se escurría hacia el suelo como una lágrima.

—No es tan fácil como parece —dije.

—Nada de esto es fácil —respondió ella, empuñando su propio rodillo—. Pero se aprende.

Pasamos las dos horas siguientes pintando en silencio. O más bien, yo pintaba y Ana me corregía: "más presión", "menos pintura", "no hagas zigzag, haz líneas rectas", "Dios, Pablo, eso parece un mapa de carreteras". A la hora, la habitación ya no era blanca. Era beige. Y yo, contra todo pronóstico, estaba empezando a aceptarlo.

—¿Sabes lo que pienso? —dijo Ana, dejando el rodillo y apoyándose en la pared.

—¿Qué?

—Que el beige no es aburrido. Es un color que espera. Como un lienzo en blanco. Como nosotros.

La miré. Tenía pintura en la mejilla y el pelo recogido en un moño desordenado. No estaba guapa. Estaba otra cosa. Estaba viva. Y en sus ojos, en ese momento, vi algo que no había visto nunca: no miedo, no incertidumbre, sino una certeza tranquila. Una certeza de que aquel beige, aquel color tan vulgar, era el principio de algo.

—Quizás tengas razón —dije—. Quizás el beige no es tan malo.

—¿De verdad?

—No. Sigo pensando que es horrible. Pero si tú lo ves así, me callo.

Ana rió de nuevo. Y esta vez, yo también reí. Era una risa torpe, fuera de práctica, como un músculo que no se usa. Pero era real.

Terminamos de pintar al atardecer. La habitación estaba ahora completamente beige: las paredes, los bordes, hasta el techo (Ana había insistido). Nos sentamos en el suelo, agotados, con los brazos manchados de pintura y el olor a disolvente impregnado en la ropa.

—Ya está —dijo ella, suspirando—. Ahora solo faltan los muebles. La cuna, el cambiador, el armario, la cómoda...

—¿Y eso cuándo?

—No sé. Cuando tengamos tiempo. Cuando tengamos dinero. Cuando sepamos qué necesitamos.

—¿No lo sabes?

Ana me miró y por primera vez desde que empezamos a pintar, su sonrisa se desvaneció.

—No sé nada, Pablo. Solo sé que esto es real. Y que vamos a tener que aprender.

Me quedé mirando las paredes beige, los rodillos apoyados en la esquina, los botes de pintura medio vacíos. Aquella habitación, que horas antes era un espacio vacío sin significado, ahora era la habitación de mi hijo. O de mi hija. De alguien, al menos. De alguien que todavía no sabía que existía.

Y yo, que no estaba adaptado a nada, que odiaba el beige y las habitaciones pequeñas y los cambios, descubrí que no me importaba. No me importaba el color, ni el tamaño, ni el olor a pintura fresca. Me importaba que Ana estuviera allí, que hubiera compartido aquel momento conmigo, que hubiéramos pintado juntos las paredes de una vida que no habíamos planeado.

No era amor. Era otra cosa. Una mezcla de culpa y compromiso y extraña ternura.

—Gracias —dijo Ana, en voz baja.

—¿Por qué?

—Por estar aquí. Por discutir sobre el beige. Por pintar. Por todo.

—No he hecho nada especial.

—Eso es lo que tú crees. —Se levantó, estiró los brazos y me ofreció la mano—. Pero estar, aunque sea pintando mal, es especial.

La agarré y me puse de pie. Las paredes beige nos rodeaban como un abrazo silencioso. Y yo, que estaba seguro de que beige era el color de la rendición, empecé a pensar que quizás era el color de la paciencia.

Al salir de la habitación, Ana puso la mano sobre mi brazo.

—¿Sabes una cosa?

—Dime.

—Cuando nació mi sobrina, mi hermana me dijo que lo más difícil no era el parto ni las noches sin dormir. Era aprender a compartir tu vida con alguien que no pide permiso para entrar.

—¿Y cómo se hace eso?

—No lo sé. Pero creo que se empieza así. Pintando una habitación. Discutiendo el color. Aprendiendo a estar.

Me marché de su casa aquella noche con el olor a pintura en la ropa y una frase dando vueltas en la cabeza. Aprender a estar. Quizás era eso. Quizás no necesitaba saber cómo cambiar pañales o calmar llantos. Quizás necesitaba aprender a estar.

En mi departamento, abrí el bloc de notas y escribí:

"Hoy pinté una habitación beige. No me gusta el beige. Pero me gustó pintarlo con ella."

Luego debajo:

"Quizás adaptarse no es cambiar lo que eres. Es aprender a estar donde no planeabas estar."

Cerré el bloc. Las paredes de mi departamento seguían siendo blancas, frías, perfectas. Pero en mi cabeza, las paredes de la habitación beige seguían allí, esperando.

Y yo, que no estaba adaptado a ser padre, empecé a pensar que quizás, solo quizás, estaba empezando a adaptarme a la idea de intentarlo.

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