Valeria Silva lo perdió todo a los 24: su libertad, su dignidad y 2 costillas rotas a manos de Ricardo del Valle.
Escapó con 2.7 millones robados y una promesa: nunca más.
8 años después es CEO, madre de 118 niños rescatados y el objetivo #1 de Errol Musk, el hombre que trafica con “Oro Rojo”: niños.
Cuando Errol quema sus casas y secuestra a Ana, su hija de 8 años, Valeria deja de ser CEO.
Vuelve a ser superviviente.
Junto a Gael Torres, (su primer Amor) que mató a su ex por ella, lanzan Operación Cuna: rescatar a 844 niños y enterrar a 750 monstruos.
"No dejes monstruos sobre la faz de la tierra"
Tags: #Venganza #CEO #Mafia #MadreCoraje #Acción #RomanceAdulto #Thriller #BasadoEnHechosReales #Secuestros #Geopolítica
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Capítulo 4 : No soy un Santo.
8:10 am. Piso 30. NovaTech.
"Tu ex va a tu oficina en 20 minutos. No estarás sola. - G"
Miro el billete en blanco una y otra vez. "Él es el siguiente."
¿Habla de Ricardo?
Las manos me tiemblan. No sé si de miedo o de esperanza.
Ding.
El ascensor privado.
Ricardo.
Entra sin tocar. Como siempre. Como si este edificio fuera suyo, como si yo aún fuera suya.
Traje de 5 mil euros, sonrisa de serpiente, y en la mano derecha...
Un látigo de cuero enrollado.
Se me congela la sangre, ese látigo... Lo usó conmigo la noche que me negué a besarle los pies.
"Buenos días, cariño", cierra la puerta con llave. Click. "Te escapaste anoche. Muy mal. Las mascotas que huyen necesitan corrección."
Retrocedo hasta mi escritorio. Valeria Montero, CEO. Tengo 200 empleados. Y estoy temblando como cuando tenía 21.
"Sal de mi oficina, Ricardo. O llamo a seguridad."
Él se ríe. Desenrolla el látigo despacio. Sssssss.
"¿Seguridad? Pobrecitos. Todos tienen familia, Valeria. Sería una pena que les pasara algo por tu culpa. Igual que le pasó a tu madre cuando..."
No. No lo menciones a ella.
"¿Qué quieres?", escupo. Odio que mi voz suene tan pequeña.
"Quiero que recuerdes tu lugar." Avanza un paso. "Arrodíllate. Pídeme perdón por hablarme mal anoche delante de ese perro callejero. Y quizás hoy solo te marque la espalda. No la cara. Escuché que tienes junta a las 10."
El aire no me entra.
Miro la puerta, miro el ventanal, piso 30. No hay salida.
Miro el móvil. Ningún mensaje más de Gael.
"No estarás sola", dijo. Mentira. Siempre estoy sola.
Ricardo levanta el látigo.
"Última oportunidad, Valeria. De rodillas."
Cierro los ojos. Prefiero morir antes de volver a arrodillarme.
¡BAM!
La puerta de mi oficina revienta hacia adentro.
Astillas. Madera. Un estruendo que hace temblar el cristal.
Y ahí está él.
Gael.
Descalzo. Camisa rota. Respirando como un toro.
No entró por el ascensor. No entró por las escaleras.
Entró por el montacargas de paquetería desde el Sótano -1
Ricardo palidece un segundo. Solo un segundo.
"¿Tú? ¿El mendigo? Seguridad te va a..."
"No llegarán", lo corta Gael. Su voz es otra. No es la del chico que me amaba. Es la voz que imagino que escuchan antes de morir. "Corté los ascensores."
Avanza. Tranquilo. Cada paso suena en el suelo de mármol.
Ricardo retrocede por instinto, choca con mi escritorio.
"¿Sabes quién soy yo? ¡Puedo comprarte y venderte 10 veces, pordiosero!"
Gael ladea la cabeza, sonríe. Una sonrisa que no tiene nada de humana.
"Lo sé. Ricardo del Valle. 43 años. Te gusta golpear mujeres. Te gustan jóvenes. Muy jóvenes." Saca un teléfono viejo del bolsillo. "Tengo videos. De Luis Merino. De ti. De la fiesta de hace 2 años en tu yate."
La cara de Ricardo se desencaja. Culpable. Lo sabía.
"¡Eso es mentira!" Pero levanta el látigo hacia Gael. "¡Lárgate o...!"
No termina.
Gael se mueve.
No lo vi. Juro que no lo vi moverse.
Solo escuché Crack.
El látigo cae al suelo, la muñeca de Ricardo cuelga en un ángulo imposible.
Ricardo grita. Un grito agudo, de niño rico que nunca sintió dolor de verdad.
Gael lo agarra del cuello con una mano y lo levanta del suelo como si no pesara nada.
"Te dije que no acepto encargos, Valeria", dice Gael sin mirarme. Sus ojos están fijos en Ricardo, negros otra vez, vacíos, de juez. "Y es verdad."
Ricardo patalea. Se pone morado.
"Pero también dije que si cruzaba mi camino por lo que le hace a otras..." Aprieta más. "Caería."
"No soy un santo, Valeria."
Me mira y por fin veo todo, el dolor, las dos esposas que lo destruyeron, las niñas que no pudo salvar a tiempo, la guerra que libra solo cada noche.
"Los santos perdonan. Yo no."
No sé cómo venci el miedo, pero doy un golpe seco a Ricardo en la sien con el antebrazo. Ricardo se desmaya. Gael lo deja caer como un saco.
Silencio.
Solo se escucha la respiración agitada de Gael. Y la mía.
Se gira hacia mí. La negrura se va de sus ojos. Vuelven a ser verdes. Cansados. Rotos.
"¿Estás bien?", su voz vuelve a ser un susurro.
No puedo hablar. Corro hacia él. Me lanzo.
No lo abrazo, le reviso las manos, los nudillos le sangran.
"Estás herido", mi voz se rompe.
Él niega. "No es mía."
Y entonces lo veo.
Por el esfuerzo, su camisa rota se abrió más en la espalda.
Tatuajes. Docenas de nombres. En letra pequeña. Nombres de mujer.
Lucía. Marta. Aisha. Carla...
"¿Qué... qué es esto?" Toco uno sin querer. Su piel arde.
"Las que llegué tarde", dice él, sin vergüenza. Con condena. "Las que no pude salvar. Las llevo para no olvidar."
Las lágrimas me caen sin permiso. Ocho años. Ocho años pensé que estaba perdido. Y él estaba salvando al mundo en silencio.
Se escucha una sirena a lo lejos. Alguien llamó a la policía por el estruendo.
Gael se tensa. Da un paso atrás.
"Tengo que irme, Valeria."
"¡No!" Lo agarro de la camisa. "Te vas a desangrar. Te... te llevarán preso. Déjame ayudarte."
Él pone su mano ensangrentada sobre la mía. El contraste me mata. Su ruina y mi manicura perfecta.
"Me arruinaron dos veces por confiar, Valeria. Por amar. No puedo..."
Pum.
Se tambalea. Baja la vista.
Una navaja pequeña de plata, clavada en su costado.
Ricardo está en el suelo, medio consciente, con la mano extendida. Sonríe con sangre en los dientes.
"Perro... callejero... nunca... ganas..."
Gael no grita. No se queja. Solo aprieta la mandíbula.
Me mira. Y por primera vez en 8 años, lo veo sonreír de verdad. Triste. Rendido.
Se desploma de rodillas frente a mí.
Lo sujeto antes de que caiga. Pesa. Pesa mucho. Huele a sangre, a calle y a... a hogar.
"Gael. Gael, mírame. Quédate conmigo."
Él levanta la mano con esfuerzo. Me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos. Como si yo fuera de cristal. Como si aún fuera su niña de 21 años.
"Perdóname", susurra. La sangre le mancha los labios. "Esta noche... tenía que matar a otro."
¿Otro?
"El que vende niñas en el puerto. Tenía la dirección. El billete listo." Tose. Sangre. "Pero elegí venir aquí. Lo elegí a él... por ti."
Sus ojos se cierran.
"Rompí mi regla, Valeria. Por ti."