Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.
Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.
Pero entonces aparece él.
Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.
Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.
Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.
Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.
"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."
¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?
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Capítulo 4
Capítulo 4: "Tienes algo mío"
—Tengo algo tuyo —dijo Santiago.
Valentina no supo si fue la frase, la caja en su mano o el modo en que él la miraba sin invadirla. Tal vez fue todo junto. El ruido de Reforma siguió alrededor de ellos, pero por un segundo pareció quedar lejos: los cláxones, la lluvia fina, los empleados que salían del edificio y fingían no mirar.
Ella bajó la vista hacia la caja.
—No quiero nada.
—No te estoy ofreciendo nada. Te lo estoy devolviendo.
Santiago abrió la tapa.
Sobre el terciopelo negro había una mariposa diminuta de plata.
Valentina dejó de respirar. Se tocó la muñeca por instinto. La pulsera seguía ahí, como la había visto el sábado por la mañana, pero el centro estaba vacío. El dije se había desprendido de la cadena y ella ni siquiera lo había notado.
La vergüenza fue reemplazada por un golpe de pánico.
—¿Dónde lo encontraste?
—En la habitación.
Él no dijo "en la cama". No dijo "entre las sábanas". Tuvo la decencia de no ponerle imágenes a lo que ella ya estaba intentando borrar, y eso la irritó porque le dificultaba odiarlo.
Valentina extendió la mano.
—Gracias.
Santiago no soltó la caja de inmediato.
—Es importante para ti.
No fue pregunta. Ella levantó la mirada.
—Eso no te importa.
—Me importa si crucé media ciudad para devolvértelo.
—Nadie te pidió que cruzaras media ciudad.
—Lo sé.
La calma de él la desesperaba. No era arrogante exactamente. Peor: parecía seguro de sí mismo sin necesidad de demostrarlo. Como si el mundo siempre le diera espacio para respirar.
Valentina tomó el dije y lo cerró dentro del puño.
—Ya lo devolviste. Puedes irte.
Santiago bajó por fin la caja vacía, pero no retrocedió. Mantuvo una distancia correcta, apenas un paso más de lo que cualquier hombre impaciente habría respetado.
—Podemos tomar un café.
Valentina soltó una risa seca.
—¿Perdón?
—Un café. En la esquina hay un lugar decente. Quince minutos.
—No.
—Diez.
—No estoy negociando.
Un par de mujeres de contabilidad pasaron detrás de ella. Una se quedó mirando el coche, luego a Santiago, luego a Valentina. Valentina sintió el calor subirle al cuello.
—No hagas esto aquí —murmuró.
Santiago entendió de inmediato. Miró alrededor y su expresión cambió apenas, como si midiera el daño que su sola presencia podía causarle en una oficina donde todos vivían del chisme y del miedo a perder el trabajo.
—Perdón —dijo en voz más baja—. No fue mi intención incomodarte.
Eso la descolocó más que cualquier insistencia.
—¿Cómo me encontraste?
—Isabella mencionó tu nombre completo en el lounge. Emilio sabe dónde trabaja CDV porque hemos hecho negocios con proveedores del sector. No fue difícil.
Valentina apretó el dije.
—Eso no lo hace correcto.
—Tienes razón.
Otra vez, esa respuesta. Sin excusa, sin sonrisa, sin "pero". Valentina había preparado indignación para un hombre prepotente, no para uno que admitía límites.
—Entonces entiende esto —dijo ella—: no quiero hablar de esa noche.
Santiago la miró con una seriedad que le cortó el impulso.
—Yo tampoco voy a obligarte a hablar.
—Bien.
—Pero me gustaría conocerte sobria.
La frase le pegó en el pecho de un modo absurdo. No sonó sucia. No sonó como burla. Sonó como algo que podía ser tierno si ella no estuviera tan asustada.
—Yo no quiero conocerte a ti.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Santiago inclinó un poco la cabeza.
—Entonces mañana.
Valentina parpadeó.
—¿Qué?
—Mañana te lo vuelvo a preguntar. Tal vez sigas pensando lo mismo.
—Voy a seguir pensando lo mismo.
—Entonces pasado mañana.
—¿Siempre eres así?
—¿Persistente?
—Terco.
Por primera vez, él sonrió. Apenas. Lo suficiente para que Valentina recordara un fragmento de la noche anterior: esa misma curva de boca acercándose mientras ella se reía por algo que ya no podía reconstruir.
Se odiaba un poco por haberlo recordado.
—Solo cuando algo vale la pena —dijo él.
Valentina dio un paso atrás.
—No soy algo.
La sonrisa de Santiago desapareció.
—No. No lo eres.
El silencio que siguió fue incómodo, pero no vacío. Ella podía sentir las miradas de los empleados, la lluvia pegándose al abrigo de él, el dije de mariposa marcándole la palma.
—Me voy —dijo.
—¿Quieres que te lleven?
—No.
—Valentina...
—No —repitió, más firme—. No me sigas. No me mandes mensajes. No aparezcas en mi trabajo.
Santiago metió las manos en los bolsillos del abrigo. Parecía un hombre acostumbrado a que le obedecieran, pero también lo bastante inteligente para reconocer una puerta cerrándose.
—De acuerdo.
Valentina no esperaba que aceptara tan rápido. Eso la obligó a quedarse un segundo más.
—¿De acuerdo?
—No apareceré en tu trabajo otra vez.
La precisión de la frase le hizo entrecerrar los ojos.
—Eso no significa que no vas a aparecer en otro lado.
—Significa que escuché lo que te molesta de verdad.
—Me molestas tú.
Santiago sostuvo su mirada.
—Eso también lo escuché.
Valentina giró antes de que se le notara la confusión. Caminó hacia la esquina sin mirar atrás. Le temblaban las rodillas, pero no iba a darle el gusto de verlo. Al llegar al semáforo, abrió la mano.
La mariposa de plata descansaba en su palma, fría y pequeña.
Su madre le había comprado la pulsera en Puebla, en un puesto cerca del zócalo, el día antes de que Valentina se mudara a CDMX. No era cara. Ni siquiera era fina. Pero había sobrevivido a mudanzas, entrevistas de trabajo, domingos de nostalgia, noches en que Valentina se había preguntado si no era más fácil volver a casa.
Y ahora el dije había pasado una noche en manos de un hombre que no pertenecía a ninguna parte de su mundo.
El semáforo cambió. Valentina cerró el puño y siguió caminando.
No tomó café con él.
Tomó el Metro, compró dos quesadillas en el puesto de siempre y subió a su departamento con la sensación ridícula de haber escapado de algo que ni siquiera la perseguía ya. Puso el dije sobre la mesa y sacó unas pinzas pequeñas de costura para arreglarlo. Le llevó veinte minutos engancharlo de nuevo en la cadena.
Cuando la mariposa volvió a quedar en su muñeca, respiró mejor.
Entonces sonó el teléfono.
Valentina se tensó, pero el nombre en la pantalla era Isabella.
Contestó.
—Si me vas a regañar por desaparecer del lounge, no tengo energía.
—¿Desaparecer? Val, llevo dos días queriendo hablar contigo. Emilio me dijo que te fuiste con Santiago.
El estómago de Valentina se apretó.
—No me fui con nadie.
Isabella guardó silencio.
—¿Estás bien?
La pregunta volvió a tocar una parte sensible. Valentina miró la pulsera reparada.
—Sí. Más o menos. Fue un error. Ya pasó.
—¿Él te buscó?
Valentina cerró los ojos.
—Sí.
—¿Hoy?
—En mi trabajo.
—Ay, Val...
—Isa, por favor, no hagas drama. Solo vino a devolverme el dije de la pulsera. Ya le dije que no quiero verlo.
Isabella no respondió de inmediato. Valentina escuchó un ruido de tráfico al otro lado, como si su amiga estuviera caminando por la calle.
—Val, ¿tú sabes quién es?
—Santiago.
—Su apellido.
Valentina se quedó inmóvil.
—No.
Isabella soltó el aire con una mezcla de incredulidad y alarma.
—Val... Santiago Montero. ¿El heredero de Grupo Montero?
El corazón de Valentina dio un golpe tan fuerte que la dejó fría.