En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
NovelToon tiene autorización de ska para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 4
La luz del amanecer se filtró en la cueva, tiñendo las paredes de piedra de un suave tono anaranjado. Mei abrió los ojos, experimentando por primera vez desde su transmigración una sensación de ligereza. El colchón de helechos gigantes y pino había funcionado a la perfección: no solo la había aislado del frío húmedo del suelo, sino que el aroma herbal había mantenido alejados a los insectos.
Se estiró, escuchando el crujir de sus articulaciones, y sonrió al notar que el dolor residual del veneno en su garganta había desaparecido por completo. El cuerpo de esta raza salvaje poseía una resiliencia formidable.
—Bien, Mei. Estás limpia y tu casa ya no es un foco de infección —se dijo, poniéndose de pie—. Pero el estómago no se llena con buena actitud. Es hora de buscar sustento.
Antes de salir, Mei se miró en el cuenco de agua. Su cabello negro, ahora completamente desenredado, caía lacio y brillante hasta su cintura. Aunque su túnica de piel seguía estando gastada, el contraste con su piel de porcelana y sus ojos almendrados y despejados le otorgaba un aire místico, casi etéreo. Para evitar que el cabello le estorbara durante la recolección, trenzó los mechones delanteros hacia atrás y los aseguró con una fina liana elástica, dejando el resto de la melena libre.
Tomó su calabaza vacía y el cuenco de madera limpia, y se adentró en el bosque, alejándose deliberadamente de las zonas habituales donde recolectaban las hembras de la tribu. No quería encontrarse con Talia, Maya o cualquier otra persona que interrumpiera su trabajo con dramas innecesarios.
Para una estudiante avanzada de agronomía, el bosque de las bestias no era solo un montón de árboles; era un enorme catálogo a cielo abierto. A los pocos minutos de caminata, sus ojos se iluminaron al reconocer un arbusto de hojas dentadas y bayas de un azul profundo.
—Vaccinium, o algo muy cercano a los arándanos silvestres —murmuró, probando uno con cautela. La explosión de sabor en su boca fue dulce y ligeramente ácida, mucho más intensa que las frutas cultivadas artificialmente en su mundo original.
Comenzó a recolectar las bayas con destreza, llenando la mitad de su cuenco de madera. Mientras lo hacía, su mirada científica analizó el suelo circundante. Notó una sección de tierra ligeramente levantada y agrietada, rodeada de hojas compuestas que crecían al ras del suelo. Su instinto le dijo exactamente qué era.
Utilizando una rama resistente y afilada, Mei comenzó a cavar con paciencia en la tierra negra y fértil. A los pocos centímetros de profundidad, la punta de su madera golpeó algo sólido. Con cuidado de no romperlo, desenterró un tubérculo alargado, de piel marrón y pulpa blanca y firme. Al olerlo, un aroma terroso y familiar la inundó.
—¡Papas silvestres! O al menos, un tubérculo con alto contenido de almidón —exclamó con una sonrisa radiante.
En este mundo, las bestias de la Tribu de la Roca dependían casi exclusivamente de la carne que cazaban los machos. Las hembras recolectaban algunas frutas maduras y raíces dulces que crecían en la superficie, pero desconocían por completo el valor de los tubérculos subterráneos, considerándolos "raíces duras y amargas" porque no sabían que debían cocinarse al fuego para ser comestibles y deliciosas.
Mei cavó con entusiasmo, desenterrando una docena de estos tubérculos de gran tamaño, maravillada por la riqueza nutricional que la tribu estaba ignorando por pura falta de conocimiento agrícola.
Sin embargo, mientras Mei se sacudía la tierra de las manos y acomodaba su botín, una extraña sensación de calor le recorrió la nuca. El vello de sus brazos se erizó por el puro instinto de supervivencia que ahora poseía su cuerpo de bestia.
Alguien la estaba observando.
Mei no entró en pánico. Mantuvo sus movimientos estables, tomó su rama afilada disimuladamente y aguzó el oído. El viento soplaba del norte, trayendo consigo un aroma que no pertenecía a la Tribu de la Roca. No era el olor rudo y pesado de los osos, ni el aroma almizclado de los zorros. Era un olor imponente, limpio, que recordaba al sol del mediodía sobre la hierba alta de la sabana y a una ferocidad latente.
A unos veinte metros de distancia, oculto entre las densas hojas de un árbol ancestral, un par de ojos de un color ámbar encendido y felino seguían cada uno de sus movimientos.
Kaelen, el líder de la Tribu del León, se encontraba agazapado en una rama alta. Había llegado al territorio de la Roca un día antes para discutir los tratados de comercio y caza ante el invierno inminente, pero el aburrimiento de las reuniones políticas lo había llevado a patrullar los límites del bosque por su cuenta.
Lo que menos esperaba encontrar era a una hembra sola en un área tan profunda del bosque. Y ciertamente, no esperaba encontrar a esta hembra.
Kaelen era un guerrero alfa, un macho que había rechazado a docenas de hembras hermosas de su propia tribu porque ninguna había logrado encender su instinto de posesión. Para él, las hembras solían ser caprichosas, ruidosas y dependientes. Pero la mujer que tenía abajo era diferente.
La había observado cavar en la tierra sin importarle ensuciarse, con una concentración y una gracia que jamás había visto. Cuando ella se levantó y la luz del sol golpeó de lleno su rostro limpio, Kaelen sintió que su corazón de león daba un vuelco violento. Su piel era tan blanca y pura como la nieve de las montañas, sus ojos almendrados brillaban con una inteligencia afilada, y su cabello negro flotaba como la noche misma. Pero lo que más lo cautivó fue su aroma: una mezcla embriagadora de saponaria herbal, arándanos dulces y una pureza femenina tan intensa que hizo que sus colmillos felinos comenzaran a picar, exigiendo morder y marcar.
"¿Quién es ella?", se preguntó Kaelen, apretando las garras contra la corteza del árbol para contener el impulso de saltar hacia ella y reclamarla allí mismo. Su instinto territorial rugió en su pecho, exigiéndole protegerla de cualquier peligro.
Mei barrió el bosque con la mirada, deteniéndose unos segundos exactamente en la dirección del árbol de Kaelen. Aunque el león estaba perfectamente camuflado, la agudeza visual de Mei captó un ligero destello dorado entre las hojas verdes.
"Un depredador grande", pensó Mei, tragando saliva con suavidad, pero sin mostrar miedo. Sabía que si corría, activaría el instinto de persecución de cualquier bestia. "Es hora de regresar".
Con total tranquilidad, Mei cargó su cuenco de madera con las papas y los arándanos, se acomodó la calabaza al hombro y comenzó a caminar de regreso hacia el sendero de su cueva a paso firme, manteniendo su postura recta y vigilante.
Kaelen la vio alejarse, fascinado por su falta de timidez y su temple de acero. No la persiguió; sabía que asustar a una hembra tan especial sería un error táctico. En lugar de eso, bajó del árbol con la agilidad de un gato y se acercó al lugar donde ella había estado cavando. Capturó el aroma que ella había dejado en la tierra y sonrió, mostrando sus colmillos.
—Una flor de plata escondida en la tierra de los osos... —susurró Kaelen, su voz un ronroneo bajo y peligroso—. Pronto serás mía.
Mei llegó a su cueva a salvo, soltando un suspiro de alivio al cruzar la entrada. De inmediato comenzó a preparar su almuerzo: puso las papas silvestres directamente sobre las brasas calientes de la fogata para que se asaran en su propia piel, un método primitivo pero efectivo. Mientras esperaba, saboreó los arándanos dulces, sintiendo cómo la energía regresaba a su cuerpo.
Cuando las papas estuvieron listas, retiró la capa carbonizada y mordió la pulpa blanca y suave. El sabor era celestial, reconfortante y lleno de carbohidratos necesarios.
Mientras Mei disfrutaba de su comida en la paz de su refugio purificado, no tenía idea de que no solo había despertado la curiosidad de su propia tribu, sino que un verdadero rey de la selva ya había puesto sus ojos en ella, decidido a cazar su corazón.
zorra ? ¿ q animal ?