Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que
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Capítulo 14: El pacto de los tres meses
El lunes por la mañana, el piso cuarenta de Blackwood Technologies parecía el escenario de una tregua militar. Alana cruzó el vestíbulo a las ocho en punto, vestida con un traje gris marengo, impecable, abotonado y con el cabello recogido en un moño tan tenso como su propia mandíbula. En su mano derecha sostenía una carpeta blanca que contenía un solo folio: su renuncia irrevocable.
No había dormido en toda la noche. Había pasado las horas en vela, limpiando su teléfono de cualquier rastro de la aplicación Eros, borrando los archivos y tratando de desterrar la humillación de su pecho. Sabía que marcharse era lo correcto, pero también sabía que Ethan Blackwood no se lo pondría fácil.
Cuando entró al despacho presidencial sin llamar, se lo encontró de pie junto al ventanal. Ethan seguía llevando la misma ropa del día anterior, con la camisa sutilmente arrugada y las ojeras marcadas en su rostro habitualmente perfecto. Al escuchar la puerta, se giró con una rapidez que delató su ansiedad.
Alana caminó con paso firme hasta el escritorio de cristal negro y dejó caer la carpeta con un golpe seco.
—Mi renuncia, señor Blackwood. Conforme a la ley, cumpliré con la entrega de mi puesto durante esta semana, pero exijo que las comunicaciones se limiten estrictamente a lo laboral —dijo ella, manteniendo la voz fría, desprovista de cualquier emoción.
Ethan miró la carpeta como si fuera un veredicto de ejecución. Dio la vuelta al escritorio lentamente, pero se detuvo a una distancia prudente, respetando el límite que ella había impuesto con su postura corporal.
—No voy a firmar eso, Alana —dijo él, con una voz ronca, rota por el cansancio—. Te lo dije ayer y lo repito hoy. Pon las condiciones que quieras. Multiplicaré tu sueldo, te daré acciones de la compañía, cambiaré tu oficina a otro piso si mi presencia te resulta insoportable... pero no te vayas.
—¿Crees que esto se trata de dinero, Ethan? —Alana lo llamó por su nombre de pila por primera vez en la oficina, y el tono fue tan cortante que él dio un paso atrás—. Se trata de respeto. Se trata de que me miraste la cara durante semanas sabiendo que me estabas manipulando psicológicamente. Me hiciste dudar de mi propio juicio. Me aislaste. No puedo trabajar para un hombre en el que no confío, y mucho menos... tener algo con él.
—Sé que te manipulé. Sé que fui un cobarde —admitió Ethan, y por primera vez, el gran CEO bajó la cabeza, mostrando una vulnerabilidad real—. Pero el deseo y lo que sentías en esa cama no era mentira. Alana, te di el manual de cómo encender tu fuego porque yo me moría por ser quien lo apagara. Dame una oportunidad. Una sola. En el mundo real. Sin pantallas, sin engaños. Déjame demostrarte quién soy cuando no estoy escondido detrás de un maldito código.
Alana lo observó en silencio. La furia de la noche anterior se había asentado, dejando paso a una fría y calculadora lucidez. Una parte de ella quería huir, pero otra parte —la mujer que había descubierto su propia sensualidad y que sabía el poder que ahora ejercía sobre el hombre más poderoso de la ciudad— no quería irse con la sensación de haber sido la víctima que huye. Si él quería jugar en el mundo real, tendría que hacerlo bajo las reglas de ella. Absolutamente todas.
Se cruzó de brazos, sosteniéndole la mirada de acero.
—¿Una oportunidad, Ethan? Bien. Te la voy a dar, pero no va a ser fácil. Vamos a hacer un pacto.
Ethan levantó la vista, una chispa de esperanza desesperada brillando en sus ojos grises.
—Lo que quieras. Nómbralo.
—Tres meses —sentenció Alana con firmeza—. Te doy exactamente tres meses de prueba. Durante este tiempo, mi renuncia se quedará en el cajón de tu escritorio, congelada. De lo que pase en estos noventa días dependerá absolutamente todo: si me quedo en esta empresa, si me marcho para siempre, o si... de verdad hay un futuro para nosotros fuera de estas paredes.
Ethan asintió de inmediato, dando un paso al frente.
—Acepto. Tres meses. ¿Cuáles son las condiciones?
—Regla número uno: En esta oficina, vuelves a ser mi jefe y yo soy tu secretaria ejecutiva. No habrá miradas, no habrá roces intencionales como el del viernes, y no habrá favoritismos. Si mezclas el trabajo con lo que pasó, me voy ese mismo día. Regla número dos: Fuera de la oficina, si quieres salir conmigo, tendrás que cortejarme como un hombre común. Nada de hackeos, nada de usar tu tecnología para saber dónde estoy o qué hago. Si descubro un solo software espía en mi vida, te demandaré. Y regla número tres: No soy tuya, Ethan. Sigo siendo libre. Estos tres meses son para que tú me demuestres que eres un hombre en el que puedo confiar, no para que reclames una propiedad que no tienes.
Ethan la escuchó con una mezcla de respeto y temor reverencial. La sumisa Alana del chat se había convertido en una negociadora implacable, y eso, lejos de apagar su obsesión, la avivó aún más. Ella no se estaba dejando convencer fácilmente; estaba imponiendo un castigo y un desafío a su altura.
—Es un trato justo —dijo Ethan, extendiendo la mano derecha hacia ella con solemnidad profesional, aunque sus ojos prometían fuego—. Tres meses, Alana. Te demostraré que el hombre de carne y hueso puede hacerte temblar mucho más que cualquier fantasma virtual.
Alana miró su mano extendida por un segundo. Con total parsimonia, estiró la suya y la estrechó. El contacto físico envió una descarga eléctrica directa a la entrepierna de ambos, un recordatorio silencioso del volcán que estaba latente, pero Alana rompió el agarre de inmediato, manteniendo la expresión imperturbable.
—Perfecto, señor Blackwood. Ahora, si me disculpa, los asesores de la junta directiva esperan los informes de robótica en la sala de juntas a las nueve. Traeré su café en cinco minutos.
Alana dio media vuelta y salió del despacho con paso firme y elegante. Detrás de ella, Ethan se quedó mirando la puerta, exhalando el aire que no sabía que tenía retenido. El juego virtual había terminado, pero el verdadero cronómetro acababa de empezar a correr. Tenía noventa días para ganarse el perdón de la única mujer que había logrado ponerlo de rodillas.
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¿Qué te pareció este pacto? Alana tomó el control absoluto de la situación y puso a Ethan a sufrir bajo sus propias condiciones.