Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
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Capitulo 7 — GRIETAS
La mañana siguiente amaneció gris.
Elysia se despertó con el sonido de la lluvia contra la ventana. Un golpeteo constante, monótono, que se filtraba por las rendijas de la piedra y llenaba la habitación de humedad. Se quedó tumbada unos minutos, mirando el techo de vigas oscuras, escuchando el agua.
Útil.
La palabra seguía allí, clavada en algún rincón de su mente como una astilla que no terminaba de salir. Se obligó a levantarse. No iba a pasarse el día rumiando. Tenía trabajo. Interrogatorios. Capitanes que visitar. Un misterio que resolver.
Se vistió con la ropa de diario, se recogió el cabello en una coleta apretada y salió al pasillo. El castillo olía a pan caliente y a humedad, una combinación extrañamente reconfortante. Sus botas resonaban contra la piedra mientras bajaba hacia el comedor.
Lian ya estaba allí, desayunando con la eficiencia de quien ha aprendido a comer rápido porque nunca sabe cuándo será la próxima vez. La miró al entrar y señaló una silla vacía frente a ella.
—Tienes cara de no haber dormido.
—Observación aguda —respondió Elysia, sirviéndose pan y algo que parecía queso curado.
—Otro cumplido de Darian y te vuelves insoportable.
Elysia casi sonrió. Lian tenía ese efecto. Era difícil no relajarse un poco a su lado, aunque el mundo se estuviera desmoronando. Quizá por eso Aster la había puesto como su acompañante. No solo por las dagas. Por el carácter.
—¿Qué sabes de los capitanes que vamos a interrogar? —preguntó Elysia, mordiendo el pan.
Lian se limpió los dedos con una servilleta de tela áspera.
—Son tres. El capitán Ren, del puesto este. El capitán Sorin, del puesto oeste. Y la capitana Varga, del puesto sur. Todos llevan años sirviendo al señor Aster. Todos tienen buenos historiales.
—¿Y todos son leales?
Lian dudó un instante. Solo un instante. Pero Elysia lo notó.
—Eso se supone —dijo al fin—. Pero después de lo de ayer, ya no sé qué suponer.
Salieron bajo la lluvia. Los caballos estaban preparados, aunque los mozos de cuadra les ofrecieron capas enceradas para protegerse del agua. Elysia aceptó una sin pensar. El tacto del cuero impermeable le recordó a su chubasquero del gimnasio, a las mañanas de entrenamiento bajo la lluvia, a su vida anterior. Qué lejos quedaba todo.
El primer puesto estaba a una hora de camino. Lo dirigía el capitán Ren, un hombre de mediana edad con el bigote canoso y los ojos permanentemente entrecerrados, como si siempre estuviera evaluando algo. Las recibió en la puerta de su torre, bajo un saliente de piedra que las protegía de la lluvia.
—Comandante —saludó, con una inclinación de cabeza—. No esperaba visita con este tiempo.
—Las visitas inesperadas suelen ser las más importantes —respondió Elysia, con un tono que no invitaba a discusión.
Ren las hizo pasar. El interior de la torre era pequeño pero ordenado. Mapas en las paredes. Armas en los soportes. Un fuego encendido en la chimenea. Todo en su sitio. Demasiado en su sitio, pensó Elysia. Como si lo hubieran preparado para una inspección.
—¿Sabe algo de lo ocurrido en el paso norte? —preguntó, sin sentarse.
—Lo supe ayer. Los rumores vuelan.
—¿Y no se le ocurrió enviar un informe?
Ren parpadeó. No esperaba un ataque tan directo.
—No era mi jurisdicción. El paso norte depende del puesto de Halden, no del mío.
Halden. El nombre le sonó a Elysia de los informes. Era uno de los soldados desaparecidos. Así que el puesto tenía nombre, tenía responsable, y ese responsable ahora estaba en alguna parte. Vivo o muerto.
—¿Conocía a Halden? —preguntó.
—Lo suficiente. Buen soldado. Cumplidor. No era de los que abandonan.
—¿Y entonces?
Ren se encogió de hombros. Un gesto demasiado ensayado.
—No lo sé, comandante. Hay cosas que ni los buenos soldados cuentan.
Elysia lo observó. Había algo en su tono, en la forma en que evitaba sus ojos dorados. No mentía abiertamente, pero tampoco decía todo lo que sabía. Era un hombre con cautela. Y la cautela, en tiempos revueltos, podía ser prudencia o complicidad.
—Si recuerda algo más —dijo Elysia, levantándose—, sabe dónde encontrarme.
—Por supuesto, comandante.
Salieron bajo la lluvia otra vez. Lian esperó a que se alejaran un trecho antes de hablar.
—Ese hombre sabe algo.
—Lo sé.
—¿Y no vas a presionarlo?
—No. Todavía no. Si lo presiono ahora, se cerrará. Es mejor que piense que no sospecho nada. Que me vea como una comandante novata que solo cumple órdenes.
Lian la miró de reojo.
—Eres más astuta de lo que pareces.
—Gracias. Creo.
El segundo puesto estaba más lejos. El camino se empinaba entre colinas pedregosas, y la lluvia no daba tregua. Para cuando llegaron, Elysia estaba empapada a pesar de la capa y el frío se le había metido en los huesos.
El capitán Sorin era todo lo contrario a Ren. Joven, nervioso, con el cuello de la camisa mal ajustado y las manos que no paraban quietas. Las recibió con una reverencia torpe y las hizo pasar a una estancia tan desordenada que Elysia sintió ganas de ordenársela ella misma.
—Comandante, es un honor, un verdadero honor, no esperaba...
—Capitán Sorin —lo interrumpió Elysia, sin paciencia para cortesías—. Cuénteme lo que sepa del paso norte.
Sorin palideció. Literalmente palideció. Su tez ya clara se volvió casi translúcida bajo la luz de las velas.
—Yo... no sé nada. Nada de nada. Solo rumores.
—¿Qué rumores?
—Que los hombres desaparecieron sin dejar rastro. Que fue cosa de... —Se interrumpió, mordiéndose el labio.
—¿Cosa de quién?
Sorin miró a Lian, luego a Elysia, luego al suelo.
—De los rebeldes —susurró—. Los que apoyan al príncipe Aslan.
El silencio se hizo espeso. Elysia sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia. Rebeldes. Aslan. La pieza encajaba. No era un ataque externo. Era una grieta interna. Una deserción silenciosa que empezaba a mostrar sus dientes.
—¿Y por qué no informó de esto antes? —preguntó, con una calma que no sentía.
Sorin balbuceó algo sobre falta de pruebas, sobre no querer crear pánico, sobre que eran solo rumores de campesinos. Elysia lo dejó hablar. Cuanto más hablaba, más claro quedaba que no era un traidor. Solo era un cobarde. Y los cobardes, al menos, no empuñaban armas contra ti.
Salieron de allí con más preguntas que respuestas.
—Falta Varga —dijo Lian.
—Vamos.
La capitana Varga era una mujer de unos cuarenta años, con el pelo entrecano cortado casi al rape y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. No sonreía. No ofrecía asiento. Las recibió de pie, junto a la puerta, con los brazos cruzados.
—Ya me han llegado los rumores de que andan preguntando —dijo, sin preámbulos—. Así que pregunten de una vez.
Elysia fue directa.
—¿Sabe algo del símbolo tachado en la pared del puesto norte?
Varga no pestañeó.
—Sé que no es la primera vez que aparece.
Elysia sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Qué?
—Ha aparecido en otros puestos. En aldeas. En los caminos. Una línea roja sobre el emblema del señor Aster. Nadie sabe quién lo hace. Pero todo el mundo sabe lo que significa.
—¿Y qué significa? —preguntó Lian, con las dagas ya en las manos sin que nadie la hubiera visto desenfundarlas.
Varga la miró sin inmutarse.
—Que el señor Aster ya no es el único que reclama el trono. Y que hay gente dispuesta a morir por el otro.
El camino de vuelta al castillo fue silencioso. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía encapotado, como si el sol se hubiera rendido. Elysia cabalgaba con la mente en blanco, procesando la información. Rebeldes. Aslan. Athena. El símbolo tachado. Todo encajaba. Todo apuntaba a lo que ya sabía por el mahwa, pero visto desde dentro, desde las tripas de la historia, era mucho más aterrador.
Llegaron al castillo al anochecer. Elysia se dirigió directamente al despacho de Aster, sin molestarse en cambiarse de ropa. Seguía mojada, agotada, con el barro seco en las botas. Pero la información no podía esperar.
Llamó. Entró.
Aster estaba junto a la chimenea, de espaldas a la puerta, contemplando el fuego. No se giró al oírla entrar.
—Has tardado —dijo.
—Tenía mucho que preguntar.
—¿Y tienes respuestas?
—Tengo algo mejor. Tengo nombres. Y un patrón.
Aster se giró. Sus ojos grises reflejaban las llamas, y por un instante Elysia pensó que había algo distinto en su expresión. Algo que no era furia ni frialdad. Algo más parecido a la expectación.
—Habla —ordenó.
Y Elysia habló.
Le contó de Ren y su cautela, de Sorin y su cobardía, de Varga y su franqueza. De los rumores de rebeldes. Del símbolo que aparecía en más lugares. De la gente dispuesta a morir por Aslan.
Cuando terminó, Aster se quedó en silencio. Luego hizo algo que Elysia no esperaba.
Se sirvió una copa de vino. Y le sirvió otra a ella.
—Bebe —dijo, tendiéndosela—. Has hecho más en un día que mis espías en un mes.
Elysia tomó la copa. Sus dedos rozaron los de él. Un contacto mínimo, accidental, que duró menos de un segundo. Pero fue suficiente para que un calor extraño le subiera por el brazo.
Bebió para disimularlo.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
Aster se sentó en su sillón, con la copa en la mano, mirando el fuego.
—De momento, nada.
—¿Nada?
—Si ataco sin pruebas, pareceré un tirano. Si ignoro las pruebas, pareceré débil. —Bebió un sorbo—. Así que esperaré. Y observaré. Y cuando el responsable dé el siguiente paso, estaré listo.
Era una estrategia fría. Calculadora. Propia de él.
—¿Y mientras tanto? —preguntó Elysia.
Aster la miró. Y por primera vez desde que había llegado a ese mundo, Elysia vio algo que no era evaluación. Era algo más suave. Algo que no tenía nombre todavía.
—Mientras tanto —dijo él—, tú seguirás siendo útil.
Elysia apretó la copa entre los dedos.
Otra vez esa palabra.
Pero esta vez, el tono era distinto. No era frío. No era despectivo. Era casi...
No. No iba a hacerse ilusiones.
—Entendido —dijo, dejando la copa en la mesa—. Con tu permiso.
Se fue sin esperar respuesta. En el pasillo, se apoyó contra la pared y respiró hondo.
Útil. Seguía siendo útil.
Pero algo en la forma en que él la había mirado le decía que quizá, solo quizá, estaba empezando a ser algo más.