Seis meses. Sin sexo. Sin preguntas. Sin sentimientos.
Camila firmó el contrato sin dudarlo. Necesitaba el dinero para salvar a su madre. No le importaba casarse con un hombre frío, poderoso y peligroso.
Pero hay dos cosas que él sabe y ella no.
Primera: él ya sabe que ella es la hermana gemela de su ex prometida, la mujer que él cree haber matado.
Segunda: él también sabe que ella tiene un hijo de tres años. Un hijo que él nunca ha visto.
Él busca la verdad. Ella busca venganza. Ambos ocultan secretos mortales.
Pero cuando el contrato se rompa y la verdad explote, descubrirán que el amor puede ser el arma más peligrosa de todas.
💣 ¿Podrá el odio convertirse en amor? ¿O la venganza lo destruirá todo?
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Capítulo 5: La Decisión.
Capítulo 5: La decisión
Dormí mal. Las sábanas se enredaron en mis piernas, como las mentiras de Rebeca en mi cabeza. Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro. El mismo rostro mío; los mismos labios, los mismos ojos. Pero con una oscuridad que yo nunca había conocido.
¿Cuándo se convirtió en eso? ¿Cuándo mi hermana pasó de ser mi protectora, a mi verdugo? El reloj marcaba las tres de la madrugada, cuando desistí en tratar de conciliar el sueño. Me levanté; me puse la bata y salí al pasillo.
La mansión dormía. Los pasillos de mármol reflejaban la luz de la luna. En las paredes colgaban cuadros de antepasados. En uno de ellos el viejo Montes me observaban con sus ojos muertos.
Caminé sin rumbo hasta llegar a la biblioteca sin quererlo. La puerta estaba entreabierta, y por la rendija se escapaba un tenue haz de luz. Me acerqué y empujé la puerta. Sebastián estaba allí.
Estaba sentado en un sillón de cuero, con una copa de whisky en la mano y la mirada perdida en la chimenea apagada. No llevaba chaqueta. Solo una camisa blanca desabotonada en los primeros botones. Sus brazos morenos contrastaban con la penumbra.
— ¿Tampoco puedes dormir? —preguntó sin mirarme.
—No he podido conciliar el sueño.
Entré y cerré la puerta detrás de mí. No sabía por qué, pero necesitaba que nadie nos escuchara.
— ¿Quieres un trago? —ofreció.
—No bebo.
—Hoy es un buen día para empezar.
Me senté en el sillón frente al suyo, dejando la mesa de centro entre nosotros. Y sobre la mesa las copas, la botella y el silencio.
—Hablemos de verdad —Le dije—. Sin contratos, sin mentiras.
Sebastián levantó la vista. Sus ojos negros me escanearon de arriba abajo. Pero en ellos no había deseo. Sus ojos reflejaban vulnerabilidad.
— ¿Qué quieres saber?
—Todo.
—Es una historia larga.
—Tenemos toda la noche.
Él suspiró. Bebió un sorbo de whisky, y puso la copa sobre la mesa.
—Tu padre... no se suicidó.
El mundo se detuvo.
— ¿Qué?
—Se suicidó —aclaró—, pero no por mi padre. Si no por algo que él mismo hizo. Tu padre se arruinó solo. Apostó todo lo que tenía y perdió. Mi padre solo hizo su trabajo: ejecutar la quiebra.
—Eso no es cierto.
—Es la verdad. Si quieres puedes investigarlo, porque eso está en los archivos del juzgado. Tu padre robó a sus propios empleados que eran Jubilados, gente humilde. Cuando lo descubrieron no pudo con la culpa.
Mis manos temblaron. Toda mi vida creí que éramos las víctimas. Y resulta que nosotras siempre fuimos los monstruos
— ¿Por qué me dices esto ahora?
—Porque mereces saberlo antes de decidir tu bando.
— ¿Mi bando?
—Tu hermana o yo. La venganza o la verdad.
Me levanté del sillón y caminé hacia la ventana. La luna se reflejaba en el jardín, sobre los rosales, la fuente. Sobre el lugar donde encontré la foto.
—Ella planeó que tuviera a Nico —dije en voz baja—. El niño no fue un accidente. Ella me utilizó. Me usó a mí y a mi hijo.
—Lo sé.
— ¿Y tú? ¿También me usaste?
Sebastián se levantó. Se acercó a mí, pero no me tocó. Solo para que supiera que estaba ahí. A un paso. A una decisión.
—Al principio, sí —admitió—. Te llamé para vigilar a Rebeca. Sabía que tarde o temprano aparecería. Sabía que tú eras la única que podía atraerla.
—Entonces, ¿Todo es mentira?
—No —respondió—. El beso de anoche fue real.
Me di la vuelta. Sus ojos estaban fijos en los míos. Ya no había máscara. No había contrato. No había CEO ni empleada. Solo un hombre y una mujer, rotos por las mismas mentiras.
—No sé qué sentir —confesé.
—Yo tampoco. Pero sé lo que quiero.
— ¿Qué quieres?
—Protegerte a ti y a Nico. Aunque eso signifique enfrentarme a tu hermana. Aunque signifique perderlo todo.
— ¿Por qué?
—Porque eres la única persona en este mundo, que me ha mirado sin miedo.
Sus palabras me desarmaron. No pude responder. No supe cómo. Solo supe que cuando él acercó su rostro al mío, esta vez no me aparté. El beso fue diferente al de la otra noche. Más lento. Más profundo. Menos posesivo y más real. Cuando nos separamos, su frente tocó la mía.
—No sé si esto va a funcionar —susurré.
—Yo tampoco. Pero quiero intentarlo.
— ¿Y si Rebeca nos destruye?
—Entonces nos destruye juntos.
Esa noche no volví a mi habitación. Nos quedamos en la biblioteca, sentados en el suelo, espalda contra espalda, hablando hasta que el sol asomó por las ventanas. Me contó de su infancia solitaria.
De un padre que nunca lo abrazó ni le dio cariño. De su madre Elena, que prefería las apariencias al amor verdadero.
Yo le conté de mi madre enferma. De Rebeca cuidándome cuando éramos niñas. De cómo todo cambió cuando el dinero escaseó.
—No quiero que Nico crezca así —dije—. No quiero que crezca entre mentiras.
—Entonces no crecerá de esa manera —respondió él—. Yo te ayudaré pase lo que pase.
— ¿Incluso si decido irme?
—Incluso si decides irte.
Sonreí. Por primera vez en meses, sonreí de verdad. A la mañana siguiente, bajé al desayuno con Sebastián de la mano. Elena nos miró con odio. Rebeca no estaba, pero su presencia flotaba en el aire como una amenaza.
— ¿Ya decidiste? —preguntó Elena, con veneno en la voz.
—Sí —respondí
Miré a Sebastián. Él asintió.
—Voy a quedarme —anuncié—. No por el contrato ni por el dinero. Me quedo porque aquí estará mi hijo. Aquí está mi esposo, y aquí está mi lugar. Elena soltó una risa amarga.
— ¿Tu lugar? Eres una criada que tuvo suerte, nada más.
—Mamá —interrumpió Sebastián—. Camila es mi esposa. Madre de mi hijo y señora de esta casa. Respétala o te vas.
Elena enmudeció. Nunca había visto a nadie hacerle callar. Por primera vez sentí, que tal vez esta guerra sí podía ganarse. Pero en ese momento, mi teléfono vibró y entró un mensaje de Rebeca.
"Felicitaciones por tu decisión, hermanita. Lástima que no te di toda la información. ¿Sabías que Nicolás no es hijo de Sebastián? Hice cambiar la prueba de ADN. El verdadero padre es otro. ¿Quieres saber quién es? Nos vemos pronto."
Mi sangre se congeló, y el corazón me dio un vuelco. Sebastián notó mi expresión.
— ¿Qué pasa?
No supe qué responder.
—Es que mi hijo Nico…. —Dije sin atreverme a revelar el contenido del mensaje.
— ¿Camila qué dice ese mensaje, que te ha dejado tan nerviosa?
Mientras intentaba procesar la respuesta que iba a darle a Sebastián, fui interrumpida por uno de los criados para anunciar la llegada de un visitante.
—Señor Montes, su amigo Gonzalo está aquí. Dice que trae unos libros para su madre.
Sebastián frunció el ceño, pero asintió.
—Que pase.
Un hombre alto, moreno, de sonrisa amplia y ojos cálidos entró en el comedor. Llevaba una pila de libros en brazos y vestía con una elegancia despreocupada.
—Sebastián, ¿Cómo estás? —dijo, dejando los libros sobre la mesa—. Tu madre me pidió estas ediciones antiguas. Son para su colección de teatro.
—Gracias, Gonzalo. Siéntate.
Gonzalo me miró y su sonrisa se amplió.
— ¿Y ella quién es?
Sebastián hizo una breve pausa. Algo en su tono cambió.
—Gonzalo, ella es mi esposa Camila.
—Encantado —dijo Gonzalo, tendiéndome la mano—. Me imagino que usted me ayude a convencer a mi amigo, para que agilice los trámites de la fundación que piensa crear.
—No estoy al tanto de todo, pero cuente conmigo para convencerlo —dije para salir del paso y no quedar como una tonta.
—Haga su mayor esfuerzo, porque se trata de un proyecto maravilloso.
—Gracias amigo, pero la fundación todavía no es más que un sueño.
—Los sueños se cumplen cuando se trabajan
—dijo Gonzalo, con una sonrisa cálida—. Yo soy actor y escritor. Últimamente, escribo más de lo que actúo. Estoy preparando una obra sobre una mujer que lo pierde todo y lo reconstruye desde el amor.
—Suena interesante.
—Tal vez algún día le invite a verla.
—Me encantaría.
Sebastián se tensó. Vi cómo apretaba la mandíbula.
—Camila está ocupada —dijo, cortante.
—No tan ocupada —respondí, sin mirarlo.
El intercambio fue breve, pero suficiente. Sebastián no dijo nada más durante el desayuno. Y cuando Gonzalo se fue, la tensión en la habitación era palpable.
— ¿Te gusta? —preguntó Sebastián, con una frialdad que no le conocía.
— ¿Quién?
—Gonzalo.
—Es simpático. Nada más.
— ¿Nada más? Lo has mirado como si fuera un premio.
—No seas ridículo.
— ¿Ridículo? —Se levantó de la mesa, con los ojos brillando de furia—. Ridículo es pensar que mi esposa se ríe con otro hombre, mientras yo estoy aquí.
—Eres mi esposo por contrato, ¿O ya lo olvidaste?
—No lo olvidé.
—Entonces, no tienes derecho a decirme con quién puedo o no puedo reír.
Me dio la espalda y se fue. Esa noche dormimos separados.