Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 2: La biblioteca
No dormí esa noche.
Me di vueltas en la cama hasta que el reloj marcó las tres de la madrugada, y luego me quedé mirando el techo, repitiendo su nombre en mi cabeza como un mantra prohibido.
Nicolás. Nicolás. Nicolás.
No sabía nada de él. Solo su nombre, sus ojos azules, las cicatrices en sus manos y la forma en que me había mirado después de dejar de respirar. Como si yo no fuera un monstruo. Como si yo fuera un milagro.
Pero los milagros no existen.
Lo que existe es la maldición que llevo en la sangre. La misma que mató a mi abuelo, la misma que debilitó a mi padre, la misma que me obliga a mantener a todo el mundo a distancia. Porque el amor duele. El amor mata. Y yo no iba a permitir que nadie más muriera por mi culpa.
—Valeria, estás pálida —dijo mi madre a la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar. Me sirvió un vaso de leche y lo empujó hacia mí como quien empuja una medicina. —¿Has dormido algo?
—Suficiente.
—Mientes.
—Mamá, por favor...
—No quiero que te pase lo mismo que a mí. —Se sentó frente a mí, con las manos alrededor de su taza de café. Sus dedos temblaban ligeramente, igual que siempre. —Si has conocido a alguien...
—No he conocido a nadie.
—Valeria, soy tu madre. Te conozco desde antes de que nacieras. —Inclinó la cabeza y me miró con esos ojos cansados que tanto me recordaban a los míos. —Tienes esa mirada. Esa mezcla de miedo y esperanza. Yo también la tuve. Cuando conocí a tu padre.
Bajé la mirada y me concentré en la leche. El líquido blanco formaba remolinos en el vaso, como pequeños torbellinos de nieve.
—Es un paciente —dije al final, con la voz tan baja que casi no me oí—. Del hospital. Un chico de la planta de oncología.
Mi madre soltó un suspiro tan profundo que pareció que se desinflaba entera.
—¿Y qué vas a hacer?
—Evitarlo.
—¿Y eso funcionará?
No respondí. Porque sabía que no. Porque sabía que, aunque me escondiera en la biblioteca y cambiara todos mis turnos y me negara a subir a la sexta planta, algo dentro de mí seguía llamándolo. Algo que no podía controlar.
Algo que se parecía peligrosamente al amor.
Llegué al hospital con una hora de antelación. Carlos, el bibliotecario, levantó una ceja por encima de sus gafas cuando me vio atravesar la puerta.
—¿Desde cuándo llegas temprano?
—Desde hoy.
—Hmm. —Dejó el libro que estaba leyendo y se levantó con un crujido de rodillas. —¿Y eso tiene algo que ver con el chico de la sexta planta?
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué chico?
—El que llamó ayer por la tarde preguntando por ti. —Carlos sonrió con una malicia que no le conocía. —Nicolás, creo que se llamaba. Dijo que olvidaste un libro en su habitación.
—Yo no olvidé ningún libro.
—Pues él dice que sí. —Carlos señaló la mesa de préstamos, donde había una pila de libros recién devueltos. —Y también dijo que si pasabas por aquí, te dijera que lo encontró y que te lo devolvería en persona. Así que ya sabes. No tendrás que subir. Él bajará.
—No puede bajar. Está ingresado.
—Pues parece que tiene sus métodos.
El resto de la mañana fue un tormento. Cada vez que alguien abría la puerta de la biblioteca, mi cabeza giraba hacia ella con una velocidad que me daba vergüenza. Cada vez que oía pasos en el pasillo, mi pulso se aceleraba. Cada vez que una voz masculina hablaba, mi estómago se contraía.
Pero él no aparecía.
A las doce, cuando ya había organizado tres estantes y leído el mismo párrafo de un libro seis veces sin enterarme de nada, decidí que era ridículo. Que estaba siendo una adolescente estúpida. Que él era solo un paciente aburrido que buscaba distracción, y yo solo una voluntaria que había tenido un mal día.
Me fui a la cafetería.
Compré un café que no me apetecía y me senté en la mesa más apartada, con la espalda contra la pared y la vista fija en la puerta. Por si acaso. Por si aparecía.
Pero no apareció.
Y entonces, justo cuando empecé a relajarme, justo cuando empecé a pensar que quizás todo había sido una broma de su parte, alguien se sentó frente a mí sin pedir permiso.
—¿Sabes? —dijo Nicolás, con una sonrisa que iluminó toda la cafetería—. Los bibliotecarios deberían tener un sistema de seguimiento. Porque te he estado buscando toda la mañana.
Se le veía cansado. Las ojeras eran más profundas que ayer, y su piel tenía un tono grisáceo que no me gustó nada. Pero sus ojos seguían siendo los mismos: brillantes, curiosos, peligrosos.
—¿Cómo has salido de la planta? —pregunté, sin poder evitar que mi voz sonara más aguda de lo normal.
—Soy un escapista profesional. —Se recostó en la silla y puso los pies sobre la que estaba al lado, como si estuviera en su casa. —Además, las enfermeras se apiadan de mí. Les dije que tenía que devolverte un libro importante.
—No dejé ningún libro.
—Ya lo sé. —Su sonrisa se ensanchó. —Pero tenía que verte.
Mi corazón dio un vuelco.
—No deberías estar aquí.
—Ya me lo dijiste ayer. —Se inclinó hacia adelante y apoyó los brazos en la mesa. —Pero no me diste una buena razón para no hacerlo.
—Te lo dije. Es peligroso.
—Para ti o para mí.
—Para ti. —Apreté la taza de café con tanta fuerza que el plástico crujió. —Te lo dije. Cuando la gente se acerca a mí, deja de respirar. No es una broma, Nicolás. Es real. Te pasó a ti. Lo viste.
—Lo vi. —Su voz se volvió suave, casi tierna. —Y también vi que luego respiré. Que no me pasó nada. ¿No te parece extraño?
—Fue casualidad.
—¿Y si no lo fue?
—No empieces...
—Escúchame. —Se inclinó un poco más, acortando la distancia entre nosotros. —Llevo veintitrés años con una enfermedad que me mata lentamente. He visto más hospitales que calles. He conocido más médicos que amigos. Y créeme cuando te digo que ninguna de esas experiencias se pareció a lo que sentí ayer cuando te toqué.
—No sabes lo que dices.
—Sé exactamente lo que digo. —Su mano se movió sobre la mesa y rozó la mía. Solo un segundo. El tiempo justo para que mi piel se erizara. —Cuando dejé de respirar, no fue miedo. Fue como si el mundo se detuviera. Como si por primera vez en años, todo tuviera sentido.
—Eso no es amor. Es la enfermedad hablando.
—¿Y qué sabes tú del amor, Valeria? —Su pregunta me golpeó como un puñetazo. —Has pasado toda tu vida huyendo de él. Escondiéndote en libros y en silencios. Pero el amor no es solo lo que te han contado. El amor también es esto. —Señaló el espacio entre nosotros con la mano libre. —Dos personas que no se conocen, sentadas en una cafetería de hospital, hablando de cosas que ninguno de los dos entiende. Eso también es amor.
—No es amor. Es curiosidad.
—Entonces quédate conmigo hasta que se convierta en amor.
Abrí la boca para decir algo, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta. Él me miraba con una intensidad que me desarmaba. Sin miedo, sin dudas, sin esa sombra de precaución que todos los demás tenían cuando se acercaban a mí.
No entendía por qué. No entendía cómo podía mirarme así después de lo que le había pasado.
—Nicolás —dije, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. ¿Por qué no tienes miedo?
Él sonrió.
—Porque he estado esperando toda mi vida a alguien que me haga sentir vivo. Y tú, Valeria, eres la única persona que ha conseguido que el mundo deje de girar sin que yo tenga que hacer nada.
No supe qué responder.
Así que en lugar de hablar, me levanté, cogí mi café y me fui.
Pero cuando llegué a la puerta, su voz me alcanzó.
—¡Mañana vengo a devolverte el libro!
Me giré. Él seguía sentado, con los pies en la silla y la sonrisa más ancha que había visto en mi vida.
—No hay ningún libro —dije.
—Ya lo sé. —Se encogió de hombros. —Pero es una buena excusa para verte.
Y entonces, antes de que pudiera decir nada más, se levantó con un esfuerzo que delataba su enfermedad, y caminó hacia mí con pasos lentos pero firmes.
—Un libro —dijo, deteniéndose a un palmo de distancia—. Cada día, te pediré un libro prestado. Y cuando venga a devolvértelo, tendré que verte. Es la única manera de que aceptes pasar tiempo conmigo.
—Eso es chantaje emocional.
—Es supervivencia. —Su sonrisa se suavizó. —Tengo pocos meses, Valeria. Quizás menos. Y quiero pasarlos junto a alguien que me haga sentir que merece la pena estar vivo. No te pido que me quieras. Solo te pido que me dejes estar cerca de ti.
—No puedo prometerte nada.
—No te pido que prometas. —Extendió la mano y rozó mi muñeca, justo donde el pulso se me aceleraba. —Solo te pido que me dejes intentarlo.
Y entonces, sin esperar mi respuesta, se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor.
Me quedé allí, con el café frío en la mano y el corazón latiéndome tan fuerte que creí que iba a romperse.
Porque sabía que iba a decir que sí.
Porque sabía que, contra todo sentido común y contra toda maldición, iba a dejar que ese chico de ojos azules y manos cicatrizadas entrara en mi vida.
Aunque me costara respirar.
Aunque me costara la vida.