Si alguien me hubiera dicho que la persona que más iba a marcar mi vida comenzaría siendo solo un amigo, jamás lo habría creído.
NovelToon tiene autorización de Yuri.T para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que no se dice también duele.
Lo que no se dice también duele
Había algo que ya no era como antes.
No porque hubiera cambiado todo de un momento a otro.
No porque hubiera ocurrido algo específico que marcara un antes y un después.
Sino porque dentro de mí ya no era lo mismo.
Y yo lo sabía.
Lo sentía cada vez que lo veía.
Cada vez que recibía un mensaje suyo.
Cada vez que escuchaba su voz.
Pero no lo decía.
Ni a él.
Ni a nadie.
Con Keiler todo seguía igual en apariencia.
Sus mensajes seguían ahí.
Su forma de hablar no había cambiado.
Seguía siendo el mismo de siempre.
Cariñoso.
Atento.
Presente.
A cualquier hora aparecía una notificación en mi teléfono.
—Mami, ¿qué haces?
Un rato después:
—Reina, ya voy para allá.
Y más tarde:
—Amor, contéstame.
Siempre así.
Siempre él.
Y eso, lejos de calmarme, a veces me hacía sentir más.
Más cercana.
Más conectada.
Más acostumbrada a él.
Más suya.
Y también más celosa.
Porque había algo dentro de mí que estaba creciendo sin que yo pudiera evitarlo.
Algo que no sabía explicar.
Algo que no entendía completamente.
Pero que estaba ahí.
Cada vez más fuerte.
Cuando algo me incomodaba, no lo ignoraba.
Nunca fui de quedarme con las dudas.
Si algo me molestaba, necesitaba saberlo.
Necesitaba entenderlo.
Necesitaba buscar respuestas.
Y por eso, cuando tenía oportunidad, revisaba.
Observaba.
Miraba detalles.
Pequeñas cosas.
Mensajes.
Conversaciones.
Nombres.
Cualquier cosa que llamara mi atención.
Y reaccionaba.
A veces le cogía el teléfono.
Miraba cosas.
Encontraba detalles que no me gustaban.
No siempre eran grandes cosas.
Ni situaciones realmente graves.
A veces solo eran pequeños detalles.
Pero para mí eran suficientes.
Porque cuando uno empieza a sentir algo por alguien, hasta las cosas más pequeñas pueden parecer enormes.
Y en ese momento todo cambiaba.
Mi humor.
Mi actitud.
Mi forma de hablar.
Todo.
—¿Y esto qué es? —le decía seria.
—¿Qué cosa? —respondía él tranquilo.
—Esto.
Le mostraba la pantalla.
Y esperaba alguna explicación.
Cualquier explicación.
Él me miraba.
Y en vez de enojarse, cambiaba.
Se volvía más suave.
Más paciente.
Más meloso.
Como si ya supiera exactamente lo que estaba pasando.
—Ay, mami... no empieces.
—No empiezo nada, Keiler.
—Reina, estás exagerando.
—No estoy exagerando.
—Sí estás celosa.
Y eso era lo peor.
Porque sí lo estaba.
Y él lo sabía.
Lo sabía por mi cara.
Por mi tono de voz.
Por la manera en que lo miraba.
Lo sabía incluso antes de que yo dijera una sola palabra.
Aun así, no se alejaba.
Al contrario.
Se acercaba más.
—Ven acá —decía bajito.
—No.
—Mami...
—No me digas mami ahora.
—¿Entonces cómo te digo?
Silencio.
Y él solo se reía.
Esa sonrisa suya que me desesperaba y me encantaba al mismo tiempo.
Como si supiera exactamente cómo bajarme el enojo.
Como si supiera exactamente qué decir para que terminara sonriendo aunque intentara seguir molesta.
En el fondo, yo me enojaba rápido.
Por cosas pequeñas.
Por detalles.
Por lo que veía.
Por lo que imaginaba.
Por lo que pensaba.
Porque aunque intentara convencerme de que no pasaba nada, la realidad era otra.
Me importaba demasiado.
Mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Y luego hablaba con él.
Le reclamaba.
Le decía todo.
Lo que pensaba.
Lo que sentía.
Lo que me molestaba.
Y él no se iba.
No se alejaba.
No me dejaba hablando sola.
Solo se ponía más tranquilo conmigo.
Más cariñoso.
Más insistente.
Como si supiera que detrás de cada reclamo había algo más profundo.
Como si entendiera sentimientos que ni siquiera yo era capaz de aceptar.
Y casi siempre terminaba cediendo.
Porque era difícil mantenerse molesta con él durante mucho tiempo.
Con el paso de los días, nada entre nosotros cambió en la superficie.
Seguía escribiéndome igual.
Seguía llegando igual.
Seguía buscándome.
No había distancia.
No había silencios extraños.
No había despedidas.
Pero dentro de mí había algo creciendo.
Algo que no sabía nombrar.
Algo que me hacía sentir más apegada.
Más involucrada.
Más emocionalmente conectada.
Y aunque no lo decía...
yo ya lo quería.
Tal vez más de lo que debería.
Ya no era solo costumbre.
Ya no era solo compañía.
Era algo más.
Algo que se estaba metiendo cada vez más profundo dentro de mí.
Algo que ya comenzaba a ocupar un lugar importante en mi corazón.
Una noche, después de haber discutido por una tontería, me quedé en silencio.
Él me miró.
No dijo nada por un momento.
Solo se quedó observándome.
Como si estuviera esperando que hablara.
Como si me conociera demasiado bien.
Luego habló suave.
—Mami... ¿ya estás bien?
No respondí.
Solo lo miré.
Y en ese instante entendí algo que no quería aceptar.
Que aunque me enojara.
Aunque discutiera.
Aunque revisara.
Aunque reclamara.
Aunque intentara convencerme de que podía alejarme cuando quisiera...
yo no me alejaba de él.
Y eso era precisamente lo que más me asustaba.
Porque por primera vez comprendí que el problema no eran los celos.
El problema era todo lo que estaba sintiendo por él.