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Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:504
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

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CAPÍTULO 4

El olor a desinfectante y a café recalentado de la sala de interrogatorios de la central de policía era un recordatorio constante de que, en ese edificio, la miseria humana se procesaba en turnos de ocho horas. El detective Liam Cross se frotó los ojos con el dorso de la mano, sintiendo el peso de la falta de sueño acumulada en la base del cráneo. Frente a él, sobre la mesa de fórmica astillada, reposaba la grabación de la cámara de seguridad de la noche anterior y una taza de plástico con un líquido negro que apenas merecía el nombre de café.

Al otro lado de la mesa se encontraba Camille Rossier. La exmodelo vestía una sudadera gris tres tallas más grande, un intento desesperado por ocultar el cuerpo que una vez había sido el centro de las pasarelas de la moda. Pero lo que más llamó la atención de Liam no fue su ropa, sino la forma en que se cubría la mitad izquierda de la cara con una bufanda de seda, incluso dentro del edificio con la calefacción encendida.

—Señorita Rossier —dijo Liam, suavizando el registro habitualmente áspero de su voz—. Sé que es difícil para usted estar aquí. Y sé que el doctor Gabriel Novak tiene una reputación inmaculada en los medios de comunicación. Pero si no me cuenta exactamente qué pasó en esa clínica, mi departamento no puede iniciar una investigación formal por mala praxis o extorsión.

Camille bajó lentamente la bufanda, revelando su rostro. Liam, acostumbrado a ver las secuelas de la violencia física, tuvo que hacer un esfuerzo consciente para que su expresión no cambiara. El pómulo izquierdo de la mujer estaba hundido, tirando de la comisura de su labio hacia arriba en una mueca asimétrica y perpetua. La piel alrededor del mentón mostraba sutiles cicatrices queloides que el maquillaje no lograba camuflar. No era el resultado de un accidente; era el trabajo de un bisturí que había cortado con una precisión cruel.

—Él no cometió un error, detective —dijo Camille, su voz temblando por una mezcla de analgésicos y humillación—. Eso es lo que la junta médica no entiende. Me dijo que yo era perfecta, pero que mi rostro carecía de "drama aristocrático". Me convenció de que, si permitía que elevara la línea de mis pómulos, yo sería inmortal en la industria. Me operó tres veces en su clínica privada. Al final de la tercera cirugía, cuando desperté de la anestesia y me miré al espejo, grité. Él se limitó a sonreír. Me dijo que ahora tenía la cara que merecía por mi arrogancia.

Liam apretó los puños debajo de la mesa. Había conocido a muchos tipos violentos que usaban los puños para quebrar a sus parejas, pero Novak operaba a un nivel de sadismo que requería una mente patológicamente fría.

—¿Y las fotografías de las que me habló en su declaración inicial? —preguntó Liam.

—Son fotos de antes de que tuviera dinero para arreglarme los dientes y la nariz en mi adolescencia —confesó Camille, bajando la mirada mientras las lágrimas limpiaban canales en el maquillaje—. Fotos que tomó de mis archivos médicos privados de cuando era una niña vulnerable. Amenazó con enviarlas a todas las agencias de modelos y publicarlas en internet con el título "La verdadera cara del fraude" si intentaba demandarlo. Destruyó mi presente, detective. Y ahora tiene mi pasado como rehén.

—No se preocupe, señorita Rossier —dijo Liam, levantándose de la silla y colocando una mano reconfortante sobre el hombro de la mujer—. Ese tipo va a pagar por lo que le hizo. Se lo prometo.

Salió de la sala de interrogatorios sintiendo una furia sorda que le quemaba las entrañas. Caminó por el pasillo de la división de crímenes mayores, ignorando los saludos de sus compañeros. Sabía que la vía legal con Novak sería un laberinto de meses, lleno de abogados costosos, peritos médicos comprados y tecnicismos que terminarían por aplastar a Camille una vez más. El sistema estaba diseñado para proteger a hombres como Novak.

Fue entonces cuando se detuvo frente a su escritorio y miró su teléfono personal. El mensaje que había dejado en la red profunda seguía allí, pero no había recibido respuesta. La imagen de la misteriosa vigilante, la mujer del callejón con los ojos grises llenos de una tormenta de determinación, apareció en su mente.

*«Si el sistema está roto, alguien tiene que operar en las grietas»*, le había dicho ella.

Liam se dio cuenta de que, por primera vez en sus diez años de carrera en la policía, estaba de acuerdo con una criminal. Novak necesitaba ser destruido desde adentro, desde el mismo pedestal de vanidad en el que se apoyaba. Y solo había una persona en la ciudad capaz de transformarse en el anzuelo perfecto para un monstruo de ese calibre.

 

El sol comenzaba a ocultarse detrás de los rascacielos cuando Liam decidió alejarse del distrito policial. Necesitaba despejar la cabeza, pero sobre todo, necesitaba seguir una corazonada que desafiaba cualquier procedimiento oficial. Sabía, por los informes de inteligencia que había recopilado sobre los casos anteriores de la "Camaleona", que ella solía estudiar a sus objetivos en un radio cercano a sus zonas de confort. El centro operativo de Novak estaba en el distrito norte, una zona exclusiva llena de cafés de diseño, galerías de arte y boutiques de lujo.

Liam condujo su viejo auto sin distintivos hasta la zona y lo estacionó a dos calles de la clínica de Novak. Comenzó a caminar, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero, con los ojos bien abiertos, buscando no a una mujer en particular, sino una vibración, una anomalía en la perfecta y predecible fauna de la alta sociedad que transitaba por las aceras.

Entró a un café llamado *Le Miroir*, un lugar con grandes vidrieras que daban a una plaza interior arbolada. El ambiente estaba impregnada del aroma a granos de café tostados de importación y un murmullo sutil de música clásica de fondo. Liam se acercó a la barra de madera oscura y pidió un café negro cargado.

Mientras esperaba, su mirada recorrió el local. En una mesa del rincón, cerca de una enorme planta de hojas verdes, vio a una mujer.

El corazón de Liam dio un vuelco sutil, un impacto de adrenalina que reconoció al instante. La mujer vestía unos vaqueros oscuros sencillos, una chaqueta de punto gris y no llevaba un ápice de maquillaje. Su cabello era castaño, corto y un poco despeinado por el viento de la tarde. Tenía un cuaderno de bocetos abierto sobre la mesa y sostenía un lápiz con la mano derecha, trazando líneas rápidas con una concentración absoluta.

A simple vista, parecía una estudiante de arte o una diseñadora local disfrutando de la tarde. No tenía nada que ver con la sofisticada Valeria Volkova que Marcus había registrado en el sistema de la clínica, ni con la frágil Clara que había destruido a Pendelton.

Pero Liam la reconoció. No fue la ropa, ni el cabello. Fue la línea de su mandíbula, la fijeza de sus hombros y, sobre todo, la forma en que sus ojos grises se movieron por un segundo hacia la ventana, analizando el reflejo del tráfico exterior con la precisión de un halcón. Era ella. La Camaleona en su estado puro, desprovista de disfraces, siendo simplemente la mujer detrás de las máscaras.

Liam tomó su taza de café con una calma ensayada. Cruzó el salón del café con pasos lentos, asegurándose de que sus botas de cuero no hicieran demasiado ruido sobre el suelo de parqué. Se detuvo justo al lado de su mesa.

—¿Está libre este asiento, o la artista prefiere la soledad? —preguntó Liam, con su voz áspera rompiendo la burbuja de concentración de la mujer.

Elena no se sobresaltó. Levantó la vista despacio, permitiendo que sus ojos grises se encontraran con los verdes de Liam. Por una fracción de segundo, una chispa de sorpresa cruzó su mirada, pero fue reemplazada de inmediato por una sonrisa sutil y divertida que envió una descarga de calor directo al pecho del detective.

—El espacio es público, detective Cross —respondió Elena, su voz natural, baja y con ese registro firme que Liam tanto había extrañado—. Aunque admito que su habilidad para aparecer en los lugares menos pensados empieza a parecer un talento místico.

Liam tiró de la silla de madera frente a ella y se sentó, dejando su taza de café sobre la mesa, justo al lado del cuaderno de bocetos. Elena cerró el cuaderno con un movimiento suave pero fluido, ocultando los trazos.

—No es misticismo, camaleona —dijo Liam, inclinándose hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa—. Es buen trabajo policial. Dejaste un rastro en la red profunda. *«El café sigue frío en la barra»*. Decidí que era hora de ver si preferías el café caliente en un lugar con mejor iluminación.

Elena apoyó la espalda en el respaldo de la silla, cruzando los brazos. La luz de la tarde que entraba por la vidriera iluminaba los contornos de su rostro, revelando una belleza natural, limpia y afilada que no necesitaba de los artificios que usaba para sus misiones. Liam se dio cuenta de que la prefería así, real, vulnerable pero indomable.

—Ese mensaje era una advertencia, Cross —susurró ella, sus ojos fijos en los de él—. Le dije que no se interpusiera en mi camino. El caso de Pendelton terminó bien para todos, pero Novak es una criatura diferente. Corta hondo, literalmente. No debería estar aquí. Si alguien del departamento lo ve hablando conmigo...

—Nadie me ve —la interrumpió Liam, su tono volviéndose serio y cargado de una frustración genuina—. Acabo de salir de interrogar a Camille Rossier, Elena.

Al escuchar su verdadero nombre de pila salir de los labios de Liam, Elena se tensó imperceptiblemente. Era la primera vez que él lo usaba. El sonido de su voz pronunciándolo sonó extrañamente íntimo, como un lazo que se estrechaba entre sus dos mundos contrapuestos.

—¿Camille? —preguntó Elena, perdiendo parte de su frialdad profesional—. ¿Cómo está ella?

—Destruída —dijo Liam, con los ojos verdes brillando de rabia—. Ese maldito cirujano le destrozó la cara y la carrera, y la tiene amenazada con fotos privadas para que no hable. El sistema legal va a tardar meses en armar un caso, y Novak tiene suficiente dinero para salir limpio. Cuando vi lo que le hizo a esa mujer, entendí por qué haces lo que haces. Entendí por qué necesitas operar en las sombras.

Elena lo observó en silencio durante unos largos segundos. La hostilidad inicial que sentía hacia el oficial de la ley comenzó a disolverse, dejando paso a una empatía profunda. Vio la fatiga en el rostro de Liam, las ojeras, el dolor real de un hombre que se desgastaba la vida intentando proteger a los inocentes dentro de una estructura que a menudo favorecía a los culpables.

—Novak no es como los demás, Liam —dijo Elena, usando también su nombre por primera vez, lo que provocó que el detective enderezara la espalda—. Él no busca dinero ni sexo. Busca la sumisión estética. Quiere que sus víctimas le entreguen su cuerpo para poder alterarlo y reclamarlo como su obra. Ya inicié el contacto. Soy Valeria Volkova para él. Una heredera de Europa del Este con el ego lo suficientemente grande como para llamar su atención.

Liam extendió la mano sobre la mesa, deteniéndose a solo unos centímetros de la de ella.

—Sé lo que estás planeando. Quieres que se obsesione contigo, que confiese sus extorsiones en una cinta o que te dé acceso a sus archivos privados. Pero Elena... este tipo usa anestesia. Usa un quirófano privado. Si dejas que te duerma en esa camilla para mantener tu personaje, estás muerta. No podré protegerte si estás bajo el efecto de un fármaco.

Elena bajó la mirada hacia la mano de Liam, sintiendo el impulso casi eléctrico de acortar la distancia y entrelazar sus dedos con los de él. La tensión sexual e intelectual entre ambos en ese pequeño café era tan densa que el resto de los clientes parecían haber desaparecido en un fondo difuso.

—No voy a dejar que me opere, Liam —respondió ella, levantando la vista para sostenerle la mirada con una firmeza absoluta—. Conozco mis límites. Sé cómo manipular el ego de un narcisista sin llegar al punto de perder el control de la situación. Mañana en la noche tengo mi segunda cita en la clínica para el modelado digital. Estaré sola con él en el edificio cerrado.

Liam retiró la mano lentamente, pero su mirada no se apartó de la de ella.

—No vas a estar sola —dijo él, con una determinación gélida—. Voy a estar en el estacionamiento trasero de la clínica. Si a las diez de la noche no has salido por esa puerta, voy a derribarla, con o sin orden judicial. Me importa una mierda mi placa si eso significa sacarte de allí con vida.

Elena sintió un nudo en la garganta. Durante años, había operado en la más absoluta soledad, siendo su propio escudo y su propia espada. La idea de tener a alguien afuera, a un hombre como Liam Cross dispuesto a arruinar su vida y su carrera solo para asegurarse de que ella respirara, era una sensación tan aterradora como embriagadora. El romance que intentaba reprimir estaba echando raíces profundas en el suelo fértil del peligro compartido.

—Es una oferta muy poco profesional para un detective de crímenes mayores, Cross —dijo ella, forzando una sonrisa sutil para aligerar la asfixiante seriedad del momento.

—Ya te lo dije, Elena —respondió Liam, permitiendo que una sonrisa cínica y atractiva volviera a sus labios—. No soy un caballero. Soy un sabueso. Y tiendo a encariñarme con las presas difíciles.

Elena abrió su bolso de mano, sacó un billete y lo dejó sobre la mesa, junto a su café intacto. Se levantó de la silla, recogiendo su cuaderno de bocetos. Antes de girarse para salir del café, se inclinó ligeramente hacia él, permitiendo que el aroma limpio de su piel inundara los sentidos del detective una vez más.

—A las diez de la noche, Liam —susurró cerca de su oído—. No llegues tarde. No me gusta hacer esperar a los hombres que visten de cuero.

Giró sobre sus talones y cruzó la puerta del café, saliendo a la luz dorada del atardecer que moría sobre la ciudad.

Liam Cross se quedó sentado en la mesa durante varios minutos, viendo cómo la silueta de la mujer se perdía entre la multitud de la acera. Tomó la taza de café de Elena y le dio un sorbo largo, sintiendo el sabor amargo y real de una complicidad que sabía que cambiaría su vida para siempre. Tenía una cita con el peligro al día siguiente, y por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba en el lado correcto de la batalla.

 

Mientras tanto, en el piso superior de la clínica privada Novak, el cirujano Gabriel Novak observaba una pantalla gigante de alta definición. En ella, el rostro tridimensional de Valeria Volkova rotaba lentamente en un espacio virtual azulado.

Novak deslizó los dedos sobre la superficie táctil del panel de control, alterando milimétricamente la línea de los pómulos virtuales de Valeria, estrechando la nariz y ensanchando sutilmente la distancia de sus ojos.

—Es casi perfecta —susurró Novak para sí mismo en la penumbra de su consultorio de diseño—. Una estructura ósea digna de un palacio imperial. Pero le falta mi toque. Le falta la marca de la sumisión que la hará verdaderamente hermosa.

Se levantó de su silla ejecutiva y caminó hacia un pequeño armario de seguridad empotrado en la pared lateral de su oficina. Introdujo una clave digital y la puerta se abrió, revelando una serie de frascos de vidrio ámbar con etiquetas médicas personalizadas y una colección de jeringas de precisión de acero inoxidable.

Novak tomó uno de los frascos, observando el líquido transparente en su interior bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal. Era un sedante de acción rápida, un derivado del propofol modificado que él mismo preparaba para sus consultas "especiales". Un compuesto que no dejaba rastro en los análisis de sangre comunes después de doce horas, pero que sumía a la paciente en una parálisis consciente idónea para que él pudiera realizar sus sutiles modificaciones sin que ellas pudieran quejarse o resistirse en el momento.

—Mañana, Valeria —dijo Novak con una sonrisa que carecía de cualquier rastro de humanidad—. Mañana diseñaremos tu nuevo destino. Y serás mía para siempre, grabada en el mármol de mi memoria.

El escenario estaba dispuesto para la noche siguiente. Los hilos de la red se tensaban desde tres puntos diferentes: la ambición sádica del cirujano, la determinación letal de la Camaleona y el fuego protector del detective que vigilaba desde la sombra. Ninguno de ellos sabía que, en este juego de miradas cruzadas, el primer error de cálculo sería el definitivo.

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