la vida de Giovanna no era color de rosa, pero la noche en que todo cambió descubrió que aquella persona que debería haberla protegido, la había condenado.
¿que ocurre cuando el monstruo arrastra consigo a la persona que mas amas en este mundo? ¿puedes perdonar que alguien te arrebate a tu madre por error?
Aleksei creyó que estaba vengando a su hermana, pero descubrió su error y ahora debe pagar las consecuencias.
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detrás de la puerta cerrada
Giovanna apenas durmió aquella noche.
Las palabras de sus padres continuaron repitiéndose en su cabeza mucho después de que el silencio volviera a apoderarse de la casa.
"Algún día van a matarte."
"Lo sé."
No habían sonado como una discusión.
Ni siquiera como una amenaza.
Habían sonado como una verdad.
Una verdad que ambos conocían desde hacía mucho tiempo.
Y eso era precisamente lo que más la inquietaba.
Su padre no había negado nada.
No había intentado tranquilizar a su madre.
Simplemente había aceptado la posibilidad de morir como quien acepta la llegada inevitable del invierno.
Cuando el amanecer finalmente entró por la ventana de su habitación, Giovanna ya estaba despierta.
Observando el techo.
Pensando.
Intentando unir piezas que ni siquiera sabía si pertenecían al mismo rompecabezas.
Se vistió lentamente y bajó a desayunar.
La casa estaba extrañamente silenciosa.
Su madre preparaba café.
Su padre ya estaba sentado a la mesa leyendo documentos.
No un periódico.
No una revista.
Documentos.
Varias hojas cubiertas de números y anotaciones.
Cuando Giovanna apareció, él las guardó inmediatamente dentro de una carpeta negra.
El movimiento fue tan rápido que casi resultó ridículo.
Como si estuviera ocultando algo.
Como si no quisiera que ella viera ni una sola palabra.
Aquello despertó todavía más su curiosidad.
—Buenos días —saludó.
Su madre le sonrió.
—Buenos días, cariño.
Su padre simplemente asintió.
La tensión de la noche anterior seguía presente.
Podía sentirla.
Oculta bajo cada gesto.
Bajo cada mirada.
Bajo cada silencio.
Durante el desayuno apenas se habló.
Y cuando finalmente terminó, su padre se levantó.
Tomó la carpeta negra.
Las llaves.
El teléfono.
Y se dirigió hacia el despacho.
La habitación prohibida.
La única habitación de la casa cuya puerta permanecía siempre cerrada.
La única habitación a la que jamás se le había permitido entrar.
Giovanna observó cómo desaparecía tras ella.
Luego escuchó el sonido de la cerradura.
Clic.
Como siempre.
Su madre también lo escuchó.
Y por un instante algo parecido a la tristeza cruzó por sus ojos.
—Voy a salir a comprar algunas cosas —dijo la mujer.
—¿Necesitas ayuda?
—No, volveré pronto.
Giovanna la observó marcharse.
Luego volvió la mirada hacia el pasillo.
Hacia la puerta del despacho.
Hacia la habitación que llevaba años alimentando su imaginación.
Normalmente no se habría atrevido.
Normalmente habría ignorado la tentación.
Pero algo había cambiado.
La conversación de la noche anterior había roto algo dentro de ella.
Ya no quería seguir fingiendo.
Necesitaba respuestas.
Aunque solo encontrara una.
Aunque fuera pequeña.
Esperó.
Diez minutos.
Quince.
Veinte.
Hasta que finalmente escuchó la puerta principal abrirse y cerrarse.
Su padre acababa de salir.
El sonido de un motor alejándose confirmó sus sospechas.
La casa estaba vacía.
Por primera vez en mucho tiempo.
Giovanna sintió cómo el corazón comenzaba a acelerarse.
Sabía que estaba mal.
Sabía que si la descubrían habría consecuencias.
Pero la curiosidad era más fuerte.
Caminó lentamente por el pasillo.
Cada paso parecía resonar demasiado.
Cuando llegó frente al despacho, permaneció inmóvil unos segundos.
La puerta oscura parecía observarla.
Desafiarla.
Invitarla a descubrir aquello que llevaba años escondiendo.
Tomó el picaporte.
Giró.
Nada.
Cerrada.
Por supuesto.
Suspiró.
No esperaba otra cosa.
Aun así, se agachó.
Observó la cerradura.
Intentó ver algo.
Cualquier cosa.
Pero era inútil.
Estaba a punto de rendirse cuando algo llamó su atención.
Debajo de la puerta.
Un papel.
Solo una esquina visible.
Probablemente había quedado atrapado cuando alguien cerró la puerta.
Giovanna se arrodilló.
Introdujo cuidadosamente los dedos.
Tiró despacio.
Muy despacio.
Hasta que finalmente logró sacarlo.
Era una hoja doblada.
Arrugada.
Con varias manchas de tinta.
Al desplegarla descubrió una lista de nombres.
Nombres italianos.
Direcciones.
Fechas.
Y algo más.
Una columna llena de cifras.
No entendía qué significaban.
Parecían cantidades de dinero.
Cantidades enormes.
Sus ojos recorrieron las líneas rápidamente.
Hasta detenerse en una palabra escrita a mano.
"Consegna."
Entrega.
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
¿Por qué su padre guardaría algo así?
¿Y por qué parecía tan importante?
Escuchó un ruido en el exterior.
Sobresaltada, dobló nuevamente la hoja y la guardó en el bolsillo de su pantalón.
Después se alejó rápidamente de la puerta.
Intentando parecer normal.
El ruido resultó ser solo el viento golpeando una ventana.
Pero el susto fue suficiente para recordarle que estaba jugando con fuego.
Subió a su habitación.
Cerró la puerta.
Y volvió a examinar el documento.
Cada vez que lo leía aparecían más preguntas.
Ninguna respuesta.
Solo más preguntas.
Las horas transcurrieron lentamente.
Su madre regresó cerca del mediodía.
Prepararon juntas el almuerzo.
Hablaron de cosas sin importancia.
La receta de una vecina.
Un vestido visto en un escaparate.
La próxima fiesta del pueblo.
Ambas fingían normalidad.
Ambas sabían hacerlo demasiado bien.
Sin embargo, mientras cortaba verduras, Giovanna notó algo.
Su madre miró varias veces hacia la ventana.
Como si esperara algo.
O a alguien.
—¿Sucede algo? —preguntó.
La mujer pareció sobresaltarse.
—No.
—Otra vez esa respuesta.
Su madre sonrió.
Pero aquella sonrisa no llegó a sus ojos.
—Estoy bien.
Mentira.
Otra mentira.
Cada vez resultaba más evidente.
Por la tarde, mientras ordenaba algunas cosas en la sala, escuchó un automóvil detenerse frente a la casa.
Se acercó discretamente a la ventana.
Un vehículo negro.
Lujoso.
Demasiado lujoso para el barrio.
Dos hombres descendieron de él.
Trajes oscuros.
Expresiones serias.
Uno de ellos llevaba una cicatriz atravesándole la mejilla.
El otro parecía un exsoldado.
Ninguno tenía aspecto de empresario.
Ninguno inspiraba confianza.
Su padre salió inmediatamente a recibirlos.
Como si los hubiera estado esperando.
Los tres intercambiaron algunas palabras.
Después desaparecieron dentro de la casa.
Giovanna observó toda la escena desde la ventana.
Una sensación desagradable comenzó a instalarse en su pecho.
Aquellos hombres no pertenecían a su mundo.
Y sin embargo visitaban a su padre con frecuencia.
Demasiada frecuencia.
Durante la siguiente hora las voces procedentes del despacho fueron constantes.
No podía distinguir las palabras.
Solo el tono.
Tenso.
Urgente.
Preocupado.
Finalmente los visitantes se marcharon.
Su padre permaneció dentro del despacho.
Y cuando salió, parecía más cansado que nunca.
Aquella noche la cena volvió a ser silenciosa.
Nadie mencionó a los visitantes.
Nadie mencionó los secretos.
Nadie mencionó la conversación escuchada en el jardín.
Pero todos parecían pensar en ello.
Después de recoger los platos, Giovanna ayudó a su madre a limpiar la cocina.
La mujer estaba lavando una taza cuando, de repente, la dejó caer.
La porcelana se hizo añicos contra el suelo.
—¡Mamá!
—Lo siento.
Su voz tembló.
Y entonces Giovanna lo vio.
Miedo.
Miedo auténtico.
No tristeza.
No preocupación.
Miedo.
La joven se agachó para ayudarla.
Pero al tomar la mano de su madre descubrió que estaba helada.
—¿Qué ocurre?
La mujer tardó varios segundos en responder.
—Nada.
—Por favor.
Los ojos de su madre se llenaron de lágrimas.
Durante un instante pareció que finalmente iba a contarle la verdad.
Toda la verdad.
Pero entonces una voz resonó desde el pasillo.
—¿Qué ha pasado?
Su padre.
Las lágrimas desaparecieron inmediatamente.
La máscara volvió a colocarse en su sitio.
—Nada —respondió ella—. Solo rompí una taza.
Y una vez más el momento se perdió.
Una vez más los secretos ganaron.
Esa noche, mientras observaba la oscuridad desde la ventana de su habitación, Giovanna llegó a una conclusión.
Algo terrible estaba ocurriendo.
No sabía qué.
No sabía con quién.
No sabía por qué.
Pero podía sentirlo.
Como el olor de una tormenta antes de que aparezcan las primeras nubes.
Y por primera vez en su vida decidió que dejaría de esperar respuestas.
Si quería conocer la verdad... debería encontrarla ella misma.