🚩⚠️🔞Azael, CEO de una firma exclusiva. Creció bajo el yugo de padres controladores que trataban su vida como un negocio; por eso, él ahora controla todo a su alrededor para nunca volver a ser vulnerable. No tolera que nada que considere "suyo" escape de sus manos.
Bastian, un pasante de último año en la empresa. Trabaja bajo una presión brutal porque necesita el dinero y los contactos para costear el costoso tratamiento médico de su madre.
NO APTO PARA PERSONA SENSIBLES Y NO TIENE UN FINAL COLOR DE ROSAS. Están advertidos.🔞⚠️🚩
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Cruzar esa línea
Seis meses antes de la noche del fraude, el piso veintiocho de la firma era un lugar completamente diferente para Azael. Para él, la empresa no era más que un tablero de ajedrez frío, un reflejo de la educación rígida y corporativa que sus padres le habían impuesto desde niño. En su mundo no había espacio para las emociones, las distracciones o los errores. Todo debía ser perfecto, milimétrico y predecible.
Hasta que llegó la nueva generación de pasantes universitarios.
Era un martes por la tarde. Azael caminaba por el pasillo del piso inferior junto a Josh, quien le leía el informe de rendimiento de los nuevos aspirantes. Azael ni siquiera prestaba atención; para él, todos los estudiantes de élite se veían iguales: trajes baratos, sonrisas ensayadas y un miedo patético a perder su oportunidad.
Entonces, lo vio.
Bastian estaba de pie junto a la fotocopiadora principal. El sol de la tarde se filtraba por el ventanal, iluminando su rostro de una manera que hizo que Azael se detuviera a mitad del pasillo sin darse cuenta. Bastian no se veía como los demás. Llevaba la camisa ligeramente arremangada y se reía de un chiste que alguien le había contado por teléfono. Su risa era brillante, ruidosa, llena de una energía vital y libre que Azael jamás había poseído.
Fue un impacto inmediato. Una chispa de envidia y un deseo oscuro e irracional nacieron en el pecho del director en ese mismo segundo.
—¿Quién es él? —preguntó Azael, interrumpiendo a Josh a mitad de una frase.
Josh parpadeó, sorprendido por el repentino interés de su jefe, y revisó la tableta electrónica.
—Es Bastian Murphy, señor. Estudiante de último año. Entró al programa de pasantías la semana pasada. Sus calificaciones son excelentes, aunque los supervisores dicen que es un poco demasiado expresivo para el ambiente de la firma.
—Expresivo —repitió Azael en un susurro, observando cómo Bastian se despedía por teléfono y regresaba a su cubículo con un caminar ligero y seguro.
Desde ese día, la rutina de Azael cambió por completo. El hombre que antes pasaba las horas encerrado en su despacho analizando mercados internacionales, comenzó a pasar madrugadas enteras revisando las cámaras de seguridad del edificio.
Azael se convirtió en un observador silencioso de la vida de Bastian. Gracias al trabajo eficiente de Josh, Azael supo todo sobre él en cuestión de semanas. Supo que su bebida favorita era el café helado, que pasaba los fines de semana estudiando en la biblioteca y que tenía un amigo sumamente pegajoso llamado Robin, al que Azael comenzó a odiar desde el primer instante en que lo vio abrazar a Bastian en la entrada del edificio.
Pero lo que realmente selló el destino de Bastian fue el descubrimiento del secreto de su familia.
Tres meses después de su ingreso, Josh entró al despacho de Azael con un expediente médico confidencial. Stella, la madre de Bastian, había sido diagnosticada con una insuficiencia cardíaca grave. Los costos de los tratamientos y las hospitalizaciones eran astronómicos, una cifra que un estudiante universitario y una madre soltera jamás podrían pagar.
Azael leyó el informe médico línea por línea. En lugar de sentir lástima, una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro. Vio en la enfermedad de Stella la oportunidad perfecta. Vio la debilidad en la armadura del chico libre.
—Señor, el joven Bastian ha estado solicitando adelantos de sueldo y horas extra desesperadamente —informó Josh en ese momento—. Su supervisor directo se los ha negado debido a las políticas de la empresa.
—Excelente —respondió Azael, cerrando el expediente con un golpe seco—. Asegúrate de que todas las puertas financieras se le cierren, Josh. Que ningún banco le apruebe un préstamo. Que ninguna fundación lo ayude. Quiero que se quede sin opciones.
—¿Quiere que lo despidamos, señor?
—No —los ojos felinos de Azael brillaron con una intensidad devoradora—. Quiero que se desespere. Quiero ver hasta dónde es capaz de llegar por salvar a su madre. Y cuando no tenga salida, vendrá a mí.
Durante las semanas siguientes, Azael observó el deterioro psicológico de Bastian a través de las pantallas. Vio cómo la brillante sonrisa del joven se apagaba, cómo aparecían ojeras bajo sus ojos y cómo el miedo comenzaba a reemplazar su andar seguro. Bastian estaba colapsando bajo el peso de las deudas médicas, y Azael disfrutaba cada segundo del proceso, esperando pacientemente el momento de soltar la trampa.
Azael mismo alteró sutilmente los niveles de seguridad del sistema financiero de la firma. Creó una brecha, un camino fácil y directo a una cuenta de contingencia menor. Era un anzuelo brillante y tentador. Sabía que Bastian, en su desesperación por el ultimátum del hospital, terminaría encontrándolo.
Y así fue.
La noche del fraude, Azael no estaba en su casa descansando. Estaba en su auto, a pocas calles del edificio, esperando la notificación en su teléfono celular. Cuando el sistema privado de Josh le avisó que alguien estaba intentando desviar fondos desde el piso veintiocho a las dos de la mañana, Azael sintió una descarga de adrenalina que le aceleró el pulso.
Subió por el ascensor privado, saboreando el momento. Cuando las puertas se abrieron en el piso a oscuras y vio la silueta temblorosa de Bastian iluminada solo por la pantalla de la computadora, Azael supo que el juego había terminado de la manera más perfecta posible.
Bastian pensaba que estaba cometiendo un crimen perfecto para salvar a su madre, sin saber que cada uno de sus movimientos había sido fríamente planeado por el hombre que ahora lo observaba desde las sombras. Azael no lo había atrapado por accidente; lo había guiado como a un ratón hacia una jaula de oro.
Al ver el terror en los ojos de Bastian cuando se acercó a él, al sentir la suavidad de su mandíbula temblando bajo sus dedos fríos, Azael comprendió que su obsesión no tenía límites. No quería simplemente un empleado eficiente o un juguete pasajero; quería romper la voluntad de Bastian hasta que el joven no pudiera ver a nadie más, no pudiera sonreírle a nadie más y dependiera por completo de su existencia.
Esa noche, mientras Josh borraba las huellas del fraude y procesaba la transferencia como una bonificación, Azael miró a Bastian y juró para sí mismo que jamás lo dejaría ir. Le daría todo el dinero que necesitara, salvaría a su madre y le construiría el entorno más seguro y lujoso del mundo, pero a cambio, Bastian tendría que aceptar las cadenas invisibles de su propiedad.
El recuerdo se disipó de golpe en la mente de Azael, regresándolo a la cruda realidad del presente.
El interior del auto deportivo seguía sumido en una penumbra pesada dentro del estacionamiento privado del ático. A su lado, Bastian continuaba pegado a la puerta del copiloto, con la respiración agitada y los ojos fijos en la ventana tintada, completamente ajeno al hecho de que su jefe había planeado su captura desde hacía seis meses.
Azael apretó el volante de cuero con fuerza, clavando sus ojos felinos en el perfil del joven. Ver a Robin abrazándolo en el sótano de la empresa había estado a punto de hacerle perder los estribos, pero ahora que lo tenía de nuevo bajo su control absoluto, la calma peligrosa había regresado a su cuerpo.
Bastian se giró lentamente, rompiendo el silencio del auto con una voz temblorosa pero cargada de resentimiento.
—¿Por qué me mira así? Ya estamos aquí. ¿Qué es lo que quiere de mí ahora?
Azael esbozó esa sonrisa delgada y fría que tanto aterrorizaba a Bastian. Apagó los sistemas del auto y quitó el seguro de las puertas con un clic metálico que resonó como un disparo en el silencio del estacionamiento subterráneo.
—Quiero que entiendas tu lugar, Bastian —susurró Azael, acercándose sutilmente en el espacio del vehículo—. Y vamos a empezar a trabajar en eso esta misma noche. Baja del auto.
Bastian tragó saliva, mirando la puerta abierta y el ascensor privado que conducía directamente al ático del monstruo. Sabía que cruzar esa línea significaba dejar atrás los últimos fragmentos de su libertad, pero la fuerza dominante de Azael no le dejaba espacio para la réplica. El inicio de su obsesión ya era un hecho, y el encierro estaba a punto de comenzar.