Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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El guardián sin alma
La mansión parecía aún más grande de noche.
Los pasillos eran eternos, silenciosos, como si respiraran solos. Isabella caminaba descalza, con una bata de algodón que apenas le rozaba las rodillas, sintiendo el frío del mármol subirle por las piernas. Las luces tenues proyectaban su sombra alargada contra las paredes doradas, como si la casa misma quisiera tragarla.
Había cenado algo liviano que le dejaron en la habitación—una sopa tibia, pan, fruta fresca—pero no tenía apetito. Nada le sabía. Nada tenía sentido. El silencio se le metía en el cuerpo como una humedad invisible. Solo tenía preguntas. Y un nudo en el pecho que no terminaba de deshacerse.
La voz de su madre volvía como un eco suave en su cabeza, aunque hacía años que no la escuchaba.
"Alejate de los hombres con ojos fríos, Bella... los que matan sin levantar la voz. Ésos son los más peligrosos." Y ahora vivía bajo el mismo techo con uno.
Y con otro… que no sabía cómo clasificar.
Empujó una puerta de vidrio sin saber bien a dónde iba. Estaba abierta. El aire que escapó de adentro era tibio, perfumado. Era una especie de invernadero cerrado, lleno de plantas altas, algunas colgantes, otras trepando enredaderas por estructuras de hierro negro. Un farol colgaba del techo con luz cálida, tenue. El lugar olía a jazmín, a tierra húmeda. A vida.
Por un segundo, Isabella se sintió... casi humana.
—¿Te gusta este lugar?
La voz la sobresaltó. Se giró en seco, con el corazón en la garganta. Luca.
Apoyado contra el marco de la puerta, como si hubiera brotado de las sombras. Camisa negra remangada, pantalón oscuro, manos en los bolsillos. Oscuro como la noche misma.
—¿Qué hacés siguiéndome? —espetó Isabella, con el ceño fruncido.
—No te sigo. Es mi turno de guardia —respondió con calma, con ese deje de ironía que parecía imposible de quitarle—. Aunque con esos pies descalzos, hacés bastante ruido.
—No necesito niñera.
—No sos libre. Técnicamente, sos responsabilidad de alguien. Yo solo cumplo órdenes.
—¿Y qué pasa si decido abrir una ventana y tirarme? Luca alzó una ceja.
—Te romperías las piernas. Después alguien bajaría a buscarte. Fin del drama. Isabella entrecerró los ojos, molesta.
—¿Siempre fuiste tan encantador o solo con las mujeres cautivas?
—Solo con las que me desafían sin pensar —contestó sin dudar, con media sonrisa torcida. Silencio.
Ella caminó hasta una mesa pequeña, rodeada de sillas de hierro forjado, y se sentó. Cruzó los brazos sobre el pecho. El invernadero, pese a su belleza, se sentía demasiado tranquilo. Demasiado perfecto. Como si la realidad estuviera suspendida ahí dentro.
—¿Por qué estás acá, Luca?
—Porque el viejo me pidió que no te pierda de vista.
—Eso ya lo dijiste. No pregunté por órdenes. Pregunté por vos.
Luca la miró. No con burla. No con bronca. La miró como si hubiera hecho una pregunta difícil.
Caminó hasta una planta alta con flores blancas. Tocó una de las hojas con los dedos, con más delicadeza de la que Isabella hubiera imaginado en alguien como él.
—No importa por qué estoy acá —dijo al fin—. No soy tu amigo. No soy tu enemigo. Soy solo alguien que quiere que esto pase lo más rápido posible.
—¿Esto?
—Este… limbo. Esta tensión absurda entre vos y Vittorio. Todo el teatro.
Isabella sintió una punzada, una palabra afilada que se le clavó en la boca del estómago.
—¿A vos también te parece un teatro?
—No lo sé. Pero no me creo tan especial como para entender lo que Vittorio siente. Ella se levantó
—Y él se acercó un poco, hasta quedar a medio metro de ella—. Solo sé que no es común que él trate con suavidad a nadie. Mucho menos a alguien que llegó… como vos.
Ella alzó la barbilla, desafiante.
—¿Y vos? ¿Me tratarías igual si no te lo hubiera pedido él?
Luca dudó. Esa fue la primera grieta en su fachada. Bajó la vista unos segundos, como si necesitara pensar.
—Probablemente no —admitió, sin orgullo.
—Gracias por tu honestidad.
—No te la regalo —dijo, más seco—. La verdad no es un favor. Es lo único que todavía no me arrancaron. Esa frase le quedó grabada como una quemadura.
Luca se apartó, caminó hasta la puerta del invernadero. El viento de la noche jugó con una cortina de lino blanco que colgaba cerca de la entrada.
—Volvé a tu habitación. Ya es tarde.
—No soy una niña.
—No —admitió él, clavando sus ojos en los de ella, apenas un segundo más de lo necesario—. Pero sí una prisionera con más preguntas que respuestas. Y eso te hace peligrosa… aunque no sepas por qué.
Isabella sintió que sus piernas temblaban, pero no quiso demostrarlo.
—No tengo miedo de vos, Luca.
—Todavía.
Y con eso, se fue.
Ella se quedó sola, rodeada de flores que no podía oler y plantas que no sabía nombrar. Su reflejo temblaba en el vidrio como si fuera otra versión de sí misma.
El corazón le latía rápido. No por miedo. No del todo.
Era otra cosa.
Era el reflejo de una atracción que no entendía.
De una mirada que no tenía derecho a sentir… pero que se le había metido bajo la piel. Y no sabía si Luca era su carcelero...
o su única grieta de humanidad en esa prisión con paredes de oro.