NovelToon NovelToon
Por Mi Reina

Por Mi Reina

Status: Terminada
Genre:Yuri / Romance / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:771
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Eran demasiados

Cinco días. Habían pasado exactamente cinco días desde que el aroma de las rosas de cristal y el calor de los labios de Lysandra se desvanecieron en la oscuridad del jardín real. Para el imperio, cinco días eran apenas un suspiro en el calendario de la corte. Para Kaelith, refugiada en el fondo del cañón del sur, esos cinco días se habían sentido como una eternidad de barro, sangre y frío.

El cañón de las almas perdidas era una grieta gigantesca de piedra negra que dividía las tierras agrícolas del Imperio de Aethelgard del Río de Ceniza. Era el último punto defendible antes de que el enemigo tuviera paso libre hacia la capital. Las paredes de roca se alzaban a ambos lados, tan altas que tapaban casi por completo el cielo gris, atrapando el viento helado en un silbido perpetuo.

Kaelith estaba sentada sobre una caja de madera dentro de una tienda de campaña improvisada. Una sola vela, cuya llama titilaba con un color azul pálido, iluminaba el trozo de pergamino arrugado que tenía sobre las rodillas. Tenía un tintero de piedra a su lado y una pluma de ave gastada entre sus dedos callosos.

La general se pasó la mano por el rostro, limpiándose el polvo que se colaba por las rendijas de la lona. Llevaba puesta la armadura, sin las hombreras ni el casco, lista para reaccionar ante cualquier alarma. El corte en su ceja izquierda ya había cerrado, dejando una línea rosada que le cruzaba la mirada, pero el verdadero dolor no estaba en su piel. Estaba en la incertidumbre de saber qué estaba ocurriendo en las alturas de la capital.

«Lysandra», comenzó a escribir. Sus dedos, tan firmes a la hora de sostener una espada, temblaron levemente al trazar las letras de ese nombre. «Si estás leyendo esto, significa que el cañón ha caído. Significa que las sombras de Umbralia finalmente han cruzado el río y que yo ya no podré cumplir la promesa de regresar».

Kaelith se detuvo. Mojó la pluma en la tinta negra y miró la llama de la vela. Recordó la última mirada de la princesa bajo el árbol de hojas plateadas, la forma en que sus dedos se habían aferrado a su túnica. Sabía que Lysandra estaba haciendo un sacrificio político para salvar al imperio, pero saberlo no evitaba que el pecho le ardiera cada vez que imaginaba al príncipe extranjero tocando las manos de la princesa.

«No te escribo esto para pedirte que canceles tus planes», continuó el pergamino. «Sé cuál es tu deber y sé que tu mente siempre pertenece al imperio. Pero en esta penumbra, donde el cielo es negro y el aire sabe a muerte, necesito confesar lo que nunca te dije en palacio. Para mí, nunca fue un juego. Cada batalla que gané, cada cicatriz que adorna mi cuerpo, la acepté con orgullo solo porque sabía que el escudo que sostenía protegía tu sonrisa».

—General —la voz de Mael interrumpió el silencio desde la entrada de la tienda.

Kaelith reaccionó por puro instinto militar. Dobló el pergamino con rapidez y lo ocultó debajo de su mapa de estrategia antes de que su segundo al mando diera un paso al frente.

—Informa, Mael —dijo Kaelith, recuperando la voz firme y seria que todos sus soldados conocían.

Mael entró, trayendo consigo una ráfaga de aire gélido. Tenía los ojos hundidos por el cansancio y la armadura abollada por las peleas menores de las últimas horas.

—Los ingenieros han terminado de colocar las barricadas de piedra en la parte más estrecha del cañón —dijo, apoyando las manos en la mesa de madera—. Pero las noticias del río no son buenas. Los puentes flotantes de Umbralia están casi terminados. Cruzarán por completo antes de que termine la noche.

—¿Y el mensajero que enviamos a la capital pidiendo refuerzos? —preguntó Kaelith, sintiendo una opresión en la garganta.

Mael negó con la cabeza, con una expresión de profunda amargura.

—Regresó hace una hora. Trajo una orden firmada por el consejo de ministros. La capital está bloqueada por los preparativos de la boda real. Dicen que no pueden prescindir de un solo soldado hasta que la flota de Zephyria atraque en el puerto del norte, lo cual sucederá dentro de dos días. Nos ordenan resistir. A toda costa.

Kaelith soltó una risa amarga.

—Resistir a toda costa —repitió las palabras del consejo—. Traducido de la lengua de los nobles, eso significa: muéranse en el barro mientras nosotros bebemos vino en copas de plata.

—Nos están usando de cebo, Kaelith —dijo Mael en un susurro, dando un paso hacia ella—. Saben que el ejército enemigo nos masacrará aquí. Solo quieren que las sombras se entretengan destruyendo nuestro batallón para que la boda pueda celebrarse sin peligro. Tu princesa te está dejando morir.

—¡Suficiente, Mael! —Kaelith se levantó de golpe, golpeando la mesa con el puño. El tintero vibró—. La princesa está haciendo lo que debe para asegurar diez mil hombres del norte. Si este cañón cae antes de que esa flota llegue, no habrá imperio que salvar, ni para ella ni para nosotros.

Mael sostuvo la mirada de su general por unos segundos, lleno de frustración, pero finalmente suspiró y bajó la cabeza.

—Lo siento, general. Es el cansancio hablando por mí. Los hombres tienen miedo. Son cuatrocientos soldados contra miles de esas malditas cosas de humo.

—El miedo es útil si lo usas para mantenerte alerta —respondió Kaelith, suavizando el tono—. Diles a los soldados que revisen sus armas una última vez. Que los ballesteros preparen las flechas incendiarias. No les daremos una victoria fácil. Si Umbralia quiere este cañón, tendrá que llenarlo con sus propios cadáveres.

Mael asintió, hizo el saludo militar y salió de la tienda, dejándola sola una vez más con el silencio y sus pensamientos.

Kaelith volvió a sacar el pergamino oculto. Miró las últimas líneas que había escrito. La tinta ya se había secado. Tomó la pluma por última vez para cerrar el mensaje que probablemente Lysandra recibiría solo cuando el imperio estuviera de luto.

«Si el destino decide que esta sea mi última noche, moriré sin arrepentimientos. Porque preferí pasar cinco días más sufriendo por tu ausencia en este infierno, que una vida entera viviendo en la comodidad de un mundo donde tú no existieras. Sobrevive, mi princesa. Gobierna con la fuerza que te caracteriza. Y recuerda siempre que, en esta guerra moriría con tu nombre en los labios».

Dobló el papel con cuidado, lo selló con un poco de cera azul y lo guardó en el bolsillo interior de su túnica, justo al lado de su corazón. Si caía en combate, Mael sabía que debía entregar ese papel a un emisario de confianza.

De pronto, un sonido sordo y rítmico empezó a temblar en las paredes de roca del cañón. No era el viento. Era el retumbar de miles de pasos marchando sobre la tierra gris.

Un grito de alarma resonó afuera de la tienda, seguido por el sonido de las campanas de bronce que alertaban del ataque.

—¡Ya están aquí! —gritaron desde el frente de las barricadas.

Kaelith no dudó. Se colocó las hombreras de metal con movimientos rápidos y precisos, tomó su casco y se lo ajustó a la cabeza, ocultando su cabello oscuro y su rostro herido tras la visera de hierro imperial. Tomó su espada rúnica, sintiendo cómo el acero se calentaba en su mano, respondiendo a su determinación.

Salió de la tienda de campaña hacia la noche del cañón. El aire afuera estaba iluminado por el resplandor de las primeras flechas de fuego que los ballesteros imperiales lanzaban hacia la oscuridad. Al fondo de la garganta de piedra, una marea de ojos morados y siluetas de humo avanzaba como una inundación negra. Eran demasiados, una fuerza imparable dispuesta a devorarlo todo.

Kaelith caminó con paso firme hasta la primera línea de la barricada, colocándose justo al lado de Mael. Los soldados, al ver a su general de pie junto a ellos, enderezaron sus lanzas y contuvieron la respiración, el miedo transformándose en una chispa de valentía marcial.

—¿Lista para la última danza, general? —preguntó Mael, sin apartar la vista de la marea enemiga.

Kaelith desenvainó su espada, levantándola hacia el cielo gris del cañón. La hoja rúnica brilló con una intensidad blanca que cortó la penumbra.

—Por Aethelgard —gritó Kaelith, con una voz que resonó con la fuerza del trueno en las paredes de roca—. ¡Y por la corona!

La marea oscura chocó contra la barricada de piedra con un ruido ensordecedor de metal, garras y magia elemental. La batalla por el sur del imperio había comenzado una vez más, y Kaelith se arrojó al centro del peligro, decidida a comprar con cada gota de su sangre el tiempo que su princesa necesitaba para sobrevivir en las alturas del palacio.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play