Keyla nunca imaginó que una noche de terror la encadenaría al hombre más peligroso de la ciudad. Dominic Alfred, heredero del imperio mafioso más poderoso, la obliga a casarse para proteger un secreto. Lo que empieza como una prisión de lujo se transforma en un campo de batalla donde el orgullo, la pasión y un embarazo inesperado reescriben las reglas del juego.
Pero cuando la exnovia de Dominic regresa dispuesta a destruirlos, y el hermano de este cae en las garras de una mujer con sed de venganza, dos parejas descubrirán que el amor más intenso nace donde menos lo esperas: entre balas, mentiras y besos robados.
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Capítulo 11 El plan siniestro
Esa noche, el comedor de la residencia Frederick fue testigo silencioso de la reunión de una familia.
Dominic estaba sentado en el centro, flanqueado por dos mujeres cuyo estatus como esposas suyas era igualmente legítimo.
—Tita Key, ¿qué quieles comel? ¡Escoge de todo, no seas tímida! Si no, tío Dom te va a legañal —parloteó Zoey, rompiendo la incomodidad.
Zoey estaba sentada justo al lado de Keyla, como si fuera la pequeña guardaespaldas de la segunda esposa de su tío.
Keyla guardó silencio, la mirada recorriendo la hilera de platos sobre la mesa. Había salmón al horno, sopa de algas humeante y pollo frito con especias cuyo aroma era irresistible.
Durante toda su vida en casa de Siska, solo había conocido arroz blanco con sobras de verduras casi pasadas. Con suerte, le tocaba un trozo de tofu.
Por las mañanas, Keyla solía beber solo un vaso de agua y comerse una manzana para engañar al estómago antes de ir a la universidad.
—Lo que sea, Zoey —respondió Keyla en voz baja.
—¡Tita, come pollo flito! ¡A Zoey le encanta este pollo, la calne es blandita, no como la de dlagón! —exclamó Zoey mientras trasladaba una pierna de pollo al plato de Keyla.
Clara, sentada al otro lado de Dominic, contemplaba la escena con un asco que no se molestaba en disimular.
Clara retorcía su servilleta, ardiendo por dentro al ver la cercanía de Zoey con Keyla.
"Quién sabe qué brujería habrá usado. Hasta una niña como Zoey se le pega como estampilla", pensó Clara, los labios temblándole por contener los insultos.
Keyla empezó a comer. No podía negar que su estómago llevaba protestando desde la noche anterior. Devoró el pollo con avidez, las mejillas hinchándose de forma graciosa.
—Si comes como muerta de hambre vas a engordar rapidísimo. Acuérdate de que mi marido tiene estándares altos. Cuando te conviertas en una cerda, seguramente te divorciará en el acto —soltó Clara con veneno, lanzándole una mirada afilada a Keyla—. Mira mi cuerpo: yo cuido mucho lo que como para que mi marido no se aburra de mí. No como la gente pobre que ve carne por primera vez.
Dominic permaneció callado, el rostro inexpresivo, como si estuviera escuchando un informe de negocios aburrido.
Diego y Elise solo se miraron de reojo y volvieron a concentrarse en su comida.
Habían acordado no intervenir en aquella guerra fría mientras no volara ningún plato.
—Ah, se me olvidaba: tú nunca has comido nada bueno. En cambio yo ya lo probé todo, de París a Milán, hasta el punto de aburrirme. Mi paladar es demasiado refinado para esta comida —Clara se cruzó de brazos y levantó la barbilla con arrogancia—. Cuidado, que tu estómago pueblerino podría enfermarse si lo obligas a comer lujos.
Keyla tragó su bocado y miró a Clara con una sonrisa tenue.
—Gracias por el cumplido, hermana. Voy a recordar que ya te aburriste de ser rica.
Dominic casi se atragantó con el agua que estaba bebiendo. Por dentro contuvo la risa. Su pequeña resultaba tener colmillos bastante afilados para responder sin necesidad de insultar.
—Come esta sopa —Dominic sirvió un tazón de sopa de algas caliente y lo puso justo frente a Keyla—. Es buena para tu resistencia.
—Gracias, señor —dijo Keyla por reflejo.
—¿Señor? —intervino Diego dejando el tenedor—. ¿Le dices "señor" a tu marido? ¿Acaso crees que es tu jefe en la oficina?
Keyla se sobresaltó, sonrojada. Había olvidado que Dom ya le había ordenado dejar de llamarlo así.
Antes de que Keyla pudiera responder, Dominic se le adelantó.
—Todavía no se acostumbra a llamarme cariño, papá. Es normal, nuestra relación empezó de una forma inesperada. Esta noche le enseñaré poco a poco en la habitación —respondió con calma.
—¿Cariño, dice? —se burló Diego mirando a su hijo de reojo—. El amor de tu primera esposa lo pisoteaste y ahora presumes de querer enseñar sobre "cariño".
—¡Diego, basta! ¡Sigue comiendo! —terció Elise pellizcando la barriga de su marido por debajo de la mesa.
—¡Ay! —se quejó Diego, y enmudeció al instante.
Al sentir que le arrebataban el escenario y que toda la atención de Dominic se dirigía a Keyla, Clara lanzó su ofensiva.
—Cariño, yo también quiero sopa de algas. Sírveme a mí también —pidió con un tono meloso artificialmente dulce.
Diego, ya recuperado, respondió sin mirar a su nuera.
—¿No acabas de decir que estabas harta de toda esta comida, Clara? ¿Por qué pides más?
El rostro de Clara se encendió. Se sentía acorralada por su propio suegro.
—Lo que quiero decir es... que quiero que Dominic me dé de comer en la boca, papá —dijo torpemente.
Zoey, que había estado masticando a gusto, de pronto miró a Clara con ojos escrutadores.
—Tita mala, no comas esa sopa. Te puede dolel la panza si comes de todo al monto. ¿No dijiste que estabas abulida? —soltó Zoey—. Dejá que tita Key se coma todo. Tita Key va a tenel un bebé, así que tiene que comel mucho pala que el bebé no pase hamble en la panza. Como tita mala no quiele tenel bebés, con tomal agua alcanza, ¿no?
¡Tum!
La mesa quedó en un silencio sepulcral tras las palabras de Zoey.
Clara se quedó petrificada, los ojos como platos mirando a Zoey, que volvió a sus cucharadas de arroz tan tranquila.
Las palabras de aquella niña de cinco años habían dado justo en el punto más débil de Clara: su negativa a darle descendencia a Dominic hasta el día de hoy.
Dominic esbozó una sonrisa muy tenue, casi imperceptible. Acarició la cabeza de Zoey con orgullo.
—Niña lista.
Clara sintió que iba a explotar en ese mismo instante. Miró a Keyla, que tenía la cabeza gacha, y luego a Dominic, que no la defendía en absoluto.
—¿Todos... todos me están acorralando?
—Ya basta, Clara. Si no tienes apetito, vuelve a tu habitación. No arruines la cena de Zoey. Ya sabes cómo se pone cuando se enfada, ¿no? —dijo Elise con firmeza.
Clara se levantó de golpe y caminó hacia su habitación cerrando la puerta de un portazo.
—¡Todo esto por culpa de esa mujerzuela!
¡Crash!
Clara barrió de un manotazo todos los frascos de perfume caro, que estallaron en pedazos contra el suelo. Su respiración era un jadeo, el pecho subía y bajaba conteniendo una rabia que le calcinaba la cordura.
Desde la llegada de Keyla, su mundo perfecto se había derrumbado de golpe. La atención de Dominic, el respaldo de sus suegros, incluso el cariño de Zoey: todo le había sido arrebatado por la hermanastra a la que consideraba basura.
—¡Arg! ¿Por qué pasó esto? ¿Por qué todos la defienden? —gritó Clara histérica frente al espejo, contemplando su propio rostro ya hinchado por la emoción.
Cada palabra envenenada que había lanzado en la cena parecía rebotar contra su propia cara.
La indiferencia de Dominic era la herida más profunda que había sufrido en cinco años de matrimonio.
—Mamá tiene razón: ¡Keyla es una maldición andante! ¡Es un parásito que está destruyendo mi vida! —Clara aferró el borde del tocador hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Ya verás, no voy a dejarte vivir en paz en esta casa. Si yo tengo que hundirme, tú te hundirás mil veces peor.
Una mueca siniestra asomó en su rostro. Un plan siniestro empezó a tomar forma en su cabeza para deshacerse de Keyla antes de volar a París a la mañana siguiente.