Desperté años en el pasado con una misión: eliminar al futuro Rey Demonio.
Sin embargo, cuando lo encontré, era solo un bebé.
Un bebé demasiado inteligente.
Un bebé que conocía mi nombre.
Un bebé que me miró con tristeza y susurró:
—Te encontré otra vez, mamá
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El monstruo bajo la cama
La mañana comenzó con un grito.
Un grito aterrador.
Un grito desesperado.
Un grito capaz de despertar a todo el pueblo.
—¡¡¡MAMÁAAAAAAAAA!!!
Lyra cayó de la cama.
—¿QUÉ PASÓ?
Lucien señaló debajo de su cama.
Con el rostro completamente pálido.
—Hay algo ahí.
La habitación quedó en silencio.
—¿Algo?
—Sí.
—¿Qué cosa?
—No lo sé.
—¿Y cómo sabes que hay algo?
—Porque me está mirando.
Lyra sintió un escalofrío.
No porque creyera que hubiera un monstruo.
Sino porque Lucien jamás parecía asustado.
Nunca.
Era la primera vez que veía miedo real en sus ojos.
Y eso era preocupante.
Muy preocupante.
—Quédate aquí.
—No.
—Lucien.
—Si mueres voy contigo.
—Voy a mirar debajo de una cama, no a enfrentar un dragón.
—Uno nunca sabe.
Maldito niño.
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Armándose de valor, Lyra se arrodilló lentamente.
Miró debajo de la cama.
Y encontró...
—...
—...
—¿Qué es?
—Un calcetín.
—¿Un qué?
—Un calcetín.
—¿Eso era?
—Sí.
Lucien parpadeó.
—Es enorme.
—Es un calcetín normal.
—Tiene aura maligna.
—Tiene agujeros.
—Exactamente.
—No funciona así.
Lucien cruzó los brazos.
—Seguimos sin saber si era amigable.
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Una hora después abandonaron la posada.
El pueblo ya estaba completamente despierto.
Los comerciantes abrían sus negocios.
Los niños corrían por las calles.
Y varias ancianas saludaron inmediatamente a Lucien.
—¡Qué lindo niño!
—Gracias.
—¿Dónde está tu mamá?
Lucien señaló a Lyra.
Lyra siguió caminando.
Ya había dejado de luchar.
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Mientras atravesaban el mercado, algo llamó la atención del pequeño demonio.
Un puesto de dulces.
Cientos.
Miles.
Montañas enteras de dulces.
Lucien se quedó inmóvil.
Hipnotizado.
—No.
—Pero todavía no dije nada.
—No.
—Solo uno.
—No.
—Medio.
—No.
—Un cuarto.
—No.
—Eres cruel.
—Gracias.
—Eso tampoco era un cumplido.
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Cinco minutos después.
Lucien estaba comiendo dulces.
Lyra decidió no preguntarse cómo había ocurrido.
No quería saberlo.
Probablemente era mejor para su salud mental.
---
Cuando salieron del pueblo, el camino comenzó a cambiar.
Los árboles se volvieron más altos.
Más densos.
Más oscuros.
La luz del sol apenas atravesaba las ramas.
Y el aire parecía extrañamente frío.
—No me gusta este bosque.
Lyra observó alrededor.
Ella tampoco recordaba ese lugar.
Lo cual era extraño.
Muy extraño.
Porque en su vida anterior había recorrido casi todo el reino.
—Tal vez tomamos un camino equivocado.
—No.
—¿No?
—Ya estuvimos aquí.
Lyra se detuvo.
—¿Qué?
Lucien parecía concentrado.
Observando los árboles.
Escuchando algo invisible.
—Sí.
—¿Cuándo?
Silencio.
—En otra vida.
El corazón de Lyra dio un pequeño salto.
Otra vez.
Siempre otra vez.
Pero antes de que pudiera preguntar más...
Escucharon un llanto.
Un llanto infantil.
Débil.
Lejano.
Y lleno de miedo.
Lyra reaccionó inmediatamente.
—¿Escuchaste eso?
—Sí.
—Hay alguien ahí.
—Lo sé.
Corrieron.
Atravesaron arbustos.
Saltaron raíces.
Y finalmente llegaron a un pequeño claro.
Allí encontraron a una niña.
No tendría más de cinco años.
Estaba sola.
Llorando.
Abrazando un muñeco de tela.
—Hola.
La niña levantó la cabeza.
—M-mi mamá...
—Tranquila.
Lyra se acercó despacio.
—¿Estás perdida?
La pequeña asintió.
—No encuentro el camino.
Lucien observó alrededor.
Demasiado serio.
Demasiado atento.
Algo no le gustaba.
Y cuando Lucien se ponía serio...
Era mejor preocuparse.
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—Vamos a ayudarte.
La niña sonrió.
Y por un instante todo pareció normal.
Hasta que el bosque respondió.
Un susurro.
Luego otro.
Y otro.
Las sombras comenzaron a moverse.
Lyra se giró rápidamente.
—¿Qué fue eso?
El viento se detuvo.
Los pájaros dejaron de cantar.
Y el silencio cayó sobre el bosque.
Un silencio antinatural.
Pesado.
Asfixiante.
Lucien agarró su mano.
Con fuerza.
Mucha fuerza.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Ahora.
Por primera vez desde que lo conocía...
Lucien parecía realmente nervioso.
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Entonces apareció.
Una figura alta.
Demasiado alta.
Oculta entre los árboles.
Sin rostro.
Sin ojos.
Sin expresión.
Solo una silueta negra observándolos desde la distancia.
La niña comenzó a llorar nuevamente.
—Viene otra vez...
Lyra sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué es eso?
—No lo sé.
Y era verdad.
Jamás había visto algo así.
La figura no avanzó.
Solo permaneció inmóvil.
Observándolos.
Como si estuviera esperando algo.
Como si estuviera decidiendo.
—Lucien.
—Lo veo.
—¿Lo conoces?
El pequeño negó con la cabeza.
Pero algo en su mirada decía lo contrario.
---
La figura dio un paso.
Y el bosque entero tembló.
Las hojas cayeron.
Las ramas se sacudieron.
La temperatura descendió de golpe.
La niña comenzó a llorar con más fuerza.
—¡Tengo miedo!
Instintivamente Lyra la abrazó.
Y en ese momento ocurrió algo extraño.
Muy extraño.
La sombra se detuvo.
Completamente.
Como si hubiera visto algo inesperado.
Como si aquella acción hubiera cambiado algo.
—¿Qué...?
Lucien también parecía confundido.
La figura permaneció inmóvil unos segundos.
Luego retrocedió.
Un paso.
Dos pasos.
Tres.
Y desapareció entre los árboles.
Sin hacer ruido.
Sin dejar rastro.
Como si nunca hubiera estado allí.
---
Nadie habló durante varios minutos.
Ni Lyra.
Ni la niña.
Ni siquiera Lucien.
Finalmente fue él quien rompió el silencio.
—Eso no pasó antes.
—¿Qué?
—Nunca se fue.
Lyra sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Lucien bajó la mirada.
Pensativo.
Muy pensativo.
—Significa que algo cambió.
—¿Algo bueno?
—No lo sé.
Y esa respuesta era mucho peor.
---
Al anochecer encontraron a los padres de la niña.
Las lágrimas.
Los abrazos.
Los agradecimientos.
Todo fue tan emotivo que incluso Lyra terminó sonriendo.
Mientras tanto...
Lucien estaba ocupado.
—¿Qué haces?
—Aceptando regalos.
—¿Qué regalos?
—Todos estos.
Lyra observó horrorizada.
Tenía:
Tres bolsas de dulces.
Una manta.
Un pastel.
Dos manzanas.
Y un pato.
—¿Por qué tienes un pato?
—Me eligió.
—Eso no responde mi pregunta.
—Tampoco la empeora.
---
Esa noche acamparon bajo las estrellas.
El fuego crepitaba suavemente.
Lucien dormía abrazado al pato.
Porque aparentemente ahora tenían un pato.
Lyra ya no tenía energía para discutirlo.
Sin embargo...
Mientras observaba las llamas...
No podía dejar de pensar en la figura del bosque.
En aquella cosa sin rostro.
Y en las palabras de Lucien.
"Eso no pasó antes."
Porque cada vez quedaba más claro que había algo mucho más grande ocurriendo.
Algo que ni siquiera el pequeño demonio parecía comprender.
Y por primera vez...
Lucien no era el único que tenía miedo de lo que pudiera venir.