En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.
Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.
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capitulo 17
La luz crepuscular se filtraba entre los ventanales góticos del despacho privado, tiñendo el suelo de madera y la alfombra de un rojo sombrío. El olor a pólvora quemada de la batalla del día anterior había sido reemplazado por el olor acre del vinagre medicinal, el alcohol y las hierbas secas que Evelyn había dispuesto sobre la mesa de centro.
William permanecía sentado en un gran sillón de cuero oscuro, con el torso desnudo a medias. La gruesa venda de lino blanco que rodeaba su hombro izquierdo comenzaba a teñirse ligeramente de rosa, pero su postura, lejos de reflejar la invalidez de un herido, conservaba una rigidez casi militar. Tenía la cabeza apoyada contra el respaldo y los ojos cerrados, marcados por sombras de cansancio y fiebre que sus facciones duras intentaban disimular.
Evelyn terminó de recoger los frascos de tintura. Sus manos, habitualmente precisas, se movían con un leve temblor. El silencio entre ambos no era el abismo helado de los primeros días, sino una tregua frágil, un espacio saturado por la revelación de la caja de madera y la cicatriz en el antebrazo.
—Puedes preguntar —dijo William sin abrir los ojos. Su voz, un murmullo bajo y rasposo por la fiebre, rompió el aire como una orden suave.
Evelyn se detuvo con un frasco de manzanilla entre los dedos. Lo miró, fijándose en la tensión de su mandíbula y en el ritmo pausado pero pesado de su respiración.
—¿Qué dijiste?
—Sé que tienes preguntas, Evelyn —dijo él, abriendo despacio los ojos. El azul de sus pupilas brillaba con una claridad Febril y penetrante que la fijó en el sitio—. Te conozco. Estás analizando cada pedazo de esta casa, buscando una lógica que encaje con lo que crees saber de mí. Dijiste que no eras como yo... así que pregunta. Hoy te daré respuestas.
Evelyn dejó el frasco sobre la mesa con un chasquido de vidrio. Se cruzó de brazos, buscando en la distancia una protección que sabía ilusoria.
—¿Por qué Asque? —preguntó, y su voz no llevó la rabia de los discursos de la plaza, sino una duda sincera que le quemaba por dentro—. ¿Por qué te convertiste en esto, William? ¿Por qué elegiste la crueldad, las ejecuciones, el terror sobre miles de personas que solo intentan sobrevivir? El niño que conozco arriesgó su vida por una caminata en la nieve y un pedazo de pan rancio. ¿En qué momento decidiste que la sangre de inocentes era la única forma de gobernar?
William la miró en silencio durante un largo trecho. Un gesto imperceptible, una sombra de amargura, cruzó por la comisura de sus labios. Con un esfuerzo que le hizo apretar los dientes para no exteriorizar el dolor del hombro, se incorporó un poco en el sillón.
—Tú ves a Asque como un hogar castigado por un tirano —empezó William, su mirada perdiéndose hacia el ventanal que daba al precipicio del río—. Ves a la gente del sector sur como víctimas puras y a la élite de la Unión como monstruos vestiditos de seda. Pero no conoces las tripas de esta ciudad, Evelyn.
Se pasó la mano derecha por el rostro, limpiando las gotas de sudor de su frente.
—Asque no es una ciudad; es un nido de víboras enroscadas sobre su propia podredumbre —continuó, con una voz desprovista de emoción, helada en su objetividad—. Cuando la Unión me entregó el mando de este sector tras la caída de las provincias, encontré un lugar donde los mercaderes vendían niños al sector norte a cambio de grano, donde los señores del consejo financiaban a bandas clandestinas para quemar los barrios pobres y subir el precio de la tierra, y donde la resistencia no dudaba en colocar bombas en los mercados con tal de desestabilizar al gobierno, sin importarles cuántas madres o niños murieran en el proceso.
Evelyn apretó las manos en puños, sintiendo que la indignación pugnaba por emerger, pero él no le dio espacio para interrumpir.
—Si no fuera crueldad, si no fuera por este puño de hierro que aplasta a cualquiera que intente dar un paso fuera de la línea, Asque no sería libre —dijo William, fijando sus ojos en los de ella con una convicción aterradora.
—. Asque se devoraría a sí misma en una guerra civil de tres días. La gente no quiere libertad, Evelyn; la gente quiere seguridad. Y para darles esa seguridad, la ciudad necesita un monstruo en la cúspide. Un monstruo tan terrible que haga que los demás monstruos prefieran obedecer por miedo a ser exterminados.
—¿Y asumiste ese papel por altruismo? —reprochó ella, con una risa amarga—. ¿Nos pides que te agradezcamos la jaula porque afuera hay lobos? Tú te convertiste en el lobo alfa, William.
—Lo asumí porque era el único con el valor de sangrar y de hacer sangrar para mantener la estructura en pie —replicó él, su voz subiendo un tono, vibrando con una fuerza que hizo que la luz de la vela parpadeara.
—. Tú curas heridas en la botica, Evelyn. Te compadeces de cada cicatriz, de cada fiebre. Pero una ciudad no se cura con cataplasmas de tomillo. Una ciudad se cura cortando la extremidad gangrenada antes de que el veneno llegue al corazón. Mi crueldad no es un placer; es un mecanismo de defensa. El único que evita que este imperio entero colapse sobre la cabeza de todos ustedes.
Evelyn se quedó sin aliento. Miró el rostro iluminado por el fuego del Comandante. No vio en sus facciones la locura de un sádico ni la ambición vulgar de los generales que había conocido en el tribunal. Vio una devoción oscura, una lógica aplastante y suicida que lo había llevado a encadenarse a su propia tiranía.
Él no buscaba el perdón de la ciudad, ni el de ella. Había construido su propia condena, convirtiéndose voluntariamente en el chivo expiatorio de todo el odio de Asque para sostener un orden precario. Su crueldad no era un desborde de rabia; era un muro de contención diseñado por una mente quebrada por la pérdida de su infancia.
—Te destruiste a ti mismo para construir este castillo —susurró Evelyn, sintiendo un vacío helado en el estómago al comprender la magnitud de su prisión mental—. Te convertiste en la tormenta para que nadie más pudiera volver a quemarte.
William la observó en silencio, sus ojos reflejando una sombra de agotamiento infinito. No desmintió sus palabras.
—Si bajo la guardia un solo día, si muestro una paja de debilidad, la gente como el General Marcus o la resistencia del sur despedazarán lo que queda de este lugar —dijo él, volviendo a apoyar la cabeza en el cuero—. Incluyéndote a ti.
Evelyn no respondió. Dio un paso atrás, mirando sus propias manos. La imagen del tirano que había odiado con tanta fe durante meses comenzó a agrietarse, dejando al descubierto una verdad mucho más trágica y peligrosa: no estaba luchando contra un enemigo fácil de destruir, sino contra un hombre que había hecho de su propio sufrimiento la única ley de la ciudad.