Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 4: ¿Y ahora yo qué hice?
Los murmullos comenzaron a crecer como una ola contenida.
Primero fueron susurros sueltos. Luego miradas cruzadas. Después, ese silencio incómodo que siempre aparece justo antes de que algo explote.
Nadie se movía. Nadie quería ser el primero en entrar a la boca del lobo.
El director volvió a golpear la mesa con la palma abierta.
—¡He dicho que TODOS a mi oficina!
Ahora sí.
Las sillas chirriaron, los teclados se apagaron a toda prisa y la oficina entera se levantó como si hubiera sonado una alarma de incendio. Nadie caminaba, todos casi corrían, evitando contacto visual, como si el simple hecho de mirar a alguien pudiera hacerlos responsables de algo más.
La mujer soltó un suspiro largo mientras se ponía de pie.
—Genial… apenas ha pasado una hora y ya me quiero ir —murmuró.
A su lado, Noox caminaba con una calma insultante, como si estuviera paseando por un parque y no rumbo a una ejecución laboral. Desde que la conocía, no recordaba haberla visto nerviosa. Era de ese tipo de personas que no pedían permiso ni perdón, y que parecían inmunes a las consecuencias… o simplemente ya habían decidido que no les importaban.
—No te preocupes —dijo Noox, sin siquiera mirarla—. Se ve que este día va a ser divertido.
—“Divertido” no es la palabra que yo usaría…
—Depende del ángulo —respondió Noox encogiéndose de hombros—. Si todo va a salir mal, al menos que sea entretenido.
La mujer no supo si admirarla o preocuparse por ella.
Entraron a la sala de reuniones.
El ambiente era pesado, casi denso. Todos tomaron asiento con rapidez, buscando lugares como si el orden pudiera protegerlos de lo que venía. La mujer eligió una silla al fondo, pegada a la pared, lo más lejos posible del centro del problema.
Noox, en cambio, caminó directo hacia la parte frontal… y se sentó justo enfrente de Alejandrina.
Alejandrina evitó su mirada de inmediato, cruzándose de brazos con una sonrisa tensa.
Noox la observaba como quien espera el momento exacto para empujar una ficha de dominó.
Pero el director empezó a hablar antes de que pudiera hacerlo.
La mujer suspiró en silencio, mientras tanto, sacó su libreta del bolso. Si la iban a obligar a estar ahí, al menos podía fingir que no estaba.
Abrió una página en blanco: “Boceto del proyecto del gimnasio…”
El encargado del gimnasio al que la empresa ayudaba le había pedido ideas para una campaña visual. Algo simple. Algo que no involucrara gritos.
“Colores… energía… movimiento…”
Su mano comenzó a trazar líneas automáticas mientras el mundo seguía explotando alrededor.
—Prefiero ignorar esto —pensó—. Mientras tanto puedo avanzar algo útil…
El director seguía hablando. Alejandrina defendía su versión. Noox sonreía con esa calma peligrosa.
Y la mujer, por un segundo, logró desaparecer dentro de su propia cabeza.
Hasta que ocurrió.
—Es culpa de Dayana.
La frase cayó en la sala como un objeto mal lanzado.
Silencio absoluto. Todos voltearon a verla.
La mujer levantó la cabeza lentamente.
Parpadeó.
Procesó.
Y luego habló, sin emoción, casi por reflejo:
—¿Y ahora yo qué hice?