Luciano creía ser un arqueólogo común, hasta que unas ruinas antiguas lo transportaron a un mundo de magia, monstruos y profecías. Allí, el Vigilante del Sello ve en él al gemelo perdido de una leyenda. Para sobrevivir, Luciano deberá dominar una magia ligada a sus emociones y forjar alianzas inesperadas. Pero su regreso ha despertado un viejo rencor: Blake Kane, su propio hermano gemelo, lo busca consumido por el odio y los celos. Mientras una antigua calamidad amenaza con destruirlo todo, ambos hermanos avanzan hacia un reencuentro que podría salvar el mundo... o reducirlo a cenizas. ¿Podrá Luciano reclamar su verdadero destino?
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CAPÍTULO 19 - El lago que recuerda
Vaelira reconoció el miedo dentro de la muestra porque no pertenecía a quien la sostenía.
El agua temblaba cada vez que Luciano se alejaba del recipiente y se calmaba cuando volvía a acercarse. No reaccionaba a su magia. Reaccionaba a la posibilidad de ser abandonada.
Era una emoción humana atrapada dentro de Nymara.
La Red del Umbral comparó la firma con registros de expediciones desaparecidas. Encontró una coincidencia: seis aventureros enviados al lago Serev un mes atrás para investigar pérdidas de memoria entre pescadores. Ninguno había regresado.
Edran autorizó la expedición con una condición.
—Luciano no tocará el agua.
—Parece una restricción difícil de cumplir en un lago —respondió él.
—Entonces demuestra imaginación sin utilizar Viento.
Vaelira apoyó la orden. Dos Nexos recientes ya tensaban el cauce de Luciano; exponerlo a emociones almacenadas podía mezclar recuerdos antes de que aprendiera a diferenciarlos.
Él aceptó sin discutir.
Eso empezaba a resultar más importante que sus disculpas.
El lago Serev ocupaba una depresión rodeada por árboles blancos. No había oleaje, insectos ni reflejos. El agua permanecía lisa incluso cuando el viento movía las ramas.
Nyra recorrió la orilla y encontró seis campamentos superpuestos. Kargan aseguró la ruta de retirada. Luciano utilizó Tierra desde una distancia prudente para localizar cavidades bajo el lecho.
Vaelira abrió Savia Carmesí.
Los segmentos rojos de la lanza corta se separaron y formaron una vara médica. De ella nacieron filamentos de Madera y Luz, finos como venas, que se extendieron sobre la superficie sin penetrarla.
El primer pulso le entregó dolor de cabeza.
El segundo, nostalgia por una casa que nunca había visto.
El tercero le mostró unas manos masculinas hundiendo un recipiente azul en el lago.
Vaelira cortó el contacto.
—La muestra fue extraída aquí.
—¿Por uno de los desaparecidos? —preguntó Nyra.
—No. La memoria no coincide con ninguna firma registrada por la Red.
Luciano observó el agua.
—¿Puede un lago recordar a todos los que lo tocan?
—Agua distribuye emociones y memoria —explicó Vaelira—. En condiciones normales conserva impresiones débiles. Alguien convirtió este lugar en un recipiente.
—¿Para qué?
—Para guardar recuerdos. O para quitárselos a sus dueños.
La idea le recordó los registros médicos de Saer-Nareth: historiales alterados, pacientes reducidos a números útiles y pruebas que desaparecían cuando amenazaban a familias respetadas. Vaelira había aprendido que borrar una verdad podía ser tan eficaz como matar a quien la conocía.
Su linaje llamaba prudencia a elegir qué pacientes merecían recursos. Los nobles recibían Luz, transfusiones y nombres en archivos protegidos; los demás quedaban bajo descripciones vagas que nadie podía reclamar. Vaelira denunció aquella práctica y terminó convertida en el problema que los registros necesitaban ocultar. Desde entonces desconfiaba de toda memoria conservada por una institución que también decidía quién podía consultarla.
El lago hacía algo parecido sin distinguir riqueza ni apellido. Guardaba cada emoción hasta borrar a la persona que la había sentido. Aquello no lo volvía justo. Solo volvía impersonal la crueldad.
Luciano notó su silencio.
—¿Qué necesitas?
No preguntó qué le ocurría ni intentó decidir por ella.
—Un mapa del fondo. Necesito separar los pulsos por profundidad.
Luciano clavó Estrato en tierra seca y activó Terrak. El sondeo no entró en el agua; recorrió la cuenca de piedra que la contenía. Dibujó desniveles, canales y una estructura circular en el centro.
—Hay ruinas debajo.
—Siempre encuentras ruinas —dijo Nyra.
—Empiezo a sospechar que ellas me encuentran a mí.
Vaelira conectó sus filamentos a los puntos que Luciano marcaba. Tierra fijó la geometría; Savia Carmesí leyó las emociones sin permitir que se mezclaran. Trabajaron durante varios minutos sin necesitar nuevas instrucciones.
La estructura sumergida tenía ocho pilares y un anillo central. No era idéntica a Cava Rossa, pero utilizaba la misma lógica radial.
—Pulso en el tercer pilar —dijo Luciano.
Vaelira dirigió un filamento.
Una memoria salió del lago.
Seis aventureros caminaban sobre una plataforma que ya no existía. Uno sostenía la muestra azul. Otro leía una inscripción. Cuando pronunció la última palabra, el agua ascendió alrededor del grupo sin mojarlos.
Después cada persona comenzó a olvidar por qué había llegado.
La escena se repitió desde distintos puntos de vista. Miedo, confusión y dependencia se mezclaron hasta que Vaelira dejó de distinguir cuáles emociones observaba y cuáles estaba sintiendo.
El dolor de los desaparecidos recorrió Savia Carmesí. Uno había olvidado el rostro de su hija; otra repetía el nombre de un compañero sin recordar por qué le importaba. Vaelira sintió ambas pérdidas instalarse detrás de sus propios recuerdos. Durante un instante no pudo reconocer si la rabia contra Saer-Nareth era suya o pertenecía a alguien atrapado bajo el agua.
Savia Carmesí tiró de sus manos hacia el lago.
El complejo de salvadora llegó disfrazado de certeza: si abría más su cauce, podía cargar el dolor de los seis y liberar sus recuerdos.
Vaelira avanzó un paso.
—Detente —dijo Luciano.
Ella lo miró.
—No voy a tocarte —añadió—. Dime qué necesitas para salir.
La diferencia importaba.
—Corta mi visión del tercer pilar. Con Viento, no con Tierra.
Luciano activó Vaelun. Proyectó la hoja de Estrato por encima del agua y curvó el cable alrededor del filamento carmesí sin alcanzarlo. La corriente rompió la conexión emocional.
Vaelira retrocedió por decisión propia.
El lago devolvió seis gritos.
Kargan levantó Bastión. Bajo la superficie aparecieron siluetas humanas caminando en círculos alrededor del anillo. Estaban vivas, pero sus recuerdos se habían distribuido por todo el lago.
—Podemos sacarlos —dijo Vaelira—. No todavía. Si rompemos el recipiente sin devolver sus memorias, quedarán vacíos.
—Entonces encontraremos cómo hacerlo —respondió Luciano.
No prometió salvarlos solo. Vaelira registró ese cambio.
Nyra encontró marcas recientes en un árbol: alguien había observado el lago después de la desaparición. Las huellas estaban borradas con la misma técnica de Lethar y de la esfera de Viento.
—Nos están guiando de un material a otro —dijo.
Vaelira cerró Savia Carmesí y guardó una copia controlada del pulso. Cuando se volvió hacia Luciano, él permanecía inmóvil frente al agua.
—¿Qué ocurre?
—Alguien habló.
—Todos escuchamos los gritos.
—No fue uno de ellos.
Una corriente recorrió el lago sin alterar la superficie. Luciano se llevó una mano al pecho, justo donde las cicatrices de la brecha cruzaban su piel.
—Dijo una palabra.
Vaelira esperó.
Luciano miró la estructura de ocho pilares.
—Kane.