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MAHUA

MAHUA

Status: En proceso
Genre:Aventura / Magia y demonio / Romance
Popularitas:148
Nilai: 5
nombre de autor: melany ayelen tschentscher

Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia.

NovelToon tiene autorización de melany ayelen tschentscher para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4: "MAR DE LOS CIELOS"

El mapa no está dibujado en papel.

Está dicho.

Y eso lo hace más peligroso.

—No hay caminos marcados —dice el hombre, apoyando ambas manos sobre la mesa—. Solo referencias. Si te pierdes… no hay forma de volver.

La mujer no habla de inmediato. Me observa como si no estuviera mirando mi rostro, sino algo debajo, algo que ni yo entiendo del todo.

El fuego entre nosotros chisporrotea bajo, casi agotado.

—Primero —continúa él—, debes llegar al puerto. Lo llaman el Puerto de Ceniza. Está al sur, siguiendo el valle muerto. No te desvíes.

—¿Y después?

—Después cruzas el mar.

Frunzo el ceño.

—¿Qué mar?

La mujer sonríe levemente.

No es una sonrisa amable.

—El que no pertenece a la tierra.

El silencio se estira.

—El Mar de los Cielos —añade ella finalmente.

El nombre me eriza la piel.

—No es agua como la conoces —dice—. No fluye… flota.

Intento imaginarlo, pero mi mente se niega.

—Necesitarás un navegante —agrega el hombre—. Nadie cruza ese lugar sin uno.

—¿Y los Antais?

La expresión de ambos cambia.

Más seria.

Más… cuidadosa.

—Están más allá del mar —dice la mujer—. Donde el mundo se adelgaza.

Otra de esas frases que no explican nada… pero lo dicen todo.

Asiento lentamente.

No necesitaba comprenderlo de inmediato, más solo necesitaba llegar.

—¿Puedo preguntar algo? —digo finalmente.

La mujer levanta la mirada. Sus ojos no son duros, pero tampoco suaves. Son… antiguos.

—Puedes preguntar.

Trago saliva.

—¿Hay… más como yo?

El silencio cae de inmediato.

No es sorpresa.

—¿A qué te refieres? —pregunta el hombre, aunque sé que entendió.

—Personas —insisto—. Humanos.

La palabra suena extraña aquí. Muy lejano.

—Que hayan cruzado… que hayan sobrevivido… —mi voz apenas se quiebra—. ¿O soy la única?

La mujer y el hombre se miran.

Y eso me da la respuesta antes de que hablen.

—No lo sabemos —dice ella finalmente.

Eso duele más de lo que esperaba.

—¿Cómo que no lo saben?

—Sabemos que no deberías existir aquí —añade el hombre—. Eso ya es suficiente problema.

Aprieto los dientes.

—Eso no responde mi pregunta.

La mujer da un paso hacia mí. Me observa con una intensidad distinta ahora.

No como alguien extraño. Si no, como alguien… raro.

—Hemos visto otros —dice lentamente—. No muchos.

Mi corazón se detiene.

—¿Aún están vivos?

Ella no responde de inmediato.

—No como tú.

El aire se vuelve pesado.

—¿Qué significa eso?

—Significa —interviene el hombre— que los pocos que cruzan… cambian.

Un escalofrío me recorre.

Instintivamente llevo la mano al pecho.

—Algunos olvidan quiénes eran —continúa la mujer—. Otros dejan de… sentirse humanos.

Sus palabras no son crueles.

Son sinceras.

Y eso es peor.

—¿Y yo? —pregunto.

Silencio.

—Aún estás preguntando —dice ella.

No sé si eso es una buena señal.

La conversación cambia, pero algo dentro de mí no.

La duda se queda.

¿Soy la única?

¿O soy solo… la que aún no se ha perdido?

La mujer se levanta entonces. Sus pasos son silenciosos, pero cada uno parece pesar más que el anterior. Se detiene frente a mí.

—Antes de que te vayas…

Extiende la mano.

—Muéstrame.

No entiendo.

—¿Qué cosa?

Sus ojos apenas brillan.

—Lo que trajiste contigo.

El tirón en mi pecho responde automático e inquietante.

Lo dudo por un instante.

Pero levanto la mano hacia mi cuello, hacia la clavícula… donde ese latido extraño aparece cuando lo llamo.

Cuando pienso en él.

Cuando tengo miedo.

Aparto la tela sucia que aún llevo.

Y la veo.

No recuerdo cuándo apareció.

Ni cómo.

Pero está ahí.

Una marca.

No es una herida.

No es un tatuaje.

Es… algo vivo.

Se extiende desde el centro del pecho hacia un lado, como raíces finas, oscuras, que parecen moverse apenas bajo la piel. En su núcleo hay una forma más densa, casi como un ojo cerrado.

La mujer inhala suavemente.

El hombre maldice en voz baja.

—Ya está sellado —dice ella.

—¿Qué significa eso? —pregunto, con la voz más baja de lo que quisiera.

La mujer no aparta la mirada.

—Que no estás viajando hacia tu destino.

Hace una pausa.

—Estás cumpliéndolo.

El frío vuelve.

No el del exterior.

El de adentro.

—Eso no cambia nada —respondo.

Pero mi voz no suena tan firme como antes.

—Lo cambia todo —dice el hombre.

—Entonces tendré que cambiar yo también.

La mujer me observa unos segundos más.

Luego asiente.

Como si hubiera tomado una decisión.

—Ven conmigo.

La sigo hacia otra habitación.

Más pequeña.

Más ordenada.

Hay telas colgadas, pieles, prendas dobladas con un cuidado casi ritual. El olor aquí es distinto: hierbas, humo suave, algo dulce que no logro identificar.

—No puedes cruzar el Mar de los Cielos con harapos —dice mientras revisa un arcón—. Ese lugar… responde a lo que llevas.

—¿Responde?

—A lo que eres.

Hace una pausa.

—Podremos ser seres divinos, pero recuerda esto, tu cuerpo es el ancla, si mueres aquí, mueres allá.

No me gusta eso, pero la conciencia es poderosa y algo prendió equéi.

— Eso quiere decir, ¿que el tren jamás se detuvo?

Ya es una costumbre ese silencio sin respuestas.

Saca finalmente un conjunto de ropa.

Lo extiende frente a mí.

Es… extraño.

Hermoso.

Un vestido largo, de telas ligeras pero resistentes, en tonos blancos que se mezclan con matices suaves de rosa y morado, como si hubiera sido teñido con amaneceres. No parece hecho para este mundo frío.

Y, sin embargo…

se siente correcto.

—Póntelo.

Dudo.

—¿Por qué esto?

La mujer me mira.

—Porque no vas a sobrevivir siendo quien eras.

No responde más.

Me cambio.

La tela es suave contra la piel, pero firme. Se ajusta sin apretar, como si conociera mi cuerpo mejor que yo.

Cuando salgo, el hombre me observa en silencio.

—Ahora sí pareces alguien que podría cruzar —dice.

No sé si eso es bueno.

La mujer añade algo más.

El sombrero es el último detalle.

—Esto no es adorno —dice ella—. Te ayudará cuando el cielo deje de ser cielo. —y a no perderte del todo —

—¿Del todo?

No responde.

Por supuesto que no.

Parto al amanecer.

No hay despedidas largas.

No hay promesas.

Solo instrucciones, miradas tensas… y una advertencia final.

—No confíes en lo que te llame por tu nombre —dice el hombre.

—Y no ignores al que no lo haga —añade la mujer.

Camino sin mirar atrás.

Porque si lo hago…

tal vez no me vaya.

El valle muerto es exactamente lo que su nombre promete.

No hay árboles.

No hay animales.

Eso es lo peor.

El silencio.

Mis pasos suenan demasiado fuerte, como si estuviera invadiendo un lugar que no quiere ser recorrido.

El cielo es gris, pesado.

No cambia.

No avanza.

Como si el tiempo aquí estuviera detenido… o repitiéndose.

El valle muerto no me recibe.

Me tolera.

El primer día, el frío vuelve.

Pero no es como antes.

Es más profundo.

Más silencioso.

No hay viento.

No hay sonido.

Solo ese vacío que parece absorber todo.

Camino.

Mis pasos crujen demasiado.

Como si estuviera rompiendo algo invisible, me precipito a encontrar un refugio en algún lugar entre las rocas frías.

Las palabras de esa mujer quedaron grabadas en mi.

—No puedo morir aquí.

El segundo día…

el clima cambia.

Sin aviso.

El cielo se oscurece de golpe.

El viento regresa, pero no como antes.

Este corta.

Araña.

La nieve cae en ráfagas horizontales, golpeando mi rostro como agujas.

No veo.

No escucho.

Solo siento.

Y sigo caminando.

Porque detenerme… es desaparecer.

—Mahua… —murmuro, más para no olvidar su nombre que por esperanza de respuesta.

El viento se lo lleva.

Pero yo lo repito.

Una y otra vez.

El hambre llega como un animal paciente.

No ataca de golpe.

Se instala.

Se queda.

Encuentro algo el tercer día.

Un cuerpo.

Pequeño.

Una criatura del valle.

Muerta.

Congelada.

Me detengo frente a ella.

La observo.

—¿Podría comer?

Debería.

Pero…

me arrodillo.

No sé por qué.

Tal vez porque sé lo que es ser encontrada así.

Sola.

Olvidada.

—Lo siento… —susurro.

No la dejo ahí.

La cubro con piedras.

Con movimientos torpes, lento.

Pero no la dejo expuesta.

El hambre sigue.

Pero algo en mí…

se niega a perder eso.

El cambio no llega de inmediato esta vez.

Primero…

el calor.

El aire cambia.

Se vuelve pesado.

Denso.

El frío desaparece de golpe.

El cielo se abre.

Y una luz intensa cae sobre el valle.

No es cálida.

Es sofocante.

El suelo comienza a agrietarse.

El hielo se derrite demasiado rápido.

El vapor sube en columnas espesas.

Respiro y me quema.

—¿Qué… es esto…?

No hay respuesta.

Nunca la hay.

Camino entre el vapor, apenas viendo.

Y entonces los escucho.

No desde afuera.

Golpes.

Algo empujando desde bajo la tierra blanda.

Retrocedo.

Demasiado tarde.

El primer ataque llega sin aviso.

Un sonido.

Leve.

A mi izquierda.

Me detengo.

Escucho.

Nada.

Sigo caminando.

Otro sonido.

Más cerca.

Un arrastre.

Me giro.

Nada.

Pero el aire cambia.

Ese olor…

lo reconozco.

Carne.

Vieja.

Húmeda.

—No… —susurro.

Salen del suelo.

No completamente.

Como si hubieran estado enterrados… esperando.

Las criaturas no son como las de la cueva.

Estas son más largas, más delgadas. Sus extremidades parecen demasiado largas para sus cuerpos, y su piel… no está completa. Hay zonas donde la carne está expuesta, pero no sangra.

Se mueven rápido.

Demasiado.

Una salta hacia mí.

Reacciono por instinto.

Me aparto.

Cae donde estaba un segundo antes.

El suelo cruje bajo su peso.

Otra viene por detrás.

Giro.

Levanto una piedra sin pensar.

Golpeo.

El impacto resuena en mis brazos.

La criatura retrocede, pero no cae.

No sienten dolor como deberían.

—¡Déjenme! —grito, aunque sé que no entienden.

O tal vez sí.

Tal vez entienden demasiado bien.

Se mueven en círculo.

Me rodean.

Tres.

No.

Cuatro.

Mi respiración se acelera.

No tengo armas.

No tengo experiencia.

Solo tengo…

El tirón.

En mi pecho.

Más fuerte ahora.

Como si respondiera al peligro.

Como si quisiera…

salir.

—No… —murmuro.

Una de las criaturas se lanza.

No hay tiempo.

Levanto el brazo por reflejo.

Y entonces—

Sucede.

No lo veo venir.

No lo entiendo.

Pero ocurre.

Algo se extiende desde mi pecho.

No físicamente.

Pero sí.

Una especie de sombra… o energía… oscura, que golpea a la criatura en el aire.

La lanza hacia atrás con violencia.

Choca contra el suelo y no se levanta.

Las otras se detienen.

No por miedo.

Por… reconocimiento.

El silencio cae.

Pesado.

Las criaturas retroceden lentamente.

Una a una.

Sin dejar de mirarme.

Y luego…

se van.

Desaparecen en la tierra.

Como si nunca hubieran estado.

Me quedo inmóvil.

Temblando.

Mi mano se aferra al pecho.

La marca late.

Fuerte.

Viva.

—¿Qué… fui yo? —susurro.

No hay respuesta.

Solo el eco de algo que empieza a despertar.

El calor desaparece.

Tan rápido como vino.

El valle vuelve a morir.

Sigo caminando.

Pero ahora…

cada paso pesa distinto.

Ya no soy solo alguien que busca.

Soy alguien que…

está cambiando.

Y no sé en qué.

Camino durante días resguardando cualquier peligro, cuando finalmente lo encuentro... veo el puerto…

no siento alivio.

Siento inquietud.

El Puerto de Ceniza no es un lugar vivo.

Es un lugar que sobrevive.

Estructuras torcidas, madera ennegrecida, embarcaciones que no deberían flotar… pero lo hacen.

Y más allá…

lo veo.

El Mar de los Cielos.

No es agua.

No es cielo.

Es ambos.

Una extensión infinita de superficie flotante, como nubes densas que se mueven lentamente, reflejando algo que no está arriba… ni abajo.

El horizonte no existe.

Solo… continuidad.

Mi estómago se contrae.

Tengo que cruzar eso.

Tengo que encontrar a alguien que me lleve.

Pero antes…

siento miradas.

Muchas.

Desde las sombras del puerto.

No soy bienvenida.

No soy desconocida.

Soy algo peor.

Algo que no deberían dejar entrar.

Aprieto los puños.

Respiro.

Y doy el primer paso dentro del puerto.

Buscando…

un navegante.

Y sabiendo…

que lo que venga ahora

va a intentar detenerme.

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