La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.
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CAPÍTULO 4: EL PRECIO DE LA PIEDAD
El gigante acorazado no caminaba; se desplazaba con una inercia pesada, cada paso hundiendo sus botas reforzadas en el asfalto quebrado del mercado. Elías Vane sintió que el aire se volvía más denso a medida que esa cosa se acercaba.
No era solo la presión atmosférica, era la intención asesina que emanaba de aquel Hijo de la Resonancia. Bajo las placas de metal remachadas a sus hombros, el micelio verde palpitaba como una red de venas expuestas, conectando la carne con el hierro en una unión blasfema.
—¡Jake, no dejes de disparar a los guardias de la periferia!
—rugió Elías por la radio, sin apartar los ojos de su oponente
—¡Este es mío!
El gigante levantó su maza de púas. El arma era un bloque de motor soldado a una barra de acero, una herramienta diseñada para triturar huesos a través de cualquier armadura. Con un rugido que sonó como el crujido de un bosque incendiándose, la criatura descargó el primer golpe.
Elías rodó hacia la izquierda. El impacto de la maza contra el suelo levantó una nube de esquirlas de hormigón y polvo. Si no se hubiera movido, Elías sería ahora una mancha roja en el suelo. Se puso de pie instantáneamente, aprovechando el momento en que la maza estaba clavada en el suelo para lanzar una estocada con su cuchillo de trinchera.
El acero de Marco buscó la unión entre el cuello y el casco del gigante. Elías sintió la resistencia: era como apuñalar un neumático de camión. La hoja penetró, pero no lo suficiente. Una savia negra y espesa brotó de la herida, y el gigante, en lugar de gritar de dolor, soltó una carcajada distorsionada que le heló la sangre al soldado.
—Tu acero... es pequeño... hombre de la montaña
—la voz de la criatura era una superposición de frecuencias, como si miles de insectos hablaran a la vez.
El gigante lanzó un revés con su brazo libre. Elías bloqueó con el antebrazo, pero la fuerza fue tal que sintió cómo el radio de su brazo izquierdo crujía. El impacto lo lanzó contra una jaula vacía, el metal resonando con un estruendo ensordecedor.
El dolor fue una explosión blanca en su cerebro, pero Elías no era un novato. Ignoró la náusea, rodó bajo la siguiente embestida y se puso en guardia, con la respiración pesada empañando el visor de su máscara.
—Elías, ¡tienes que salir de ahí!
—la voz de Jake sonaba desesperada por la radio
—¡Estoy intentando darte ángulo, pero los saqueadores me tienen inmovilizado!
—¡Concéntrate, Jake! ¡Limpia el flanco!
—respondió Elías, escupiendo un hilo de sangre dentro de su máscara.
Elías sabía que estaba en desventaja. Su cuerpo humano tenía límites, y el gigante frente a él parecía alimentarse del daño. Decidió cambiar de táctica. Guardó el cuchillo y desenfundó su pistola secundaria, disparando tres veces en rápida sucesión. No buscaba la cabeza; buscó la rodilla derecha, donde las placas de metal se unían con bisagras oxidadas.
Los disparos impactaron. El gigante flaqueó, su pierna cediendo por un segundo. Elías aprovechó la apertura. Corrió hacia él, se deslizó entre sus piernas y, con un movimiento de pura potencia, hundió su segunda daga en el talón de Aquiles de la criatura.
El gigante cayó de rodillas con un estruendo. Elías saltó sobre su espalda, rodeando el casco con su brazo sano y buscando el punto débil con su cuchillo. Estaba a punto de dar el golpe final, la hoja de acero estaba a milímetros de la médula expuesta...
Pero entonces, el gigante hizo algo inesperado. De sus poros empezó a brotar una nube de esporas concentradas, un gas violeta tan denso que cegó a Elías al instante. El soldado empezó a toser violentamente; aunque su máscara filtraba el aire, la concentración era tan alta que el filtro empezó a saturarse y a quemarse.
El gigante aprovechó la debilidad. Agarró a Elías por la pechera de su uniforme y lo estampó contra el suelo con una fuerza brutal. Elías sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Intentó levantarse, pero el gigante le puso una bota pesada sobre el pecho. Elías miró hacia arriba y vio la maza de púas levantada, lista para el golpe de gracia. Por primera vez en años, Elías Vane vio la sombra de la muerte reclamándolo.
—Se acabó... soldado
—susurró el gigante.
Un disparo de largo calibre restalló en el aire, pero no vino del fusil de Jake desde la cresta. Vino de apenas cinco metros de distancia.
La bala impactó directamente en el visor del casco del gigante, destrozando el cristal y la biomasa que había detrás. La criatura se tambaleó hacia atrás, soltando a Elías.
Jake apareció entre el humo de las explosiones. No estaba en la cresta. Había bajado, atravesando el fuego y los disparos de los mercaderes, cubierto de ceniza y sangre que no era suya. No se veía como el chico asustado de la mañana; se veía como un lobo joven que acababa de probar la sangre.
—¡Aléjate de él!
—rugió Jake.
El gigante, ciego y furioso, intentó atacar de nuevo, pero Jake no retrocedió. Usó su fusil de asalto como una maza, golpeando la rodilla herida del monstruo, y cuando este se inclinó, Jake soltó el arma, desenvainó el cuchillo que Elías le había dado y, con un movimiento que era una copia exacta de las lecciones de Marco, saltó sobre el cuello del gigante.
Fue un golpe perfecto. La hoja entró por la base del cráneo y salió por la mandíbula. Jake no se detuvo; giró el cuchillo con un grito de rabia, cortando la conexión neuronal que mantenía viva a la aberración.
El gigante se desplomó como una torre de hierro vieja. Jake se quedó de pie sobre el cadáver, jadeando, con el rostro manchado de savia negra y los ojos encendidos con una chispa que Elías reconoció de inmediato.
Elías, intentando recuperar el aliento y sosteniéndose el pecho , miró a su alumno. No vio a un novato. Vio al heredero de Marco.
—Lo... lo hiciste
—logró decir Elías, con una sonrisa sangrienta
—. Buen golpe, chico. Buen golpe.
El silencio que siguió a la caída del gigante acorazado fue más pesado que las explosiones. El humo de los tanques de propano se arrastraba por el suelo del mercado como un animal herido, mezclándose con la neblina violeta de las esporas. Elías permanecía tendido en el asfalto, sintiendo cómo cada una de sus costillas enviaba una señal de auxilio a su cerebro. El sabor a sangre en su boca era denso, ferroso, un recordatorio de que, a pesar de todo, seguía siendo de carne y hueso.
Jake no se movió de encima del cadáver del Hijo de la Resonancia por varios segundos. Su mano seguía apretando el mango del cuchillo, y sus nudillos estaban tan blancos que parecían de mármol. El chico estaba mirando el vacío, con los ojos fijos en la nada, procesando el hecho de que acababa de quitar una vida
—o lo que fuera que habitara en ese caparazón de metal y hongo
—Jake...
—la voz de Elías salió como un silbido doloroso
—Jake, mírame.
El muchacho parpadeó, sacudiendo la cabeza como si despertara de un trance. Soltó el cuchillo y se bajó del cuerpo del gigante con movimientos mecánicos. Se acercó a Elías y lo ayudó a sentarse contra el chasis de una furgoneta volcada. Elías soltó un quejido gutural cuando su espalda tocó el metal frío.
—Estás herido, Elías. Estás sangrando mucho
—dijo Jake, sus manos temblaban mientras buscaba el kit médico en su cinturón.
—Es solo pintura de guerra, chico concéntrate
—Elías lo agarró por la muñeca con una fuerza que sorprendió a ambos. Miró fijamente a los ojos de Jake a través del visor empañado
—Ese movimiento...
el giro de la hoja en la base del cráneo.
Marco te lo enseñó en el sector de carga, ¿verdad?
Jake asintió con la cabeza gacha.
—Dijo que si alguna vez tenía que matar a algo que no moría con balas, ese era el interruptor de apagado.
Elías soltó una carcajada seca que terminó en una tos sanguinolenta.
—El viejo Marco... siempre tan pragmático. Escúchame bien: hoy has dejado de ser un alumno. Has bajado de esa cresta cuando cualquier otro habría salido corriendo. Has salvado la vida de tu comandante. Eso te convierte en un soldado, Jake. Pero también te convierte en un objetivo.
Se quedaron en silencio un momento mientras Jake aplicaba un parche de sellado médico sobre la herida del hombro de Elías. El vapor del desinfectante siseó al contacto con la carne abierta, provocando que Elías apretara los dientes hasta casi romperlos. A su alrededor, los prisioneros que no habían huido empezaron a salir de sus escondites. Eran sombras humanas, espectros de lo que alguna vez fueron ciudadanos de un mundo con leyes.
Una mujer joven, con el rostro marcado por cicatrices de quemaduras químicas, se acercó a ellos. Sostenía la mano de la niña que Elías había liberado. Sus ojos no mostraban gratitud, solo un vacío infinito.
—No deberían haberse quedado
—dijo la mujer, su voz era un hilo de voz quebrado
—Los otros... los que no estaban en el mercado... volverán. Y no vendrán solos. Los Hijos de la Resonancia no dejan que su "mercancía" se escape así como así.
—¿A dónde los llevan?
—preguntó Elías, esforzándose por ponerse de pie con la ayuda de Jake
— San Francisco es el origen de la señal. ¿Qué hay allí realmente?
La mujer miró hacia el Oeste, hacia donde el sol ya se había ocultado, dejando un horizonte teñido de un violeta radiactivo.
—No es una ciudad. Es un útero. Lo llaman "La Catedral de Micelio". Están llevando a todos allí. Dicen que el Profeta ha vuelto. Dicen que él es quien está afinando la Red.
Elías sintió un frío que no tenía nada que ver con el clima.
—¿El Profeta? ¿Hablan de Kael?
—No pronunciamos ese nombre
—susurró la mujer, retrocediendo como si el aire quemara
—Pero la señal que escuchan en sus radios no es un saludo. Es un hambre. Si van a San Francisco, no encontrarán tecnología. Encontrarán el final de lo que significa ser humano.
La mujer y la niña se perdieron entre las ruinas, siguiendo a los otros supervivientes hacia el norte, buscando una seguridad que Elías sabía que no existía.
Elías se volvió hacia Jake. El chico estaba limpiando su fusil de asalto, con una seriedad que le sentaba extraña en su rostro joven. Ya no preguntaba si debían volver a Aegis. Ya no dudaba.
—Tenemos que movernos, Jake. Esa mujer tiene razón. El humo de las explosiones es un faro en la noche.
—¿Crees lo que dijo? ¿Sobre la Catedral?
—preguntó Jake, ajustándose la máscara.
—Creo que Alexia tiene razón en una cosa: el mundo está cambiando. Pero se equivoca en la dirección. Ella cree que estamos ascendiendo. Yo creo que estamos siendo digeridos
—Elías cargó su pistola, sintiendo el peso reconfortante del acero
—Pero mientras nos quede munición y un cuchillo, vamos a seguir caminando. Por Alexia. Y porque somos lo único que se interpone entre esa "Catedral" y lo que queda de nuestra gente.
Caminaron hacia la oscuridad, dejando atrás el mercado en llamas. Elías cojeaba levemente, y cada paso era un recordatorio de su mortalidad. Pero al mirar a Jake, que ahora caminaba a su lado
—no detrás, sino al lado
— Elías sintió que la carga era un poco más ligera.
La señal en su muñeca volvió a emitir un pulso. Bip. Bip. Bip.
Ya no era una frecuencia. Eran coordenadas exactas. San Francisco estaba a menos de dos días de marcha. Y en el corazón de Elías, la duda crecía como el hongo en las paredes