Keile es el hijo de un estricto general toda su vida fue criado entre régimen reglas y perfección su ojos verdes siempre alerta siempre fríos y distante no omite errores si piel blanca y su cabello dorado no van encanja dentro de los estándares de soldado para el que fue creado a sus 24 años no conoce el amor lo concidera un distracción de lo que realmente importa sengu el.
Su nemesis Brayan hijo del más temido mafioso fue criado de forma muy distinta sin reglas sin estándares
Lejos de la perfección extrema y rodeado no solo de lujos también de amor de pies impecable ojos grises y complexión musculosa a sus 25 años es listo escurridizo estratégico su mente es analítica cuando debe
ambos comienza una rivalidad desde el jardín de infancia cuando Brayan derramó sin queres sobre la mochila de Keile un juego de uva desde entonces Keile lo a visto como un ejecutivo pero mientras el va enserio en querer hundirlo Brayan se divierte viendolo intentar y fracasar tomado todo como un juego
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provocaciones
La humillación ardía en mi mano derecha más que el frío de la noche. Me quedé un segundo inmóvil, observando mi palma desnuda, sintiéndome incompleto, como si Brayan no solo se hubiera llevado un trozo de cuero, sino una parte de mi propia estructura.
Él cree que esto es un juego de niños. Cree que todavía estamos en "Los Laureles" y que puede salir impune después de derramar su caos sobre mi vida.
—Es mío. Nadie intervenga —repetí por el canal privado, mi voz saliendo como un latigazo.
No iba a permitir que mis hombres vieran la grieta. Un Alfa no flaquea, no pierde los estribos y, sobre todo, no se deja arrebatar el equipo por un fantasma del pasado. Me lancé tras él, pero no con la desesperación de un novato, sino con la precisión de un depredador que conoce el terreno.
Escuché su risa rebotando en las grúas superiores. Ese sonido... esa cadencia burlona que parece diseñada para desmantelar mi paciencia. Al llegar al nivel inferior, el laberinto de contenedores rojos se alzaba como un tablero de ajedrez gigante. El olor a óxido y humedad era asfixiante, pero agudicé mis sentidos.
—¡Puedes correr todo lo que quieras, Brayan! —grité, mi voz resonando con una autoridad gélida—. Pero el mundo real no tiene salidas de emergencia para personas como tú.
Me interné en el pasillo central, caminando con paso firme, sintiendo el metal bajo mis botas. Mis ojos escaneaban cada sombra, cada ángulo muerto. Entonces, lo vi: un destello de movimiento cerca de la grúa 7.
No iba a caer en otra de sus trampas de humo. Activé el escáner térmico de mi visor solo para la mano izquierda, manteniendo la derecha libre, lista para el contacto directo. El pulso me golpeaba en los oídos, pero mi respiración seguía siendo rítmica.
—Dices que quiero ocultar lo que me haces sentir —dije, avanzando lentamente hacia su posición oculta—. Te equivocas. Lo que siento no es duda, ni es el recuerdo de ese estúpido jugo. Es la absoluta convicción de que eres un error que debe ser corregido.
Doblé la esquina del contenedor y lo vi apoyado contra la maquinaria, jugando con mi guante como si fuera un juguete barato. La luz de la luna filtrándose por las vigas le daba un aspecto casi irreal. Me detuve a tres metros, cerrando los puños.
—Se acabó el tiempo de las bromas, Brayan. Devuélveme lo que es mío y pon las manos donde pueda verlas. O esta vez, la sumisión no será "perfecta". Será dolorosa.
Avancé un paso más, acortando la distancia. El silencio del muelle se sentía como una cuerda tensada al límite. Brayan se despegó de la maquinaria con esa parsimonia exasperante, balanceando mi guante entre sus dedos.
—¿"Dolorosa"? —repitió él, fingiendo un escalofrío que no engañaba a nadie—. Qué palabras tan grandes para un hombre que se siente desnudo porque le falta un poco de cuero en la mano.
—No es el guante, Brayan —respondí, mi voz saliendo desde lo más profundo de mi pecho, vibrando con una advertencia clara—. Es lo que representas. Eres la falla en la matriz, el desorden que no tiene lugar en el mundo que estoy construyendo.
Él soltó una carcajada seca y dio un paso hacia mí, entrando en mi espacio personal sin una pizca de miedo.
—¿El mundo que estás construyendo? —me espetó, y por un momento la burla desapareció, dejando ver algo mucho más afilado—. Estás construyendo una jaula de cristal, Keile. Todo tan limpio, tan "Alfa", tan perfecto... pero te mueres de miedo de que alguien sople un poco de polvo sobre tus medallas.
—Se llama disciplina —le corregí, manteniendo mis ojos fijos en los suyos—. Algo que nunca pudiste entender. La disciplina es lo que nos mantiene vivos cuando todo lo demás falla.
Brayan acortó la distancia restante hasta que estuvimos frente a frente. Levantó mi guante y, con una lentitud provocadora, lo pasó por el frente de mi uniforme, justo sobre el pecho, donde el metal de mis insignias brillaba bajo la luna.
—La disciplina es lo que usas para no recordar quién eras antes de que te pusieran ese collar de perro —susurró, y esta vez su voz no tenía rastro de broma—. Dime la verdad, Soldadito... cuando cierras los ojos de noche, ¿ves estrategias de combate o ves el color púrpura de ese jugo de uva?
Sentí que la sangre me hervía. Mi mano desnuda se cerró con tanta fuerza que los nudillos me crujieron.
—Veo un objetivo —dije, bajando el tono hasta convertirlo en una amenaza gélida—. Y ahora mismo, el objetivo está a un segundo de perder la paciencia. Devuélveme el guante. Ahora.
Él sonrió, esa estúpida y brillante sonrisa que siempre lograba quebrar mi control.
—Ven por él —desafió, dando un salto hacia atrás—. Pero ten cuidado, Keile. Si te acercas demasiado, podrías terminar ensuciándote de nuevo. Y no sé si tu manual tiene un capítulo para limpiar el barro de tu alma.
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Estoy muy agradecido con esta obra, la disfruté demasiado, muchas gracias.