Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
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Capítulo 4: Cuando uno ya no quiere pensar
Ya no podía estar tranquilo en la habitación.
El silencio de esa casa me estaba volviendo loco. Todo era demasiado grande, demasiado frío, demasiado vacío. Sentía que las paredes me miraban, como recordándome todo lo que no tenía.
Me levanté de la cama sin pensar mucho.
—“No… hoy no me quedo aquí” —me dije bajito.
Bajé las escaleras despacio.
La casa estaba casi apagada. Solo algunas luces encendidas, la empleada limpiando en silencio y ese ambiente pesado de siempre.
Al pasar, ella me miró.
—“Joven… ¿todo bien?”
Yo ni me detuve mucho.
—“Sí… tranquila.”
Fui directo a la sala.
Ahí estaban las llaves del carro.
Las agarré.
Era un Toyota Land Cruiser blindado, negro, grande, de esos carros que parecen sacados de otra vida. En mi casa siempre había seguridad, siempre había carros así, pero hoy no me importaba nada de eso.
Solo quería salir.
La empleada me vio otra vez.
—“¿Va a salir a esta hora?”
—“Sí… ya vuelvo.”
Ni esperé más preguntas.
Salí de la mansión, el frío de Manzanares me pegó duro en la cara. Subí al carro, lo encendí y arranqué sin pensar mucho.
La carretera estaba casi sola. Solo luces lejanas, neblina bajando suave por las montañas y ese silencio típico del pueblo en la noche.
Mientras manejaba, mi cabeza no paraba.
La pelea.
Las palabras.
El vacío.
Todo.
Y entre más pensaba, más me molestaba.
Sin darme cuenta, ya estaba llegando a la zona donde hay unos bares pequeños del pueblo. No son discotecas grandes ni nada de eso, son sitios sencillos, de música alta, gente tomando algo para despejarse un rato.
Parqué el carro afuera.
Apagué el motor.
Me quedé unos segundos mirando el volante.
—“Solo un rato…” —me dije.
Entré.
La música estaba fuerte, ambiente lleno, gente hablando duro, riéndose, algunos bailando. Olía a trago, a fiesta, a escape.
Me senté en la barra.
El bartender me miró.
—“¿Qué le sirvo?”
—“Lo de siempre… pero hoy más fuerte.”
Empecé a tomar.
Uno.
Dos.
Tres.
Y la cabeza empezó a soltarse.
La risa me salía fácil, pero no era alegría… era escape.
Un tipo al lado me habló.
—“¿Qué, parce, celebrando o qué?”
Yo me reí.
—“No… sobreviviendo.”
Él se rió también, sin entender mucho.
Y yo seguí tomando.
Entre más tomaba, menos pensaba en la casa. Menos sentía el vacío. Menos me dolía todo.
Pero también… menos control tenía.
La música sonaba más fuerte, la gente más borrosa, las palabras más lentas.
En mi cabeza solo estaba una cosa:
“no quiero volver a esa casa.”
Pedí otro trago.
Y otro.
Hasta que ya el mundo se sentía pesado, lento, como si todo diera vueltas.
Un man del bar me dijo:
—“Ey, ya está bien, parce… tranquilo.”
Yo solo me reí.
—“Tranquilo no se puede.”
Seguía ahí, perdido en el ruido, en el alcohol, en la noche de Manzanares que afuera seguía fría, indiferente.
Pasó el tiempo.
No sé cuánto.
Cuando intenté levantarme, sentí el cuerpo pesado.
El mundo no estaba estable.
Un poco mareado.
Me apoyé en la barra.
—“Listo… ya.”
Saqué el celular.
Quise llamar… pero no pensé bien a quién.
Solo marqué.
Cuando contestó, escuché su voz.
—“Amor… ¿dónde estás?”
Era ella.
Mi novia.
Yo hablé lento.
—“Estoy… afuera.”
—“¿Qué pasó? ¿Estás bien?”
Me reí bajito.
—“No… estoy lleno de ruido en la cabeza.”
Ella se preocupó de inmediato.
—“¿Estás tomando?”
Silencio.
—“…sí.”
Se hizo un silencio del otro lado.
—“Edwin… ¿dónde estás exactamente?”
Yo miré alrededor, todo borroso.
—“No sé… un bar aquí en Manzanares.”
—“No puedes manejar así.”
Yo solté una risa leve.
—“Ya manejé…”
—“¿QUÉ?” —su voz cambió completamente— “¿Estás en el carro?”
Ahí me quedé callado.
Como si recién entendiera.
—“Sí…”
Ella respiró fuerte.
—“Escúchame bien. No muevas ese carro. No lo prendas otra vez. ¿Me oyes?”
Yo me apoyé en la pared.
—“Estoy cansado…”
—“No importa. Quédate ahí. Voy a buscar cómo ayudarte.”
Su voz era firme, preocupada.
—“Prométeme que no vas a manejar.”
—“…ok.”
—“Promételo bien.”
—“Te lo prometo.”
Colgué.
Me quedé sentado un rato afuera del bar, en la acera, con el frío pegándome en la cara, el carro ahí enfrente, las luces del pueblo borrosas.
Y por primera vez en la noche…
el ruido en mi cabeza no era rabia.
Era cansancio.
Porque entendí algo:
no era la casa…
no era mi papá…
era yo intentando escapar de todo lo que me dolía.