En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 14
Desde su balcón en el ala oeste, Elena observaba el trasiego de los guardias en los jardines inferiores con una fijeza que rozaba la obsesión. Había pasado la noche en vela, repitiendo en su cabeza cada una de las palabras que Camilo le había escupido en el salón de estar. La amenaza de revisar sus libros contables de la galería de Chelsea y la frialdad con la que había defendido el espacio de la civil la habían herido en lo más profundo de su orgullo
Elena nunca había conocido el rechazo ni el segundo lugar. Su padre Fabián la había criado para ser una reina sin corona en las calles de Chicago, y sus primos siempre habían sido su escudo y su corte personal. Saber que ahora existía una zona de la casa donde sus órdenes no tenían valor y donde la atención de Camilo estaba completamente absorbida por una extraña encendió en su interior un fuego de rebeldía que no estaba dispuesta a apagar con sumisión
A mediodía, Elena bajó las escaleras vestida con un traje de sastre de seda roja que llamaba la atención desde cualquier rincón del vestíbulo. Caminaba con esa zancada firme y elegante que infundía respeto en los empleados de la mansión, pero en su rostro se dibujaba una mueca de desprecio contenida. En la entrada principal se encontró con Franco, que conversaba con el jefe de seguridad sobre las rutas del norte
— ¿A dónde vas con tanta prisa, Elen? — preguntó Franco, deteniendo la charla y mirándola de arriba abajo con curiosidad — Tu madre me dijo que hoy no tenías compromisos con la fundación y el tío Marco quiere que revisemos unos papeles por la tarde
— Voy a salir, Franco — respondió ella, sin detener su paso hacia las grandes puertas de madera — He pasado demasiados días encerrada revisando números y balances para una empresa que parece tener un líder ausente. Necesito aire fresco y no voy a quedarme a esperar a que Camilo decida si tiene tiempo para almorzar con nosotros o si prefiere seguir jugando al protector en el ala este
Franco dio un paso hacia delante, interceptándola suavemente antes de que cruzara el umbral
— Sabes que no es seguro que salgas sola en este momento, hermana. Los flecos sueltos de la Comisión siguen dando vueltas por la zona sur y mi padre fue muy claro sobre mantener los coches blindados con escolta completa para las mujeres de la casa. Deja que mande a dos hombres contigo al menos
Elena lo miró con unos ojos grises que destellaban una fijeza peligrosa, una mirada que recordaba demasiado a la de Fabián cuando estaba a punto de tomar una decisión drástica
— No necesito que me cuides hoy, Franco. Sé defenderme sola desde los doce años y no tengo intenciones de andar por la ciudad con un desfile de camionetas negras que solo sirven para recordarme que vivo en una jaula. Dile a mi padre que salí a hacer unas compras y que regresaré para la cena. Si Camilo pregunta por mí, dile que busque en sus informes contables a ver si encuentra mi ubicación exacta
Sin darle tiempo a replicar, Elena cruzó el porche y subió a su coche deportivo plateado, un vehículo que rara vez usaba porque las normas de la familia exigían los traslados en vehículos blindados de la organización. El motor rugió con fuerza en el patio de grava y en pocos segundos el coche desapareció tras las grandes puertas de hierro de la propiedad, dejando a Franco con una expresión de honda preocupación en el rostro
El trayecto hacia el centro de Chicago fue una declaración de independencia para Elena. Conducir a gran velocidad por las avenidas de la ciudad, sintiendo el viento y el ruido del tráfico exterior, le devolvió por unos momentos esa sensación de control que sentía perdida dentro de la mansión. Sin embargo, el veneno de los celos seguía corriendo por sus venas. No podía soportar la idea de que Camilo la hubiera desplazado por una mujer que no tenía su sangre ni entendía los sacrificios que conllevaba llevar su apellido
Elena decidió estacionar el coche cerca del distrito de los clubes nocturnos y los restaurantes de moda de la zona norte, un lugar donde la juventud dorada de la ciudad se reunía para gastar fortunas en alcohol y música. Entró a un local exclusivo que la familia Rossi utilizaba a menudo para blanquear dinero de los casinos, pero esta vez no entró por la puerta de servicio ni pidió la oficina privada del gerente. Caminó directamente hacia la barra principal, sentándose a la vista de todo el mundo y pidiendo una copa de licor fuerte con un gesto que derrochaba una altiva indiferencia
El ambiente del club estaba lleno de risas, música alta y luces tenues que creaban una atmósfera de falsa seguridad. Elena observaba a los clientes con un desprecio sutil, dándose cuenta de lo fácil que era la vida para los civiles que no tenían que cargar con el peso de un imperio criminal sobre los hombros. A los pocos minutos, varios jóvenes de familias adineradas de la ciudad intentaron acercarse a ella, atraídos por su belleza pálida y el llamativo color de su vestido, pero Elena los despachó con un par de palabras cortantes que los hicieron retroceder con el orgullo herido
— Sigues siendo la mujer más difícil de complacer de todo Chicago, Elena — la voz de un joven de apellido Moretti, sobrino del viejo Don que Camilo había desplazado en el búnker, resonó a su espalda
El muchacho se sentó en el taburete contiguo, mirándola con una mezcla de osadía y miedo reprimido
Elena no se tensó, pero su mano se cerró con fijeza sobre el tallo de su copa. Sabía perfectamente quién era el chico y sabía que su presencia allí sola era una provocación que los enemigos de la familia notarían de inmediato
— Los hombres de esta ciudad confunden la amabilidad con la debilidad, Moretti. Y tú deberías tener más cuidado con los lugares que frecuentas. El apellido de tu tío ya no tiene el mismo peso en el norte de las calles
— Mi tío era un viejo que no supo ver que los tiempos cambian — respondió el joven, intentando mostrar una madurez que no poseía — Pero yo no tengo los mismos problemas que él. Sé perfectamente quién lleva las riendas ahora. Lo que me sorprende es verte aquí sin tus sombras habituales. Franco y Camilo suelen andar pegados a ti como si fueras el tesoro de la bóveda. ¿Acaso el estratega de la familia está demasiado ocupado con sus nuevos asuntos en el ala este?
La mención de la civil hizo que la mandíbula de Elena se endureciera. La rebeldía que la había impulsado a salir de la casa se transformó en una fría resolución. Entendió que el rumor sobre la prisionera de Camilo ya estaba corriendo por los bajos fondos de la ciudad y que la imagen de bloque impenetrable que su familia tanto cuidaba estaba empezando a mostrar fisuras por culpa de la obsesión de su primo
— Los asuntos de Camilo son de su exclusiva competencia, Moretti — respondió Elena, bajándose del taburete y dejando un billete de cien dólares sobre la barra con una tranquilidad que cortó la conversación — Pero no te equivoques conmigo. Que ande sola esta tarde no significa que la mano de mi padre Fabián no pueda alcanzarte si sigues haciendo preguntas que no te corresponden. Disfruta de tu trago, porque la noche en Chicago se está volviendo muy fría para los que hablan de más
Elena salió del club con el corazón acelerado, no por miedo, sino por la descarga de adrenalina que le provocaba estar jugando al límite de las reglas familiares. Pensó en la idea de regresar a la mansión, pero el orgullo herido la empujó a seguir fuera, decidida a estirar su jornada de diversión y rebeldía hasta que el sol se ocultara por completo tras los rascacielos
Mientras tanto, en la mansión, la tarde avanzaba con un ambiente espeso. Camilo había regresado de la oficina de contabilidad del centro y se encontraba en el salón oeste junto a su padre Marco y su tío Fabián, revisando las últimas directrices para la seguridad de los almacenes del sur. Franco estaba sentado en un sillón cercano, visiblemente inquieto y mirando constantemente el reloj de pared
— Franco, pareces distraído — comentó Fabián, levantando la vista de los mapas y clavando sus ojos severos en su hijo — Llevas media hora moviéndote en ese asiento. Si tienes asuntos pendientes en los muelles, ve a resolverlos ahora
Franco miró a Camilo y luego a su padre, decidiendo que ya no podía ocultar la situación sin faltar al respeto a la autoridad de los fundadores
— Es Elena, papá. Salió de la mansión al mediodía en su coche deportivo y se negó a llevar la escolta blindada. Estaba muy molesta por la discusión de ayer entre ella y Camilo y dijo que necesitaba aire fresco. Intenté detenerla, pero ya sabes cómo es cuando se le mete la terquedad de los Richi en la cabeza
Fabián se levantó de su asiento de un salto, su rostro maduro encendiéndose con una furia contenida que hizo que el ambiente en la habitación se volviera irrespirable. Golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo vibrar los vasos de cristal
— ¡¿Permitiste que tu hermana saliera sola a las calles en medio de esta tensión con la Comisión, Franco?! Te di la responsabilidad de cuidar esta casa mientras tu primo viajaba y lo primero que haces es dejar que Elena rompa las reglas de seguridad por un berrinche infantil
— Tío Fabián, yo... — intentó intervenir Camilo, pero Marco Rossi levantó una mano, deteniendo a su hijo con un gesto lleno de una autoridad aplastante
— Silencio, Camilo — sentenció Marco, su voz grave cortando cualquier intento de disculpa — Esto es el resultado directo de las fricciones que tus decisiones personales están causando en el piso de arriba. Tu prima está actuando de manera imprudente porque siente que el orden de esta familia se ha quebrado. Fabián, manda a tres camionetas de inmediato a buscarla. Que revisen los locales del norte y la traigan de regreso antes de que los hombres de la Comisión entiendan que tenemos una brecha en la seguridad
— Ya salgo yo mismo, Marco — respondió Fabián, tomando su abrigo con un gesto brusco y mirando a su hijo Franco con una severidad que no dejaba lugar a dudas sobre el castigo que le esperaba si las cosas salían mal — Franco, ven conmigo. Vas a aprender a mantener a raya las insubordinaciones de tu hermana aunque tengas que encadenarla a su habitación
Los dos hombres salieron del despacho con paso rápido, dejando a Camilo solo con su padre en la inmensidad de la estancia. Marco miró a su hijo con una fijeza que transmitía la experiencia de décadas de mandar en el imperio de los Rossi
— Espero que estés viendo el panorama completo, Camilo. Tu obsesión por la civil del ala este ya no es un secreto de alcoba. Está afectando el juicio de tus primos y está poniendo en riesgo la seguridad de tu propia sangre. Mañana quiero que esa mujer esté completamente aislada y que tú te enfoques exclusivamente en limpiar el desastre que tu prima acaba de armar en las calles. Si Elena sufre un solo rasguño por culpa de este desorden, tú serás el único responsable ante mí
— Entendido, padre — respondió Camilo, bajando la cabeza en señal de sumisión, sintiendo por primera vez que el control del tablero se le estaba escapando de las manos por culpa del veneno de los celos que su propia prima había decidido esparcir por la ciudad
La rebeldía de Elena había abierto una grieta en la fortaleza de los Rossi-Richi, y la tormenta que se avecinaba prometía ser más destructiva que cualquiera de las guerras que sus padres habían librado en el pasado.